Hay muchos paralelos entre convertirse en un judío observante y anunciar que estudias para convertirte en terapeuta.

Muchas personas no comprenden que esto es algo en lo que puedes convertirte. Para ellos o emerges del vientre de tu madre con anteojos gruesos y una postura de entendimiento empático o escucharás de amigos y conocidos las más extrañas versiones de: “¿Quién eres tú para decirles a los demás cómo vivir?”. O todavía peor: “¿Cuánta terapia hiciste para llegar a estar tan inspirada?”.

Asimismo, si no cuidaste Shabat desde que naciste, otras personas pueden pensar que es muy presuntuoso que dejes de responder a tus mensajes de texto durante 24 horas. Porque si crees que esa es la manera en que los judíos deben practicar su religión, eso implica que consideras que quienes la practican de otra manera están mal.

Sin duda hay quienes tiñen con cierto grado de celo su camino hacia la observancia. Pero hay otros, como yo, que siempre buscaron la oportunidad de crecer por sí mismos.

Todo el tiempo chocamos, ¿verdad? Una amiga dice que no come carne por razones éticas, y te sientes obligado a justificar el bife que tienes en tu plato. Alguien dice que tuvo un “parto natural” y se me retuercen las entrañas al suprimir el deseo de explicarle que todos los nacimientos son naturales, excepto el que tiene lugar de acuerdo con un plan. Lamentablemente, aquí es cuando entran en juego las presiones psíquicas por crear conformidad y el miedo a la diferencia: el miedo a que al no ser como tú, o no tomar decisiones que reflejen las tuyas, yo pueda no estar respetándote o no sea capaz de entenderte.

Cada vez que sale el tema de la observancia judía, mi padre dice algo medio brusco como: “Yo tomo mis propias decisiones, no necesito que un rabino me diga cómo pensar”. La relación de mi madre con el judaísmo es innata, pero nunca práctica. Parece que siempre sufre de dolor de cabeza en las Altas Fiestas cuando se espera que vaya a la sinagoga, pero si el hijo de alguien se casa con un no judío o si hay un acto de antisemitismo que ella puede condenar por Facebook, podrías pensar que es la fundadora de la religión. Pero que su hija practique el judaísmo a diario, que rece y coma kósher, es un mishigaz.

Crecer como judío puede ser complicado. Es imposible no chocar contra tu propia resistencia o la de otras personas en el momento en que decides practicar algo.

Mi camino a la observancia judía pasó por varias etapas. En esta segunda ola —como denomino a mi camino hacia un estilo de vida más observante—, estoy casada y fui bendecida con varios hijos. Esta experiencia por un lado implica un gran alivio (ya no tengo que responder a mis propios padres, por lo menos no de forma tan directa), pero al mismo tiempo hay muchas otras complicaciones (asegurar la consistencia para nuestros hijos y soportar las ocasionales expresiones de sorpresa de mis suegros).

Cuando conocí a mi esposo, yo había dado un paso atrás en mi práctica del judaísmo. Estaba cansada de hacer todo sola. Mi esposo, aunque venía de una casa no observante, se mostró increíblemente abierto e interesado en aprender (“Detesto no saber realmente de qué hablan los textos significativos de mi propia religión”). Decidimos crecer juntos. A mí me encantó repasar las cosas que en un primer momento me habían atraído hacia el judaísmo, a través de los ojos del hombre que amaba.

A pesar de esto, en los últimos años, comprendimos que crecer como judíos sigue siendo complicado. Incómodo. Es imposible no chocar contra tu propia resistencia o la de otras personas en el momento en que decides comenzar a practicar algo. A veces sentíamos como si lo estuviéramos haciendo solos, pero juntos. Cada vez que alguien nos pregunta si somos “ortodoxos, conservadores o reformistas”, sonreímos y decimos alguna versión de “tradicionalistas”.

Pero en los últimos meses ocurrió algo interesante bajo nuestro techo. El distanciamiento social implicó que no hubo servicios en la sinagoga, ni reuniones para las festividades, ni asistir a clases en nuestro centro Jabad… Sin embargo, mi esposo y yo nos sentimos más inspirados como judíos que nunca antes.

Creo que esto se debe a la oportunidad de navegar los rituales y la rutina dentro de nuestra propia unidad familiar. Mi esposo y yo estudiamos juntos regularmente cuando los niños se van a dormir, y luego evaluamos y fijamos objetivos para nuestro propio crecimiento. Estamos observando el Shabat con más cuidado que antes, y nuestro calendario más vacío nos permitió movernos a un ritmo más firme. “¿Cuál es nuestra excusa este viernes?”, le pregunté a mi esposo con una sonrisa el primer viernes que estábamos oficialmente refugiándonos en la casa.

Once semanas más tarde, ya se siente mucho más suave y natural. No puedo poner en palabras qué alivio es poder hacerlo con una exagerada sensación de privacidad.

Hace poco, el Rav Manis Fridman compartió una idea que me pareció absolutamente bella. Al dirigirse a quienes estaban por pasar el Séder de Pésaj solos y se sentían completamente abrumados por tener que hacerlo sin el apoyo de un rabino o de una comunidad, él les dijo que estaba claro que Dios deseaba de nosotros un judaísmo más personal, propio, la clase de judaísmo que sólo puede tener lugar en nuestros hogares. Quizás imperfecto, incluso un poco fuera del orden, pero desde lo más profundo de tu ser. De una manera que nadie más puede ofrecerlo.

A veces los cambios más significativos de la vida tienen lugar cuando uno está solo, libre de expectativas y, especialmente, del ruido.

A veces los cambios más significativos de la vida tienen lugar cuando uno está solo, libre de expectativas y, especialmente, del ruido. El equivalente de tener las mejores ideas en la ducha (el último lugar en donde los seres humanos siguen estando a solas con sus pensamientos), o al encontrar un espacio solitario para la plegaria y la meditación. Para poder escuchar nuestro llamado interior hace falta una medida de libertad de las fuerzas de la vida cotidiana.

Por lo general el judaísmo no se practica en aislamiento. Sé que volverá a ser complicado e incómodo cuando la vida vuelva a su ritmo agitado, cuando deba confrontar decisiones que no tuve que considerar durante los últimos meses. Por eso me siento agradecida por este tiempo para poder fortalecerme a mí misma y a mi familia, para hacer lo que sentimos que es correcto para nosotros.

Mi esperanza es que todos salgamos de la cuarentena un poco más conscientes de nosotros mismos, y que eso se extienda a respetar el rol y el valor de la familia judía y de las elecciones que cada uno toma dentro de su familia. En lo que respecta al interés de los demás sobre la forma en que yo practico el judaísmo (o la terapia), sé que puedo dejar que mi vida y la manera en que escojo vivirla, hable por sí misma.

Y en mi mente, no hay nada más auténtico que eso.