El día que falleció mi hermano desperté en un hotel en la playa de San Diego y pasé la noche con mi cabeza apoyada sobre las frías paredes blancas afuera de la morgue, en el subsuelo del hospital Sunnybrook en Toronto.

Adam luchó contra el cáncer durante tres años. Luchó con todo lo que tenía, y todo el tiempo inspiró a quienes lo rodeaban con su voluntad para vivir y su incesante pasión por la vida.

El mismo día en que yo viajé a San Diego, California, él entró al hospital para su batalla final. Insistió que yo debía apegarme a mis planes originales y viajar con mi mejor amigo, que se iba a vivir a Vancouver. Adam había pasado allí algunas semanas en el invierno, antes de ser dado de alta el 31 de diciembre del 2015. Salió del hospital bailando para pasar lo que sabía sería su última “víspera de año nuevo” en casa, sólo unos cuantos días después de haber cumplido 36 años. Fue una noche especial, llena de comida, música, velas y amigos cercanos.

Adam en el Kótel

El 28 de abril del 2016 recibí un mensaje de mi madre: “Debes venir a casa”. Ella no necesitó decirme por qué. Aturdido, apenas capaz de hablar, llamé a la aerolínea y reservé el primer vuelo que había hacia Toronto.

Di una última caminata por la costanera de la playa pacífica. Me quedé parado observando cómo las olas chocaban contra las rocas y luego se disolvían en el océano, para dar lugar a una nueva ola que volvía a chocar y a desaparecer.

Empaqué. Me subí a un taxi y me despedí de mi mejor amigo. El viaje era una especie de “última experiencia compartida”. La primera despedida del día.

Mi padre me esperaba en el aeropuerto de Pearson y me dijo que la enfermera consideraba que a Adam le quedaban menos de 24 horas de vida. Viajamos a toda velocidad hacia el hospital.

Llegamos a Sunnybrook y corrí hacia la habitación de Adam. Afuera de la habitación estaban mis otros dos hermanos en un estado de pánico. También había allí otros parientes. Pasé corriendo al lado de todos y entré a la habitación treinta segundos antes de que su pulso se detuviera.

Me estaba esperando.

Buenos tiempos con mi
hermano, Adam (a la izquierda)

Los momentos siguientes fueron pesados y frenéticos. Yo fui a la cafetería para traer agua para todos, después bajé al rincón afuera del hospital donde iba con Adam cuando lo visitaba por las noches. Ese era el último lugar en el que habíamos conversado.

Adam falleció en la noche del viernes, lo que implicó que debido a Shabat y a la última noche de Pésaj que era al día siguiente, los procedimientos habituales cuando muere un judío fueron postergados. Su cuerpo no podía moverse.

Un amigo de la familia que estaba con nosotros en el hospital nos explicó que de acuerdo con la tradición judía, la persona que fallece no se debe quedar sola esperando el entierro, Sin dudarlo y sin saber en qué me estaba metiendo, decidí quedarme allí con él. Él hubiera hecho lo mismo por mí.

Pasé los dos días siguientes afuera de la morgue. Estar rodeado de muertos me llevó a formularme varias preguntas sobre la vida.

En medio de la noche vino la enfermera y me dijo que necesitaban desocupar la habitación y llevar el cuerpo de mi hermano a la morgue en el subsuelo del hospital. Bajé con ellos y me instalé en el suelo, donde pasé los dos días siguientes. El silencio sólo se quebraba cuando ocasionalmente se abrían las puertas automáticas y llevaban a la morgue otra camilla con un nuevo huésped.

Yo con mi hermano mayor.

Fue una experiencia sumamente fuerte. Estar rodeado de muertos me llevó a formularme varias preguntas sobre la vida y la existencia de Dios.

En la noche del domingo llegaron al hospital mi hermana y mi cuñado, quienes observan Shabat. Ellos me dijeron que haber pasado allí las dos noches era una mitzvá gigante y describieron la perspectiva tradicional judía respecto a lo que le pasa a una persona después de morir. Me pareció interesante que nuestros buenos actos en este mundo pudieran ayudar a elevar el alma de Adam en el cielo. En cierta forma eso explicaba la extraña conexión que experimenté con mi hermano al estar sentado fuera de la morgue.

