A los 42 años, Bonnie Cohen estaba viviendo su vida soñada. Su esposo Alan era el Gerente General de una exitosa compañía. Vivían en una gran mansión en el sur de California, manejaban un Rolls Royce y un Porsche, y viajaban en primera clase por todo el mundo. Habían escalado la Gran Muralla China, pero no conocían el famoso Muro en Jerusalem.

Los Cohen eran miembros de dos instituciones judías: el Templo Reformista local, a cuyos servicios Bonnie iba con poco entusiasmo una vez al año, y el Club de Campo judío local, en donde Bonnie jugaba golf religiosamente cuatro días a la semana.

Los Cohen tenían un hijo y una hija, y ambos asistían a buenas universidades. De hecho, la única razón por la que se habían afiliado al Templo había sido para que su hijo pudiera tener un Bar Mitzvá. Ellos también enviaban a su hija Sheri a una escuela judía, pero ella la llamaba "cárcel judía" y la dejó después de dos años.

Su hija llego a casa de la universidad y anunció que se había unido a los judíos por Jesús.

Entonces, un día de otoño de 1989, Bonnie se topó con un obstáculo mientras recorría la autopista de su vida soñada. Su hija llego a casa de la universidad y anunció que se había unido a los Judíos por Jesús.

—Pero nosotros somos judíos —balbuceó Bonnie.

—Somos judíos —disparó Sherri de regreso— pero no comemos casher y no cuidamos Shabat, y nadie en nuestra familia o amigos lo hacen. Es imposible cumplir la Torá hoy en día. Por eso vino Jesús al mundo. Porque es imposible cumplir la Torá.

Bonnie y Alan no podían discutir. Ellos no sabían nada de judaísmo, pero estaban seguros de que el rabino de su Templo podría aclararle a Sheri sus confusiones teológicas. Ellos arrastraron a su hija hasta la oficina del rabino del templo, a quien apenas conocían. Sheri llegó armada con un libro, “365 profecías que prueban que Jesús es el Mesías”. La respuesta del clérigo fue como intentar vencer a un tanque con una pistola de agua

—Sheri —dijo él con benevolencia— no voy a discutir textos de la Biblia contigo. Tú eres una chica maravillosa. Tienes una familia maravillosa. Y lo más importante es la familia.

Unos cuantos clichés más y la reunión había acabado.

Cuando se iban, él le susurró a Alan:

—No te preocupes por esto. Es una etapa. Pasará.

Pero no fue así. Seis meses después, Sheri estaba comprometida con un hombre cristiano.

El secreto

La mejor amiga de Bonnie sentía lástima por los Cohen.

—Es una secta misionaria —concordó ella—. Pero yo conozco a un rabino que sacó a mi primo.

"La única forma en que podrán alguna vez llegar a su hija es si ustedes aprenden judaísmo".

Desesperado, Alan llamó al rabino. Él le dijo a los Cohen: “La única forma en que podrán alguna vez llegar a su hija es si ustedes aprenden judaísmo y pueden responder sus preguntas. Voy a invitar a su hija a mi casa para Shabat e incluso si ella no viene, me gustaría que ustedes dos vinieran”.

Alan le dijo con determinación a Bonnie: “Si Sheri no acepta ir, no aceptes la invitación. Yo no voy a ir a la casa de nadie para Shabat, especialmente a la casa de un rabino ortodoxo”.

El jueves por la noche, llevaron a Sheri a conocer al rabino. Una vez que estaban sentados alrededor de la mesa del comedor, él invitó a Sheri para Shabat.

—No estoy interesada —fue su cortante respuesta. Entonces el rabino se dirigió a los padres.

—Bonnie, me encantaría que tú y Alan vinieran.

—Nos encantaría —dijo Bonnie. Alan le dio una patada por debajo de la mesa, pero era demasiado tarde.

Bonnie describe ese primer Shabat de la siguiente manera: "Ellos tenían una casa muy pequeña, seis niños en dos habitaciones, pero querían compartir todo lo que tenían. Incluso nos invitaron a quedarnos a dormir. Vi un esposo que trataba a su esposa como una princesa, y vi una esposa que le daba muchísimo honor a su esposo. Ellos cantaron y compartieron palabras de sabiduría, y todo lo que dijeron hacía sentido".

