Dolor. Angustia. Hospital.

Estas tres palabras resumen mi vida durante casi siete años desde que me diagnosticaron en el año 2011. Pero entonces hubo algo más: esperanza.

Yo era simplemente una persona más, joven, despreocupada, completamente sana. Entonces comencé a sufrir un inocuo dolor de cabeza, que resultó ser un síntoma de un tumor cerebral. Antes de llegar a darme cuenta lo que ocurría, me vi sometida a complejos estudios cerebrales, cirugía craneal y posteriormente radio y quimioterapia.

Fue un momento muy arduo de mi vida. Era soltera y veía a mis amigas avanzar con sus propias vidas, casarse y construir sus propias familias. Durante ese período no sabía qué me esperaba al día siguiente, no sabía si podía soñar con tener una familia.

Sabía que tenía que mantener mi mente apartada de lo pesada que era toda la situación, necesitaba aferrarme con todas mis fuerzas a la esperanza. Comencé a dedicarme a mi escritura. Escribí poesías que reflejaban el dolor, la esperanza a la que me aferraba. Para celebrar mi cumpleaños, comencé una campaña de bondad diaria a la que llamé; "Enciende la bondad".

Aunque experimenté una buena dosis de milagros, no fue en absoluto sencillo.

Les escribí a mis amigos: "¿Alguna vez prestaste atención a lo bien que te sientes después de hacer algo bueno y positivo por otros? ¡Este proyecto es la prescripción perfecta para tener salud mental! Quita las telarañas, aleja la tristeza y lucha contra la depresión siguiendo el camino de 'enciende la bondad'".

Trabajar en este proyecto me ayudó a mantener mi mente alejada de la quimio, que ya estaba en su quinto ciclo. Cuando descubrí que esta dosis tendría lugar antes de Pésaj (lo que implicaba que estaría libre de quimioterapia durante el Iom Tov), sentí que ese fue mi propio milagro de Pésaj.

Aunque experimenté una buena dosis de milagros, no fue en absoluto sencillo. Después de una serie de convulsiones, volvieron a explorar mi cerebro. Recuerdo estar sentada esperando los resultados. Eran las 10:30 de la noche cuando un médico de la guardia se acercó y me preguntó si alguien me acompañaba. En ese momento mis padres no estaban conmigo, así que el médico le pidió a mi padre que fuera al hospital. Finalmente me enteré que habían encontrado otra masa tumoral en el cerebro.

Finalmente resultó que no era un segundo tumor. Otro estudio que hizo mi médico, un reconocido neurólogo, confirmó esta noticia tranquilizadora. En medio de todas las dificultades relativas a tener cáncer, recibí inyecciones de amor de Dios, recordatorios de que Él siempre estaba a mi lado, incluso cuando eso no era obvio para mis ojos humanos.

Cada ronda de quimioterapia implicaba pasar otra sesión de tortura, otra serie de efectos secundarios. Desde el abismo del llanto al tomar cada pastilla hasta la alegría de escuchar que la quimioterapia estaba funcionando, la vida era un carrusel vertiginoso. Finalmente decretaron que mi turno en ese viaje había terminado.

Ahora, al reflexionar con una perspectiva más sabia que antes, comprendo que cada aspecto de la vida, incluso algo tan siniestro como el cáncer, es un maravilloso regalo.

¿Cuántas veces rezamos mecánicamente, sin pensarlo demasiado, agradeciendo a Dios de forma distraída por el regalo de la salud y de la vida misma? Cuando la vida de una persona está en juego, las plegarias toman un significado completamente diferente. Cuando nos enfermamos, nos sentimos vulnerables, arrastrados a la deriva por olas turbulentas. Debido a que tuve la bendición de que la tormenta amainara, tengo la oportunidad de mirar hacia atrás con una perspectiva mucho más rica.

La cirugía para extirpar el tumor me dejó con una pierna entumecida y mala visión. Sólo ahora reconozco el regalo que es simplemente poder caminar sin sentir el pie adormecido. ¿Alguna vez me había detenido a pensarlo? ¿Por qué sólo valoramos lo que hemos perdido una vez que nos lo han quitado?

¿Por qué sólo valoramos lo que hemos perdido una vez que nos lo han quitado?

Cuando comprendí cuánto ayudaba a mi curación mantenerme positiva, decidí contar mis milagros, incluso en los momentos más sombríos. Cuando buscamos los milagros, simplemente nos sentimos muy amados, sentimos que alguien nos cuida. Este fue uno de los milagros que reconocí: los médicos me advirtieron sobre los diversos efectos secundarios de la quimioterapia, incluyendo las náuseas. Después de una de las rondas de quimio me sentí agradecida de no haber sufrido de ninguno de estos síntomas. Fui capaz de seguir con mi vida habitual mientras tomaba las píldoras de quimioterapia, sin sentirme demasiado mal. Las píldoras me hacían sentir leves nauseas, pero era algo soportable y que podía contrarrestarse con una medicación contra las náuseas. Las píldoras de quimio durmieron el tumor de mi cerebro casi sin provocar demasiado daño al resto de mi cuerpo. Para mí esto fue un claro milagro.

¿Cómo enfrenté la incertidumbre que me provocó comprender la fragilidad de la vida? Intelectualmente, sabemos que Dios no nos coloca en ninguna prueba que no seamos capaces de superar, pero ¿cómo se traduce eso en los hechos?

Constantemente me recordaba que Dios es la verdadera Fuente de la curación. Él es el rofé kol basar, el que cura toda carne. Los médicos sólo son mensajeros; Dios puede traer la salvación en cualquier momento, en cualquier lugar y de cualquier manera.

La plegaria es el grito de batalla y la fortaleza del pueblo judío en todas las situaciones. Nuestra respuesta es proclamar Shemá Israel. Recuerdo estar acostada en la camilla para mi primer estudio, petrificada, rezando frenéticamente, sin saber qué esperar, y gritar: "Shemá Israel – Hashem, escucha mi grito, sólo Tú puedes ayudarme". Cada vez que tomaba mi medicación, me recordaba Quién era el que realmente podía ayudarme con una breve plegaria: sheihié esek zé li lerefuá ki Rofé jinam atá – ‘Que sea Tu voluntad que esta actividad me traiga curación, porque Tú eres el que cura gratuitamente’.

El cuerpo humano es un maravilloso milagro creado por el único Gran Diseñador. Aunque algunos sólo valoran esto una vez que tienen problemas de salud, podemos llegar a entenderlo incluso cuando estamos sanos. Enfocarnos en la fragilidad de la vida puede asustarnos, pero también nos lleva a valorar el regalo que es la salud.


Reimpreso con permiso de la revista Wellspring Magazine www.wellspringmagazine.com