Ellos me explicaron lo que ocurre en el funeral, la shivá y los shloshim, el período de 'treinta' días de duelo en el que iría cada día a la sinagoga a recitar Kadish de duelo. No salir con amigos, no escuchar música, no ver películas, dedicarme por completo al proceso del duelo. Si eso ayudaría de alguna manera al alma de mi hermano a llegar lo más alto posible, yo estaba dispuesto a hacerlo. No me imaginaba el profundo efecto que eso tendría sobre mí.

Adam en Israel

Fue un período triste, pero comenzó a surgir algo inesperado: comencé a sentirme espiritualmente conectado. Cada viernes a la noche fui a pasar la cena de Shabat en la casa de mi hermana. Iba con mi cuñado a la sinagoga y luego regresábamos a su casa para una hermosa comida en la que pasábamos horas discutiendo sobre temas significativos, explorando el propósito de la vida y leyendo sobre formas prácticas de refinar nuestras cualidades. Ocasionalmente venía un rabino y yo lo bombardeaba con mis preguntas. Por momentos experimenté la misma conexión espiritual que había sentido en la morgue y a lo largo de la shivá.

Ocho meses más tarde viajé por primera vez a Israel en un viaje de Birthright. Comencé a sentir orgullo de mi judaísmo de una forma que nunca antes había sentido. La tierra, la gente, la comida, la música. Mis ideas preconcebidas sobre los judíos y el judaísmo se desvanecieron rápidamente

Rav Jaim Hildeshaim con mi hermano dos días antes de su fallecimiento.

Después de estar dos meses en Israel y un mes en el sudeste asiático, mi visa expiraba y era hora de volver a casa. Pero en mi corazón se había encendido una llama. Sabía que tenía que regresar a Israel, y sentía un fuerte impulso por ayudar a otros jóvenes canadienses a sentir orgullo de su judaísmo sin importar cuán judíos se sintieran. Decidí que la mejor manera de lograrlo era como líder del mismo programa que había despertado en mí ese amor por Israel y por el judaísmo. Me convertí en madrij de Birthright.

El verano pasado lo pasé genial como madrij de mi primer viaje de Birthright, seguido por un mes en Tel Aviv. Luego viajé a Jerusalem para probar algunas clases en Aish HaTorá. Mi orgullo judío había crecido pero seguía considerando al judaísmo una religión más, como cualquier otra. Simplemente era la religión en la que yo había nacido. En Aish justo realizaban un seminario mensual de Discovery que se sumerge en la pregunta: ¿Dios es o no el autor de la Torá? Ellos no sólo decían que el judaísmo es diferente a cualquier otra religión, sino que la religión misma exige que uno construya bases racionales para creer. Aquí no hay lugar para saltos de fe.

Las clases me apasionaron y me intrigaron. Decidí que por mí mismo y por mi compromiso con la verdad, debía quedarme un poco más para aprender sobre mi herencia. En Aish HaTorá pasé mis días con un grupo de jóvenes diversos e increíbles, discutiendo con pasión, estudiando y profundizando mi entendimiento sobre el significado de la vida. No sé exactamente adónde me llevará todo esto, pero por ahora disfruto del camino.

Yo, estudiando en Aish HaTorá

Perder a un hermano cercano tiene el potencial de dar vuelta tu vida y convertirla en un caos. Mirando hacia atrás a los últimos dos años en medio del duelo, el dolor y las notas discordantes provocadas por el fallecimiento de mi hermano, puedo ver que del caos surgió algo sorprendente: un nuevo sentido de paz y armonía.

Al igual que una sinfonía que unifica una variedad de instrumentos y sonidos, puedo ver cómo mis respuestas ante el fallecimiento de Adam me condujeron hasta aquí: a vivir en la Ciudad Vieja de Jerusalem, a ocuparme de forjar mi conexión particular con Dios y con el judaísmo, y a aprender tanto sobre mí mismo. En este lugar mágico en el que se besan el cielo y la tierra, a veces siento que mi hermano me observa, me alienta, y espero que se sienta gratificado por las elecciones que estoy tomando.