Los Cohen se quedaron hasta la 1 a.m. Al final el rabino les preguntó:

—¿Lo pasaron bien?

—Estuvo increíble —respondió Alan con entusiasmo.

—Entonces regresarán la próxima semana.

—Está bien —acordó Alan.

Cuando se fueron, Bonnie se dirigió a su esposo y le dijo:

—Estas son las personas más ricas que he conocido en mi vida, y quiero lo que ellos tienen. Si esto es judaísmo, ¿por qué lo están manteniendo tan en secreto? ¿Por qué nunca nadie me lo dijo?

El departamento en el sótano

Seis meses después los Cohen hicieron su primer viaje a Israel y fueron a estudiar judaísmo con los rabinos de Aish HaTorá. Una tarde alguien llevó a Bonnie a conocer a la Rebetzin Dena Weinberg, la esposa del fundador de Aish HaTorá, Rav Noaj Weinberg. La Rebetzin Weinberg manejaba EYAHT, una pequeña escuela para mujeres jóvenes que provienen de hogares no religiosos.

Llevaron a Bonnie a un desgastado departamento de tres habitaciones que quedaba en un sótano en el barrio de Kiryat Sanz en Jerusalem. Sorprendida, ella se preguntó: "¿Cómo alguien querría estudiar aquí?".

Allí conoció a la Rebetzin Weinberg, a quien considera "la mujer más bondadosa y sabia que he conocido". Aunque ella pretendía pasar solamente unos pocos minutos en la escuela, quedó tan fascinada con las clases que se quedó toda la tarde.

"Si tan sólo mi hija hubiese tenido la oportunidad de venir aquí y estudiar esta sabiduría judía, su vida sería muy diferente".

Durante el resto de su estadía en Jerusalem, Bonnie asistió a muchas clases en EYAHT. Un día ellos recibieron la noticia desde Estados Unidos: Sheri se había casado con su novio cristiano en una boda de iglesia. Bonnie se sintió agobiada por el agudo sentimiento: "Si tan sólo mi hija hubiese tenido la oportunidad de venir aquí y estudiar esta sabiduría judía, su vida sería muy diferente". De las humeantes cenizas de sus sueños para su hija, un hilo de humo comenzó a tomar la forma de un nuevo sueño. "¿Qué puedo hacer para asegurarme de que esto no le pase a otras niñas judías?", se preguntó Bonnie. EYAHT fue su respuesta.

Una señal

Pasaron los años. Los Cohen continuaron estudiando Torá y aumentaron su observancia religiosa. Si bien residían en el Valle de San Fernando, ellos compraron una casa en Jerusalem como un segundo hogar. Cuando se completó la construcción, vinieron para una visita de diez días en enero de 1994. “Me enamoré de la Tierra de Israel”, recuerda Bonnie, ella quería quedarse allí. Cuando llegó el momento de regresar a California, Bonnie le rogó a Alan que se quedaran por una semana más.

Alan se negó. “No puedo faltar a la oficina un día más”, insistió. “Tengo que manejar mi negocio. Si deseas una segunda casa en Israel, tengo que ser capaz de pagarla”.

Las lágrimas de su esposa, sin embargo, finalmente convencieron a Alan. “Bueno, sólo una semana más”, concedió, “pero tienes que volver con una sonrisa. No más lágrimas”.

Ellos extendieron su pasaje por una semana. A mediados de esa semana, el 17 de enero de 1994, el mortal terremoto de Northridge azotó el Valle de San Fernando, alcanzando un 6,7 en la escala de Richter. El terremoto mató a 57 personas, hirió a 8.700, y causó veinte mil millones de dólares en daños.

El terremoto ocurrió a las 4:31 a.m. Si los Cohen hubiesen regresado a California —de acuerdo a lo planeado—, ellos probablemente habrían estado durmiendo en su cama, no muy lejos del epicentro, a la hora del terremoto.

Alan llamó a su socio de negocios y le pidió que fuera a su casa y sellara las ventanas rotas. Unas horas más tarde, el socio lo llamó para informarle que su casa había sufrido daños importantes, y que había sido clausurada por la municipalidad.

—Si hubiésemos estado allí, ¿crees que habríamos salido heridos? — preguntó Alan con aprensión.

—No —respondió su compañero—. Estarían muertos. Completamente muertos.

