Sospecho que son muy pocas las mujeres que disfrutan de las mamografías.

Que una técnica te empuje y espolee el pecho (por más delicada que sea), antes de que aplastarlo fuertemente entre dos piezas de plástico transparente, mientras tu aguantas la respiración y los rayos tóxicos pasan a través de tu cuerpo, no es algo que cualquier mujer razonable pueda considerar como pasar un buen rato.

Y esto es especialmente cierto si se trata de la temida "cita de seguimiento", la que es necesario efectuar porque hubo algo que al médico no le gustó después de examinar la película de tu divertida cita original.

La primera vez que eso me ocurrió fue hace más de la mitad de mi vida. Tuve que hacerme dos mamografías y una biopsia.

Estaba completamente aterrada.

El cáncer de mama es lo que más me asusta.

Afortunadamente, no era cáncer.

No tuve otra mamografía anormal hasta hace unos tres años. Cuando me dijeron que necesitaba una cita de seguimiento, nuevamente me sentí aterrada.

Pero esta vez había una diferencia: fue casi 15 años después de haberme convertido al judaísmo.

Salí del consultorio del médico, me senté en mi auto y lloré de alivio y alegría.

A diferencia de las veces anteriores, cuando no lo compartí con nadie, esta vez le pedí a todos los que conozco que rezaran por mí. Todavía no pude decirle a nadie exactamente cuál era el problema, sólo que se trataba de algo médico. Y recité muchísimos Salmos, en el estacionamiento, en la sala de espera antes de entrar al consultorio del médico, y después del procedimiento leí una y otra vez el Salmo 23 en mi hebreo no demasiado bueno, mientras esperaba los resultados.

No era cáncer.

Salí del consultorio del médico, me senté en mi auto y lloré de alivio y alegría. Envié mensajes de texto a mis amigas agradeciéndoles y, por supuesto, le agradecí a Dios.

Esperaba que eso nunca volviera a ocurrir. Pero sucedió.

Debido a la pandemia, pasaron casi dos años antes de que tuviera el placer de hacer otra mamografía y otro resultado que exigía una visita de seguimiento.

Pero, sorprendentemente, esta vez no estuve aterrada. Parcialmente porque ya lo había vivido dos veces.

Tengo emuná, fe en Dios. Sé en lo más profundo de mi corazón que Dios existe. En verdad no le puedo explicar a nadie cómo lo sé. Pero estoy segura.

En el libro de Rav Iosef Soloveitchik, "La soledad del hombre de fe", él explica que una persona puede tener experiencias que no le dejan lugar a dudas respecto a que Dios existe, pero que no puede explicarlo a otra persona. Es una experiencia completamente única de cada persona y no hay palabras, nada que uno pueda decir o hacer para explicárselo a otro. Por lo tanto, es la experiencia más maravillosa, inspiradora y solitaria que uno puede tener.

Yo tuve mis propias experiencias "solitarias" de la existencia de Dios en diferentes momentos y en diversos lugares del mundo, antes de volverme judía. Sin embargo, saber eso no evitó que me sintiera aterrada en las ocasiones previas cuando enfrenté la posibilidad de tener cáncer de mama.

Sólo gracias a mi travesía judía aprendí lo que es la confianza genuina en Dios, lo que en hebreo se llama bitajón.

Es una sensación que surge de lo más profundo de tu ser y te dice que dado que Dios dirige el mundo y nos ama a cada uno, todo lo que nos ocurre es para nuestro propio bien.

Todo.

Puede que no lo entendamos. Puede que no sea lo que queremos que ocurra, pero si Dios lo puso en nuestras vidas, de alguna manera es lo mejor que podía sucedernos. Esta es mi lucha.

Puede que no lo entendamos. Puede que no sea lo que queremos que ocurra, pero si Dios lo puso en nuestras vidas, de alguna manera es lo mejor que podía sucedernos.

Esta es mi lucha.

Cuando me ocurre algo malo, o todavía más cuando algo malo le ocurre a alguien que quiero, me resulta casi imposible decir: "gam zu le tová- también esto es para bien", y seguir adelante.

No le conté a nadie sobre mi segunda cita para una mamografía, porque esta vez, en lo más profundo de mi ser, tenía esperanzas. Esperaba con todo mi corazón que cualquier cosa que ocurriera, incluso si llegaba a tener cáncer, eso resultaría ser para mi propio bien.

Acepté tanto como pude que si llegaban a encontrar algo y tenía que recibir tratamiento o cirugía, o incluso si ese era el primer paso hacia mi muerte… Respiré profundo y me aferré a esa esperanza y por primera vez sentí que iba a estar bien, que cualquier cosa que ocurriera iba a ser buena.

De todos modos, fue un gran alivio cuando los resultados de esta última mamografía revelaron que no había cáncer.

Confiar en Dios, tener bitajón, es algo con lo que he luchado desde que aprendí al respecto, y sospecho que será una lucha durante toda mi vida.

Pero lo intento. Me voy a seguir aferrando a la esperanza que sentí mientras esperaba los resultados de mi última mamografía.

Porque Dios dirige el mundo, y yo estoy trabajando para vivir con la realidad de que todo lo que me ocurre es para mi propio bien.

Incluso las mamografías.