Aunque habíamos sido bendecidos con cuatro niños, mi esposo Jay y yo siempre sentimos como que nuestra familia no estaba del todo terminada. Después de varios abortos decepcionantes, consideramos seriamente acoger o adoptar a un niño, pero nunca funcionó. Demasiado pronto parecía que nuestros hijos ya habían crecido y volado, a estudiar o a trabajar, a lo largo del país. Pero Jay y yo no nos sentíamos listos para un "nido vacío" todavía. El repentino silencio de nuestra casa vacía nos parecía opresivo, faltaba el brillo, el ruido, las risas y el caos que solamente los niños pueden proveer.

Viéndonos y sintiéndonos mucho más jóvenes que nuestros años, creíamos que todavía teníamos la habilidad de educar a un niño más. Comenzamos a considerar seriamente adoptar, pasamos dos años investigando todo el proceso. Descubrimos un grupo en línea de apoyo para personas como nosotros descrito como “un foro para padres adoptivos o futuros padres adoptivos sobre la edad de 40, quienes planean seguir educando en sus años plateados y dorados”. Con más de 2.000 miembros, nos sentimos calmados de que no estábamos solos en esta aventura poco convencional, a pesar de la escéptica reacción de algunos familiares y amigos.

Después del intensivo proceso de investigación, finalmente encontramos una agencia de adopción étnica cuya meta principal era encontrar familias para niños más grandes, no solamente los pequeños y sanos bebés que la mayoría de la gente quería. Ellos enviaron a una trabajadora social a conocernos y a realizar el estudio de nuestro hogar. Fuimos aprobados y decidimos adoptar a un niño etíope de 6 años llamado Abi. El minuto en el que vimos una foto de su dulce cara, con dos dientes frontales faltantes, sentimos que él estaba destinado a ser nuestro nuevo hijo.

Nuestro camino de adopción fue largo, involucró papeles complicados y un frustrante retraso tras otro. ¿Tuvimos dudas en el camino? Sí, definitivamente. Jay y yo hablamos por horas. ¿Estábamos tomando la decisión realmente correcta en este momento de nuestras vidas? Una amiga intentó convencernos de posponer toda la idea, sugiriendo que a nuestra edad deberíamos considerar relajarnos en un crucero por el océano en vez de esto. Sin embargo, a pesar de nuestras dudas y miedos, nos sentimos obligados a continuar el proceso. Yo sabía que, pase lo que pase, si no adoptábamos a Abi, lo lamentaríamos por siempre.

Mi grupo de apoyo "salvavidas" estaba compuesto por otras familias que habían adoptado a niños mayores. Estas familias eran de diferentes entornos, pero todas creían que sus hijos adoptivos estaban destinados por Dios a formar parte de sus familias. Nuestros emails iban y venían tarde por la noche, mis ansiosas preguntas recibían reconfortantes respuestas que solamente aquellos que habían estado allí y habían hecho eso, podían proveer. Finalmente, nuestro largo camino de montaña rusa llegó a su fin. La adopción se finalizó y una soleada tarde, conocimos a Abi, lo abrazamos y supimos que era para nosotros. Nuestras dudas y miedos comenzaron a derretirse bajo los cálidos rayos del sol.

Una vida diferente

La vida fue muy diferente de ahí en adelante, tanto para él como para nosotros. Los niños mayores adoptados vienen con bagaje de su pasado y Abi no era la excepción. Adoptarlo fue ciertamente la cosa más desafiante y emocionalmente estresante que hemos hecho, pero al mismo tiempo la más significativa, enriquecedora y gratificante. Abi tenía tanto que aprender, pero él era inteligente y curioso y aprendimos junto con él a medida que nos vinculamos como familia.

La gente a menudo nos decía qué gran mitzvá hicimos al proveerle a Abi un hogar lleno de amor. Nosotros sentimos que él también nos dio un regalo especial, la oportunidad de regresar atrás el reloj. Repentinamente nos sentimos como padres jóvenes nuevamente, asistiendo a reuniones en la escuela y partidos de fútbol, ayudando con tareas, leyendo historias antes de dormir, cantando “Hamalaj HaGoel” y recitando el Shemá juntos.

No estábamos seguros si Abi era judío de nacimiento, pero nos informaron que él sí había sido circuncidado cuando tenía una semana de vida. Dado que queríamos que él fuera completamente aceptado por nuestra comunidad ortodoxa sin ningún tipo de duda, decidimos que pasara por una conversión halájica. El primer paso del proceso fue hatafat dam brit en la oficina de un doctor/mohel. El segundo paso del proceso —inmersión en una mikve— fue mucho más agradable. A Abi le encantó la mikve (¡que es como una pequeña piscina!) y se sintió decepcionado de que no podía chapotear más en ella.