Luego pasó a describir la escena en su dormitorio. Una viga de luces que pesaba 160 kilos había caído atravesada sobre los dos veladores al lado de la cama. El socio les contó que la viga de luces cayó exactamente sobre la parte superior de la cama, justo donde habrían estado sus cabezas. El grueso espejo de cristal detrás de la cama se había roto en pedazos grandes, cortando el edredón como una guillotina. Una enorme cómoda con muchos cajones, que por lo general se encontraba al otro lado de la habitación, había golpeado la cama con tal fuerza que ésta había colapsado por completo. El gran televisor había volado desde un rincón y había aterrizado justo en medio de la cama.

Alan y Bonnie colgaron el teléfono y se miraron en silencio. Cuando recuperaron el aliento, sus primeras palabras fueron: “¿De qué se trata la vida? ¿Cuántos coches puedes manejar? ¿Cuántas vacaciones puedes disfrutar? ¿Cuántas rondas de golf puedes jugar? No vamos a esperar otra señal de Dios”. Ese mismo día decidieron mudarse a Israel.

“Mi respeto por mi marido aumentó enormemente”, recuerda Bonnie. “Él estaba en la cima de su carrera y su negocio estaba en pleno auge cuando tomó la decisión de mudarse a Israel. Alan ni siquiera sabía leer hebreo, pero decidió que su negocio ya no era lo más importante en su vida”.

Bonnie hace una pausa y añade: “Reducimos nuestros gastos y cambiamos nuestro estilo de vida. Lo que en realidad significa que mejoramos considerablemente nuestra vida. Yo existía en California, pero ahora vivo en la tierra de Israel”.

"La cosa más difícil que he hecho"

Con el tiempo, los Cohen se hicieron completamente observantes y compraron un departamento en Jerusalem. Ellos hicieron generosas donaciones a Aish HaTorá y a los gastos operativos de EYAHT, la cual permaneció funcionando en el departamento de tres habitaciones. Cuando inauguraron el Aish HaTorá World Center, el cual contaba con un gran Beit Midrash (sala de estudios) para hombres, Bonnie decidió que "realmente debemos hacer algo para las mujeres".

Ella fue donde Rav Noaj Weinberg con su idea.

—Tengo un sueño —le dijo a él—. Si juntamos 1 dólar por cada judío que perdimos en el Holocausto, tendríamos 6 millones de dólares y podríamos construir un edificio para que las mujeres estudien judaísmo.

Rav Weinberg respondió con su distintiva pregunta:

—Bonnie, ¿tú sabes que Dios te ama?

Bonnie, la antigua golfista de club de campo respondió:

—Sí, sé con todo mi corazón que Dios me ama.

—¡Entonces vas a hacer esto! —respondió el Rav Weinberg— porque Dios quiere que hagas esto, y tú lo estás haciendo por las razones correctas, por lo tanto tendrás éxito.

Ahora que ella estaba armada con la bendición del Rav Weinberg, Bonnie sólo tenía un problema: ¿Cómo iba a conseguir $6.000.000 de dólares, siendo que ella tenía una completa aversión a pedir cosas? “Lo más difícil en el mundo para mí era pedirle cosas a la gente. Mi madre solía decir, ‘Te morirías de sed antes de pedirle un vaso de agua a alguien’".

Bonnie hizo con fortaleza y fineza todas las otras cosas que se necesitaban para realizar su sueño. Ella y Alan encontraron un terreno central en Jerusalem, derribaron un edificio en ruinas que estaba allí, y contrataron a un arquitecto para diseñar un edificio de cinco pisos que tendría salas de clases, habitaciones dormitorio para 72 mujeres jóvenes, un centro multimedia, un gimnasio y dos cocinas. ¿Pero cómo encontraría ella —la golfista que manejaba un Porsche— las agallas para pedirle dinero a sus amigos y también a desconocidos?

Mentalmente, ella dio vuelta su enfoque por completo. Ella no estaba tomando; ella estaba dando. "Me di cuenta que no les estaba pidiendo dinero, sino que les estaba dando la oportunidad de ser parte de la mitzvá más grandiosa del mundo: construir la futura generación de increíbles mujeres judías que se casarían con judíos y educarían niños judíos".

