Hay historial en mi familia; pero pese a eso, la depresión es una enfermedad furtiva, y fue capaz de hacer su insidioso trabajo sin que nadie le pusiera un nombre. A medida que yo crecía, nadie dijo que mi padre estaba deprimido – en vez de eso, él estaba "malhumorado". Mi abuela, quien no podía mantener la compostura lo suficiente como para preparar la cena, fue descrita como "excéntrica".

Pero ¿clínicamente deprimida? No en mi familia, muchas gracias.

Para cuando llegué a ser adulta, estaba forzando mi camino día a día en medio de confusión y dolor emocional. Pensamientos negativos me bombardeaban constantemente: encontraba que yo no valía nada – que era tonta y floja – sin cualidades a mi favor. No esperaba caerle bien a nadie; ni siquiera me gustaba yo misma. Nunca consideré el suicidio seriamente, pero si hubiese tenido una goma cósmica gigante, la hubiese usado conmigo.

Siguiendo el protocolo familia, no lo llamé depresión. En vez de eso dije que tenía un "temperamento artístico".

Siguiendo el protocolo familia, no lo llamé depresión. En vez de eso dije que tenía un "temperamento artístico" – una frase que ponía un giro creativo a un estado mental extremadamente doloroso.

Para empeorar las cosas, enfrenté serios problemas de la vida real. Mi esposo estaba pasando por un tratamiento de cáncer – el cual no estaba funcionando. Él luchó contra la enfermedad por años, pero nuestros hijos eran muy jóvenes cuando él murió.

Durante un tiempo culpé a las circunstancias de mi vida por mi humor. Yo era una viuda de 34 años con tres niños pequeños -- ¡cualquiera estaría deprimido! Pero esa excusa perdió validez a medida que pasaron los años.

Hasta que un día sencillamente paré. Me senté en una silla y lloré durante tres días sin una razón particular. Mis hijos intentaron esconder su preocupación, pero yo vi lo que mi depresión les estaba haciendo a ellos – e hice algo que debí haber hecho mucho antes: fui a mi doctor.

Él me hizo varias preguntas y exámenes, y luego me dio una receta de un antidepresivo. Yo sabía que necesitaba ayuda, pero estaba avergonzada de que no había sido "suficientemente fuerte" para vencer la depresión por mi misma.

Él me regañó cuando le dije eso. "Tu depresión probablemente es producto de un desequilibrio químico", dijo él firmemente. "Es tan real como una pierna rota".

Así que tomé el medicamento de mala gana cada día, y una o dos semanas después, mi vida comenzó a cambiar. El dolor interno había desaparecido, evaporándose como rocío, y repentinamente podía sentir alegría por cosas simples: estar con mis hijos, preparar la cena, dar un paseo.

Sentí que era milagroso, pero no era artificial. Había tenido miedo de que el medicamento me controlara, imponiendo una alegría falsa y frenética – pero no fue así. El medicamento simplemente terminó el constante dolor emocional y niveló mis emociones. Aún era yo.

De hecho, por primera vez, era libre para ser realmente yo. Sin los pensamientos negativos y los cambios de ánimo, yo estaba en control.

Medicamentos y Espiritualidad

Durante unos cuantos años, todo anduvo bien. Me involucré con una congregación ortodoxa y lentamente me hice más observante. Grandes partes de mi vida comenzaron a cambiar. Eventualmente me convertí en una mujer que come casher y que cumple mitzvot – lo cual me encantó.

De hecho, me gustó tanto, que dejé de tomar mi medicamento. Había estado con estabilidad emocional por unos cuantos años, y esperaba que mi depresión fuera una cosa del pasado. Además, razoné, ahora tenía a Dios en mi vida -- ¿Qué más necesitaba?

"¿Qué tipo de judío tiene que estar medicado para ser feliz?"

Las cosas anduvieron bien por un tiempo. Pero lentamente mis emociones comenzaron a fluctuar y eventualmente terminé regresando a la oficina del doctor. Si me había sentido culpable la primera vez, ahora sentía vergüenza; no solamente era débil, sino que también le había fallado a Dios.

Le conté a mi rabino de mi fracaso. "¿Qué tipo de judío tiene que estar medicado para ser feliz?".