Pronto se acostumbró a ir al shul con nosotros en Shabat, a participar en el kidush después de los rezos e incluso a comer el tradicional Hering escabechado con galletitas. Lo registramos en la escuela judía local y pronto se hizo más fluente en hebreo que nosotros.

Sin embargo, también hubo problemas. Con tantos cambios a los que adaptarse en tan poco tiempo, Abi se frustraba fácilmente cuando no podía hacer lo que quería. Hizo algunos amigos, pero lidió agresivamente con unos cuantos niños con los que no se llevaba. La escuela tenía una estricta política de "cero peleas", así que Abi tenía frecuentes días de “castigo” en casa. Después de que le lanzó una silla a un compañero, nos llamaron a la oficina de la directora para ver qué podíamos hacer para ayudar a Abi. La directora estaba convencida de que él tenía TDAH e insistió en que Ritalin era la respuesta. Uno de sus maestros sugirió llevarlo a un psicólogo que trata a niños traumatizados. Él le hizo a Abi una batería de pruebas y recomendó una medicina para ayudarlo a calmarse y a volverse menos agresivo. También comenzó a ver a una terapeuta infantil para sobrellevar sus problemas del pasado. Ella utilizó terapia de juego y de arte con él y nos partía el corazón cuando ella nos mostraba un dibujo que Abi había hecho de su vagamente recordada madre, una mujer con lágrimas rodando por sus mejillas.

Afortunadamente, al final del año escolar, la conducta agresiva de Abi había disminuido enormemente y durante el verano le fuimos quitando la medicina, aunque continuó viendo a la terapeuta por otro año.

Pronto nos dimos cuenta que las personas tendían a mirarnos de forma extraña, un niño pequeño, de piel oscura, con una pareja blanca de suficiente edad como para ser sus abuelos. Pero Abi, un niño apuesto y cautivador, gradualmente se convirtió en una parte aceptada de nuestra comunidad. Jay y yo aprendimos a marchar a un ritmo diferente, como una visible familia interracial, haciéndonos más conscientes y sensibles hacia el racismo.

Al visitar un shul etíope para celebrar la llegada de un nuevo Séfer Torá a su comunidad, Jay y yo nos dimos cuenta lo que se siente ser una minoría. Éramos las únicas personas blancas dentro de un gran grupo de judíos etíopes.

Abi por sí mismo aprendió rápidamente a lidiar con los insultos raciales. Cuando un niño lo llamó “kushi” (un término despectivo para un etíope) Abi respondió inmediatamente, “¡Y tú eres queso cottage!”.

A veces vislumbrábamos un poco de humor también en la situación. Una vez, cuando estábamos hablando de opciones saludables de comida, yo mencioné que el pan negro y el arroz negro eran más saludables que el pan blanco y el arroz blanco. “Yo soy negro ¡así que soy más saludable también!”, remarcó Abi con una gran sonrisa.

Así como Abi se ha acostumbrado a nuestra cultura, nosotros hemos tratado de incorporar algunos elementos de su cultura a nuestras vidas. Nos hemos hecho amigos de dos dulces hermanas etíopes de nuestro barrio. Aprendí a cocinar comida etíope (gracias a videos de YouTube) aunque sigo teniendo un límite de no comer berbere, una especia muy picante similar a los jalapeños. Cuando Abi fue suficientemente grande para entender, le contamos sobre el sueño de
2.500 años de los judíos de etíopia de regresar a Israel, de la valentía que demostraron para sobrellevar ese largo y difícil camino y de la ferviente creencia que tenían de que el Templo seguía erguido en Jerusalem.

Una tarde soleada Abi y yo estábamos caminando junto a un basurero en nuestra calle cuando él notó un enorme oso de peluche posado encima. Sus ojos cafés se abrieron enormemente. “¿Quién tiró este lindo oso?”, preguntó él, sorprendido.

Quizás el niño que era su dueño ya no necesita un osito de peluche porque ha crecido sugerí yo.

Entonces, ¿por qué su mamá y papá no adoptan a un nuevo niño como tú y papi me adoptaron a mí?

Por un momento me sentí aturdida. Abi está completamente consciente del hecho de que él es nuestro hijo adoptivo, pero no teníamos idea de cuán normal era para él todo este proceso. Rescatamos al oso, perfectamente limpio y en perfecto estado, y lo trajimos a casa. Quizás en cierto nivel Abi se identificaba con él. Alguien más ya no lo quería, ¡pero él seguro sí! Aunque es un oso enorme, que ocupa mucho espacio en su cama, duerme con él cada noche. Tiene el tamaño exacto para llenar su corazón, igual como Abi ha llenado el nuestro.