Aún así, era vergonzoso para Bonnie. Ella se fortaleció y llamó a una amiga adinerada, le explicó su sueño, y le pidió una donación de un millón de dólares. La amiga le dijo que necesitaba tiempo para pensarlo y le pidió que la llamara dentro de una semana. Una semana se convirtió en dos, ya que Bonnie temía hacer la llamada. Finalmente Alan insistió: “Tienes que llamarla”.

“No puedo”, lloró Bonnie. Se sentó en su habitación y miró el teléfono por media hora. "No podía reunir el valor para levantarlo. Tenía tanto miedo de que ella dijera 'No'".

Alan la presionó; ella marcó el número y esperó con el corazón en la mano. Su amiga le dijo: “Tengo buenas noticias y malas noticias para ti. ¿Cuáles quieres primero?”.

—Dame la mala noticia —murmuró Bonnie mientras su corazón se desplomaba.

—No podemos hacerlo todo de una vez. Tenemos que dividirlo en tres años. —La voz pausó—. La buena noticia es que te vamos a dar el millón de dólares.

Bonnie suspiró, y el suspiro fue tan fuerte que Alan lo escuchó a dos habitaciones de distancia.

Incentivada por lo que acababa de ocurrir, al día siguiente llamó a una segunda amiga, quien donó 800.000 dólares. "¡Esto será fácil!", dijo Bonnie triunfante. Ella pensó que recaudaría los fondos en poco tiempo.

Luego ella se acercó a una antigua compañera de golf, una amiga multimillonaria cuya fundación dona para caridad más de treinta millones de dólares cada año. En los días del club de campo, Alan había ayudado al hijo de esta mujer en la carrera que había escogido, mientras que Bonnie le había hecho varios favores personales a ella, por lo que Bonnie asumió que tenía garantizada una mega donación. Bonnie se sentó con su amiga, le explicó su sueño, le mostró los planes y le pidió una donación.

Ella sintió como si hubiese quedado varada luego de haber subido un tercio del Monte Everest.

La amiga sonrió irónicamente, movió su cabeza, y dijo: "Bonnie, no es lo mío".

Bonnie volvió a casa y lloró durante días. Ella pensó: "Si ella no dona para mi causa, nadie lo hará". Sintió como si hubiese quedado varada luego de haber subido un tercio del Monte Everest. Había llegado hasta ese punto en helicóptero, pero al ver hacia arriba el gran ascenso que había frente a ella, se dio cuenta que tendría que escalar el resto del camino paso a paso. Y ella tenía tantas capacidades para la recaudación de fondos como un parapléjico tiene capacidades para escalar montañas.

Bonnie fue donde la Rebetzin Weinberg y se lamentó de que simplemente no podía hacerlo. La Rebetzin la alentó: "Solamente di, 'Voy a hacerlo con la ayuda de Dios' y tendrás éxito".

Bonnie fue a casa y diariamente rompió la pared de su zona de confort. Ella organizó repetidas campañas por correo, en las que se encargó personalmente de llenar y sellar los sobres, y de pegar los sellos correspondientes. Hizo llamadas telefónicas pese a que le era muy difícil hacerlo. Ella le pedía una donación a cualquiera que se encontrara. Una vez, mientras cenaba en un exclusivo restaurante casher en Nueva York, ella inició una conversación con las personas de la mesa de al lado y les dijo que estaba construyendo una escuela en Jerusalem para mujeres judías. Ellos donaron $500.

Poco a poco Bonnie ha juntado 5.7 millones de dólares. Aún necesita 300.000 dólares para terminar el edificio, pero la apertura del nuevo EYAHT se ha fijado para Enero del 2014. "Puede que haya un hoyo en donde debe ir el ascensor", sonríe Bonnie, "pero vamos a abrir".

"Mi vida ahora se mueve en base a un ideal: cómo llego a más niñas, especialmente hoy en día que tantas niñas se están asimilando y casando con no judíos sólo por falta de educación judía. Yo sólo quiero darles a las niñas una oportunidad de tomar una decisión informada de cómo vivir su vida de forma judía. Porque a pesar de todo lo que le dimos, esa es una de las pocas oportunidades que mi hija no recibió".

Para ayudar a Bonnie a alcanzar su meta, haz clic aquí: https://www.eyaht.info/en/campaign_building