Es el 24 de diciembre, la víspera de navidad, algo que solía importarte. Es la noche en la que te sientas junto al fuego, disfrutando el suave brillo de tu árbol de navidad. El árbol que decoras sentimentalmente cada año, ahora rodeado de regalos. Un plato de galletas para Papá Noel, en quien tú y tus hermanas pretenden creer. A la mañana te levantas y sacas las medias de fieltro repletas de golosinas y pequeñas sorpresas. Tus padres se despiertan y todos, por turno, entregan, reciben y abren sus regalos. Durante días estuviste ocupada eligiendo y comprando exactamente lo que era adecuado para cada miembro de la familia.

Tus vecinos celebran la navidad de forma real, van a misa en la medianoche y tienen una gran cena que incluye cerdo, una carne que tu padre evita. Tiene algo que ver con el hecho de ser judío, pero no estás segura realmente. A veces te preguntas por qué festejan navidad y no encienden una menorá, pero eres sólo una niña, y a los niños les encanta la Navidad y necesitan tradiciones, y ser judío todavía no es algo que te importe. Hasta que tienes doce años, y te sientas sola en la habitación al lado del árbol, explorando tus sentimientos, y te sientes vacía. Para tu familia, la navidad no tiene nada que ver con la religión ni con Dios. Pero eso es lo que tú anhelas.

Es Pésaj, tu familia se reúne para el Séder en la casa de tu tía. Tú y tus primos, abuelos y padres leen la Hagadá. Hay bromas y risas y nadie presta demasiada atención. Todos están ansiosos por llegar a la sopa con bolas de matzá y al pollo. Tu primo adolescente con una larga cola de caballo enciende un cigarrillo mientras tú lees en silencio para ti misma e imaginas: ese mar partiéndose, esas diez plagas, a Moshé con su vara, ese pueblo, los hebreos, escapando de un faraón. Te preguntas si esa historia que cuentan es real, y si es algo que ocurrió hace tanto tiempo por qué debería importarte a ti que vives ahora.

Lo principal es la comida y todos tienen hambre. Tú también tienes hambre, pero no sólo de sopa, aunque en verdad es muy sabrosa y reconfortante. Tú tienes hambre por la verdad.

Todos tienen hambre. Tú también tienes hambre, pero no sólo de sopa. Tú tienes hambre por la verdad.

Estás en séptimo grado y odias la escuela. La escuela es enorme y todas tus amigas fueron asignadas a clases diferentes, así que te sientas en medio de extraños. Durante el verano tus dos mejores amigas maduraron más rápido que tú y ahora sólo están interesadas en una sola cosa. En las clases de educación física, donde te obligan a cambiarte la ropa por remeras blancas almidonadas y feos pantalones cortos verdes, en un vestuario compartido con cientos de jovencitas, buscas la manera de cambiarte muy rápido y te preguntas por qué los adultos no recuerdan la necesidad de privacidad, o tal vez lo recuerdan y no les importa, lo que es todavía peor.

Durante el almuerzo, cuando se acercan los varones a conversar con tus amigas, te ruborizas, sientes vergüenza y eres incapaz de coquetear como tus amigas, que comenzaron a usar maquillaje y prendas que revelan cómo han crecido. Ahora, cada mañana cuando bajas del autobús, ya no tienes a nadie con quien charlar, así que pasas mucho tiempo sacando tus libros de tu casillero, hasta que suena el timbre. Al final del día estas muy cansada de correr, porque algunas de tus clases tienen lugar en el extremo opuesto de una escuela gigante y llegar de un lugar a otro te lleva todo el tiempo del recreo.

Le preguntas a tu madre si puedes ir a una escuela con menos personas, una escuela en la que los maestros recuerden tu nombre. Ella está sentada al lado de la piscina, tomando sol, leyendo una novela y te oye, pero no sientes que realmente te escucha. Ella dice algo respecto a no creer en las escuelas privadas, y dice que tu hermana se las arregló bien en esa escuela, y también tú puedes hacerlo. Ella también decidió que ya eres suficientemente grande como para levantarte sola por la mañana. Ella duerme mientras tú te levantas temprano para llegar al autobús, ese que odias porque las chicas más populares dicen cosas desagradables a las chicas más tímidas, como tú. Desayunas sola, viertes leche sobre los cereales en la mesa de la cocina. Tienes en el estómago un hueco que duele, pero no es sólo de hambre. Piensas que tu madre todavía debería prepararte el desayuno y el almuerzo, y te prometes que cuando seas madre tú serás diferente. Tener trece años no es ser adulta, pero sabes que ya no eres una niña. Simplemente es estar en un lugar intermedio, y no es un lugar en el que te gusta estar.