Él dijo algo muy similar al consejo de mi medico, "Si tuvieras cáncer, Dios no quiera, ¿buscarías tratamiento?". Cuando asentí, él continuó: "¿Y cual es la diferencia? Tienes un problema físico. Dios espera que te cuides. De hecho, él lo ordena".

Confiaba en mi rabino, así que seguí su consejo. Además, había comenzado a darme cuenta que, ya fuese con antidepresivo o no, aún tenía mucho que aprender sobre felicidad.

Por ejemplo: nunca había admitido la idea de que yo era responsable por mi propia felicidad. Cuando se había levantado la nube de depresión por primera vez, esperé que la felicidad simplemente… ocurriera. Cuando no ocurrió, me sentí frustrada y enojada. Finalmente me di cuenta de que el medicamento quitó el dolor, pero eso era todo. El resto dependía de mí.

La primera vez que escuché a alguien decir que la felicidad es una elección, estaba indignada – especialmente porque el comentario estaba dirigido a mí. Me había estado quejando con una amiga: uno de mis hijos estaba teniendo problemas, mi sueldo era demasiado bajo – y además de todo, ¡mi auto se había descompuesto!

Estaba de un ánimo terrible. Merecía estar en de mal animo. Estaba disfrutando mi mal ánimo. Y entonces mi amiga lo arruinó diciendo, "Pero la felicidad no depende de las circunstancias. Tú podrías elegir estar feliz, y lo sabes".

Miré para otro lado y descarté su comentario como tonterías de la Nueva Era. ¿Yo? ¿Elegir estar feliz? No me gusto la idea, ni un poco.

Entonces conocí a Bruria.

Ocurrió en una sesión de estudio de Torá. El rabino explicó que era una mitzvá estar alegre – feliz – en Shabat. Ahí estaba otra vez – la idea de que puedes escoger estar feliz, incluso por un solo día. Y él contó una historia para ilustrar su punto:

Bruria vivió durante la época talmúdica. Su esposo, Rabi Meir, estaba en la sinagoga un Shabat cuando los dos hijos de la pareja murieron repentinamente. Debido a que era Shabat, Bruria se rehusó a estar de duelo. Después del anochecer, su esposo regresó de la sinagoga y ella tuvo que contarle la noticia.

Ella no le dijo que sus hijos estaban muertos. En vez de eso ella le preguntó a Rabi Meir que debiera hacer ella si alguien le prestó algo y luego le pidió que le regresase el ítem.

Su esposo le dio la respuesta obvia. "Debieras regresar feliz el ítem", le dijo a ella.

Entonces ella le dijo que Dios había requerido el regreso de sus hijos.

"¡No puede ser!" exclamé al rabino después de la clase. "Sus hijos murieron – ¿y ella no derramó una lagrima? ¿Porque era Shabat?".

Mi rabino respondió suavemente, diciendo que la mayoría de las personas no está en un nivel espiritual tan alto. "Pero esta historia enseña que debiéramos estar felices en Shabat".

Luego me dio una tarea. Me dijo que encontrara lo que Pirkei Avot dice sobre la felicidad. Cuando llegué a casa, hojeé mi copia.

Esto es lo que leí: "¿Quién es rico? Él que está feliz con lo que tiene". (Avot 4:1)

Si esperaba a que todo en mi vida fuese perfecto, nunca sería feliz.

¿Feliz con lo que tiene? ¿Feliz con un niño con problemas y demasiadas cuentas y sin suficiente dinero? ¿Era esto algún tipo de broma?

Entonces me di cuenta. Si esperaba a que todo en mi vida fuese perfecto, nunca sería feliz. Tenía que elegir la felicidad – incluso si me mataba.

Eligiendo Felicidad

Aprendí que la Torá nos ordena estar felices. Eso significa que la felicidad efectivamente estaba dentro de mi control. Dios no me ordenaría hacer lo imposible. Con respecto a eso, la Torá documentó que el pueblo judío fue castigado – no por pecar, sino por no cumplir los mandamientos con alegría.

Así que tomé una decisión: sería feliz.

No estaba feliz con eso, pero no puedes tenerlo todo.

Cuando me despertaba de mal humor – una ocurrencia común – concientemente elegía sonreír y actuar alegre.

Me tomó un poco de práctica. Me encontraba quejándome y recordándome: ¡Tú eres FELIZ! El siguiente pensamiento era usualmente un indignado ¡NO lo soy! A menudo el asunto terminaba ahí, y pasaba el resto del día en mi usual bajón emocional.

