Abraham Moshé Coleman, el hijo de tres años de nuestros vecinos, fue el primer niño que llegué a amar. Disfruté el tiempo que pasamos juntos riéndonos y jugando. A él le encantaban mis caras raras y mis voces graciosas; cantábamos y nos divertíamos juntos. Era un niño sumamente precoz, afectuoso, y entablamos una conexión profunda.

Cuando me dijeron que a Abraham Moshé le habían diagnosticado cáncer, pasé algunas semanas muy difíciles. Siempre había sentido que el marco que brinda el judaísmo ante los profundos desafíos de la vida ayudaba, pero éstos nunca habían penetrado lo más profundo de mi corazón. Me costó aceptar que la enfermedad de Abraham Moshé pudiera haber sido enviada por la mano misma de Dios. Abraham Moshé simplemente era demasiado puro y bueno, no podía aceptar que esa fuera la voluntad de Dios.

El mejor consejo que recibí fue de Rav Noson Weisz. Él me dijo que no había ningún problema en sentirse confundido y que en ese momento no era posible llegar a aceptar con calma la situación. Él me dijo que Dios me estaba pidiendo que aceptara la complejidad; que contuviera mi enojo y mi dolor y me aferrara a mi fe y confianza en Él. La vida no está hecha a la medida de nuestros deseos. A veces no estamos de acuerdo con lo que vivimos y el desafío es navegar esa tormenta y volvernos más fuertes y mejores.

Recé mucho, quebrado por el hecho de que Dios permitiera que todo esto le ocurriera a mi querido Abraham Moshé, y al mismo tiempo acercándome a Dios y pidiéndole Su apoyo, Su amor y Su sanación.

No podía aceptar la condición de Abraham Moshé.

No navegué demasiado bien en medio de esa tormenta. No podía aceptar la condición de Abraham Moshé. Mis contradicciones intelectuales, espirituales y emocionales persistían y el mundo se volvió un poco más oscuro. Simplemente no lograba mantener los pensamientos y los sentimientos conflictivos de una manera que me permitieran sentirme completo.

Lamentablemente, después de una dura batalla, Abraham Moshé falleció con apenas tres años de edad.

El autor leyendo un cuento a Abraham Moshé

En el camino al funeral, sentí que mi corazón se rasgaba en pedazos. Pensé que después del funeral iba a estar aturdido durante muchas semanas, en luto por Abraham Moshé.

Pero ocurrió algo sorprendente. David, el padre de Abraham Moshé, subió al podio para hablar de su hijo y dijo:

“Acabamos de estar en la otra habitación con Abraham Moshé, con su cuerpo, y la sensación no el sentimiento que tuve, fue una extraña tranquilidad mezclada con esperanza y alegría. Ver y sentir su presencia con semejante sensación fue algo que nunca antes había experimentado. Eso fue lo que me embargó. Por eso, creo con todo mi corazón, que él está sonriendo y que está en un buen lugar”.

David contó cuán agradecido estaba por la experiencia que había atravesado. Citó los millones de rezos, las miles de personas que compartieron su apoyo, el hecho de haber sentido la cercanía de Dios y Su apoyo a cada paso del camino. Dijo que sabía que todo eso era la voluntad de Dios y que estaba seguro de que Abraham Moshé ahora se encontraba en un lugar mejor.

No pude creerlo, pero allí, de pie en el funeral, sonreí.

Abraham Moshé con su madre

Antes de esta experiencia, las ideas del judaísmo respecto a que simplemente no entendemos los planes de Dios, que en definitiva todo es para bien y todas las otras “respuestas” ante las dificultades de la vida, me parecían vacías. Emocionalmente, esos conceptos no resonaban en mí. Y como no somos piezas de lego, no podía forzarlas a hacer “clic” en mi interior. Lo mejor que podía hacer era tratar de entenderlas intelectualmente.

Pero al oír las palabras de David y ser testigo de su profunda fe, todo cambió. En definitiva, uno puede ver el mundo a través de la fe o no hacerlo. No hay puntos intermedios. Ver en carne y hueso esas ideas de confianza y fe, emanando de un amigo a quien amo profundamente, fue simplemente transformador.

Abraham Moshé con su padre

Oír que David sintió la cercanía de Dios a lo largo de su camino y su lucha contra el cáncer, escuchar la multitud de milagros que proveyeron consuelo a la familia y que permitieron que Abraham Moshé viviera un poco más y mejor, todas esas fueron instancias en las que Dios se reveló en medio de un enorme desafío. Ese era el consuelo de Dios y los recordatorios de Su presencia eterna en todas las facetas de nuestra vida.

Durante su vida, Abraham Moshé me permitió sentir por primera vez la alegría y el amor ilimitado de un niño. Con su muerte, me permitió sentir por primera vez la fe genuina.

David y Guila se sentaron en shivá; nosotros los rodeamos con amor y cuidados. Cubrimos los espejos de la casa y nos convertimos en nuestros propios espejos de empatía y fe. David y Guila compartieron recuerdos de Abraham Moshé y otros aportaron los propios. Todos compartieron milagro tras milagro y expresaron una actitud de valoración.

Con la neshamá de Abraham Moshé de visita en la casa de shivá, y David y Guila guiándonos, hablamos mucho, nos abrazamos y lloramos. Juntos construimos un nuevo mundo, un mundo que contiene una chispa de paz y de verdad.

Me imagino que la vida es un espiral con altos y bajos, valles de esperanza y olas turbulentas en el tormentoso mar de la fe. Durante su vida, Abraham Moshé me permitió sentir por primera vez la alegría y el amor ilimitado de un niño. Y con su muerte, me permitió sentir por primera vez la fe genuina, la verdadera escencia de vivir una vida judía.