Descubres el ballet y cada día después de la escuela tu vida es un sueño: eres un cisne, eres Giselle mientras bailas y sudas y los dedos del pie sangran a través de las zapatillas de danza de satén. Durante unos pocos años tu sueño es tu esperanza, pero lentamente el sueño comienza a desvanecerse. Tu madre sigue diciendo que eres una entre miles, y que no tienes lo necesario para el ballet. Secretamente te preocupa que tenga razón, porque tienes pie plano y comenzaste demasiado tarde, lo cual es importante, pero eso pesa menos que el hecho de que ella no crea que puedes hacerlo. Esto es muy profundo. Eso, y el hecho de haber salido de tu caparazón de timidez y que las lecciones de danza ocupan todo tu tiempo, y ahora entiendes que para bailar hay que dedicarse por completo y sabes que un día quieres casarte y tener hijos, y las bailarinas no pueden hacer todo eso.

Entonces vuelve a aparecer ese sentimiento, como hambre y sed, y comes algunas galletas y luego un poco más.

Cuando le dices a tu instructor, quien te ha enseñado y entrenado, que decidiste abandonar el ballet, él te abraza y te dice que siempre puedes regresar. Pero no te dice: "no lo dejes", lo cual sabes que significa que debes hacerlo. Vuelves a casa y lloras y escribes en tu diario, derramando en las páginas en blanco el dolor de un sueño no alcanzado. Escribes con grandes letras: "¿Qué hago ahora?". Tu madre golpea la puerta, no la dejas entrar. Las conversaciones con ella tienden a no terminar bien. Aunque sus intenciones sean buenas, cuando ella te oye, no escucha lo que estás diciendo, no sabes por qué no conecta los puntos o lo que sea, pero no puede entenderte. Entonces vuelve a aparecer ese sentimiento, como hambre y sed, y comes algunas galletas y luego un poco más.

No hay un Dios a quien acudir en busca de consuelo, porque Dios es una "muleta", por lo menos eso es lo que te enseñaron. Dios es para los perdedores, para personas débiles que necesitan aferrarse a algo. Dios es para las personas tontas que no saben nada de ciencia, física y matemática. La religión divide, provoca odio, trae guerras, como dijo John Lennon, te lo imaginaste todo. Pero algo ha cambiado, y ese lugar en lo más profundo de tu ser, como un pozo que se vuelve cada vez más profundo, te dice que esas personas a quienes amas no serán capaces de darte lo que necesitas. Escribes en tu diario: "¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es esta vida?".

Tienes dieciocho años y ahora comienza tu búsqueda. Al buscar respuestas en iglesias con cruces y templos con Budas, vives muchas vidas y cometes muchos errores. Rezas, meditas, deambulas y te maravillas en búsqueda de la verdad. Sigues escribiendo y tus pensamientos se convierten en plegarias en las páginas de tu diario, mezcladas con lágrimas que son reales y crean manchas. Y las plegarias mezcladas con lágrimas suben directo al cielo, donde Dios espera y escucha.

Es la víspera de Sucot. Eso te importa porque en unas pocas horas te sentarás en la sucá con tu familia y amigos. Comerás la sopa caliente que tú has cocinado, cantarán y relatarán historias de un pueblo que escapó de la esclavitud y vivió en el desierto en cabañas como esa en la que están ahora. Tus nietos escuchan y saben que ellos pertenecen a ese pueblo que vivió tantos años atrás. Ahora un nieto pequeño con bucles similares a los tuyos, sostiene su plato y te dice: "Bobe, por favor quiero más".

Cierras los ojos por un instante y ves lo que Dios ve: una niña pequeña hace mucho tiempo al lado de un árbol con luces de colores, que bailaba como un ángel y añoraba espiritualidad, ahora una mujer con el cabello canoso, que se siente tan plena como la noche que acaricia el día, llena de amor y de luz. Y cuando te preguntas qué estaba pensando Dios al enviar tu alma a este mundo de la forma en que lo hizo, en el camino que debiste recorrer, sabes que ese era el camino exacto para ti, por razones que desconoces, razones que en este mundo no podrás llegar a comprender.

Pero no importa lo que fue, lo que importa es ahora, en este lugar repleto del brillo de tus velas, la risa y los cánticos, la calidez de la sopa, las personas que amas, las ramas arriba de tu cabeza y las estrellas espiando entre ellas.


Crédito de la foto: Mikayla Mallek, Unsplash