Sin embargo, lentamente aprendí a insistir en la felicidad. Compré un marcador y escribí citas sobre la felicidad en mis espejos y ventanas. "¿Quién es feliz? El que está contento con lo que tiene", me decía el espejo de mi habitación cada mañana. Cuando llegaba, aún dormida, al salón, la puerta corredera repicaba con la brevedad de Tolstoy "Si quieres ser feliz, ".

Y funcionó. Gradualmente mi actitud cambió. Me convertí en una persona más calmada y menos propensa al enojo por cosas pequeñas. Me sentía más feliz.

Sin embargo aún había problemas que me enviaban a una bajada emocional. La mayoría de ellos tenían relación con el control. Me gustaba el control. Quería estar en control. Y cuando no lo estaba – cuando otras personas tenían el valor de incomodarme – me enojaba.

Maldecía en las luces rojas largas y decía cosas feas sobre los conductores lentos. Suspiraba fuertemente cuando me enfrentaba a una fila larga en el banco. Golpeteaba mi pie impacientemente cuando un vendedor no me "veía" inmediatamente, y me quejaba enojada por el servicio.

También quería estar en control de temas más importantes. Por ejemplo, la clase de mi hija iba a ir de viaje a Israel – un viaje que yo apoyé al principio. Pero había habido violencia y había amenazas de incluso más problemas.

Yo no quería ser la mamá que no dejaría ir a su hija, pero tenía miedo. Había perdido a mi esposo; no podía imaginarme perder una hija.

Mi hija fue paciente. "Nada me ocurrirá a menos que Dios así lo quiera", me dijo.

Yo creía eso – cuando estaba en la sinagoga con mi libro de rezos abierto. Pero mi hija lo vivía, incluso en casa. Incluso cuando enfrentaba una situación riesgosa.

Ella fue a Israel y lo pasó espectacular. Y yo empecé a trabajar en mi emuná – mi fe y confianza en Dios – porque estaba empezando a darme cuenta de que la emuná podía ser un componente importante de la felicidad.

Lentamente comprendí que la fe y la confianza en Dios eran en realidad el secreto para ser feliz.

Y lentamente comprendí que la fe y la confianza en Dios eran en realidad el secreto para ser feliz. Si Dios estaba realmente en control – y si Él quería lo mejor para mí – entonces todo lo que me ocurría era perfecto. Todo.

Era una idea asombrosa, y el efecto fue liberador.

Yo era responsable de poner mi esfuerzo razonable – pero más allá de eso, no estaba en mis manos. Mientras que estuviera trabajando para ganarme la vida, no tenía que preocuparme por el dinero. Tenía lo que Dios me había otorgado, y mi única responsabilidad era dar tzedaká y utilizar mis recursos responsablemente. Si me mantenía cercana a Él, Él me daría lo que yo necesitaba.

No tenía que preocuparme por mis hijos. Si ellos estaban pasando tiempos difíciles, podía dar buen consejo – y rezar. Más allá de eso, ellos estaban en las manos de Dios, quien estaba lidiando con ellos perfectamente.

Me di cuenta de que tenía solamente tres tareas esenciales en la vida:

  1. Hacer lo que sabía que Dios quería que yo hiciera. Esto podía encontrarlo en la Torá.

  2. Hacer mi mejor esfuerzo por una vida de seguridad financiera, felicidad familiar y crecimiento espiritual.

  3. Estar contenta con lo que tenía.

¡Eso era todo!

Las cosas no salieron bien la primera semana. Digo, muchas cosas no salieron bien. Tuve que recordarme constantemente a mí misma las mismas lecciones de emuná una y otra vez. Y aún no lo tengo automatizado. Pero eso es parte del esfuerzo. Nadie dijo que iba a ser fácil.

He experimentado tragedia y sufrimiento, y no se por qué. Pero sí se unas cuantas cosas:

Dios creó el mundo y Él controla todo.

Nada es un accidente.

Todo lo que Él hace es para nuestro bien.

Me gusta pensar que al reconocer mi depresión, y tratarla de acuerdo al consejo de mi doctor, me he fortalecido. Aún estoy aprendiendo a confiar genuinamente en Dios. Es una lección en la que estaré trabajando por el resto de mi vida. Soy de aprendizaje lento.

Es bueno que Dios sea paciente.