Nota al lector: este artículo trata un tema sensible e importante. Se recomienda discreción.

Tengo un calendario que tiene el número 240 escrito en el 7 de noviembre. 240 días sin derramar semilla. Nunca imaginé que sería posible. Cuando comencé en este camino, no planeé abstenerme de la autosatisfacción durante tanto tiempo. Pensé que terminaría haciéndolo quizás un par de veces al mes. No tenía idea que alcanzaría este nivel de autocontrol.

Te voy a ahorrar todos los detalles del comienzo de mi travesía (puedes leerlos en: Judaísmo, masturbación y yo). Los puntos principales son que crecí sin ninguna razón que sugiriera que masturbarse estaba "mal", y lo hice… y mucho. Lo único que me insinuó que debería abstenerme eran fuentes seculares como grupos de apoyo a los adictos a la pornografía y el libro The Game.

Cerca de los 30 años comencé a involucrarme en el judaísmo tradicional y poco después hice un viaje a Israel. Dada la naturaleza espiritual del viaje, decidí no masturbarme durante toda su duración. Noté que tenía más energía y confianza en mí mismo, así como una conexión con el sexo opuesto. Sin embargo, cuando volví a masturbarme, todo eso desapareció.

Noté que tenía más energía y confianza en mí mismo, así como una conexión con el sexo opuesto. Sin embargo, cuando volví a masturbarme, todo eso desapareció.

Los beneficios eran innegables, pero volver a la abstinencia nunca fue fácil. Durante períodos de ciertas festividades judías (el mes de elul, que lleva a las Altas Fiestas, y el período de 49 días del Ómer, entre Pésaj y Shavuot) me desafiaba a mantenerme en regla y, para mi asombro, lo lograba. Pero inmediatamente después de las festividades mis deseos me volvían a superar.

Esto se convirtió en mi regularidad: luchar durante la mayoría del año para conseguir unas pocas semanas de abstinencia antes de caer nuevamente en la tentación, incluso haciéndolo hasta el hastío. Comencé a marcar los días en el calendario como hace un alcohólico (como dice el mantra: un día a la vez). A veces duraba un mes y me sentía invencible, hasta que el evento más insignificante me llevaba a la indulgencia.

Me preguntaba si esto era saludable. A pesar de lo que dice el Talmud, ¿se supone que un hombre adulto se prive por completo de la satisfacción sexual? Por supuesto que no. Pero la única respuesta judía es casarse, algo que estaba tratando de hacer, pero es un tema aparte.

Dado que cuanto más "sagradas" hiciera que fueran las festividades, más fácil me era evitar caer en la tentación, comencé a sumar fechas. Incluí las tres semanas que terminan en Tishá Beav, Janucá, rosh jódesh y otras fechas. Mi postura mental comenzó a cambiar. En lugar de "nunca debo masturbarme", pasó a ser "hay tiempos en los que definitivamente no me voy a masturbar". Y esos períodos pasaron a tener más y más presencia en mi calendario.

No voy a mentir. Traté de crear estrategias para definir cuándo estaría "bien" caer en la indulgencia. Pero bueno, eso también es progreso.

Luego ocurrió algo interesante.

Era el 17 de tamuz, el ayuno que marca el pecado del becerro de oro, el rompimiento de las primeras tablas de los Diez Mandamientos y el bloqueo romano a Jerusalem, que ocurrió unos cientos de años después. Entonces, estaba ayunando, acostado en la cama, incapaz de enfocarme en cualquier cosa y decidí escuchar una clase de Torá. Y, por sorpresa, fue sobre la transgresión de derramar semilla. El orador era un rabino sefaradí y, sin querer generalizar o caer en estereotipos, asumí que el rabino iba a hablar con mucha fuerza, amenazar con el infierno, usar tácticas descaradas, atemorizar y perturbar, etc. Hizo mucho de eso, pero luego mencionó que, espiritualmente hablando, derramar semilla está relacionado con depresión y pobreza.

Eso me hizo pensar. Había luchado contra la depresión, pero, en mi generación, ¿quién no está deprimido? Luego reflexioné sobre mis luchas financieras y advertí un fenómeno extraño. Conseguía un muy buen trabajo de freelance. Luego, el trabajo me estresaba. A continuación, caía en la autosatisfacción. Por último, inexplicablemente, el proyecto perdía financiación, un productor renunciaba o la compañía productora quebraba (en serio, eso ocurrió). Esta relación de causa-consecuencia era casi esperable.

Reconocer los patrones que rigen tu vida tiene una ventaja importante. Sabiendo lo que ocurría, sentí una gran motivación. Escuché la clase otra vez anotando todos los ejercicios y consejos que recomendaba, y los puse en práctica a diario. Si bien no creía en las advertencias catastróficas, simulé creerlas. De repente, alcancé un nivel de conciencia que nunca había tenido.

Durante los tres meses siguientes sentí que estaba viviendo en un plano de existencia completamente diferente.

Ahora, quizás seas muy escéptico y no le creas a alguien que afirma controlar sus pensamientos con tanta rigurosidad. De hecho, una vez le preguntaron al Báal Shem Tov, el gran maestro jasídico del siglo XVIII, cómo se podía discernir entre un líder religioso verdadero y uno falso, a lo que respondió: "Pregúntale si sabe cómo evitar pensamientos impuros. Si dice saber, es un charlatán" (Jewish Wisdom, de Yosef Telushkin, pág. 132). Habiendo dicho eso, sí llegué a un punto en el que cuando un "pensamiento impuro" aparecía en mi mente, lo callaba de inmediato. Durante los tres meses siguientes sentí que estaba viviendo en un plano de existencia completamente diferente. Mi yétzer hará (inclinación hacia el mal) había sido derrotada y esperaba pacientemente junto a la puerta, como un perro que espera que lo dejen entrar.

La cábala enseña que, cuando Dios creó el mundo, introdujo en él una luz tan sagrada que los utensilios que debían contenerla se hicieron añicos. A pesar de mi poco entendimiento de esta historia, sentí una rara conexión con la idea. La razón es que cada vez que atravesaba una temporada de festividades sentía como si hubiera recibido una nueva luz. Inmediatamente después de la finalización de cada festividad, el deseo ardiente regresaba a mí. ¿Era simplemente una pasión que debía contener? ¿O era una luz nueva que cada vez conseguía conservar mejor? Rápidamente se tornó demasiado para mí y yo me hacía añicos. Pero, con cada nueva temporada, mi recipiente (¿mi alma? ¿mi cuerpo? ¿mi voluntad?) se reconstruía un poco más fuerte que la vez anterior.

Este fue un logro importante, pero no fue cuando logré la marca de 240 días. Me caí de mi pedestal poco después de Sucot. De todos modos, en ese momento sentí que llegado a un punto de inflexión. Sí, habría días de una inmensa tentación, pero las indulgencias no serían atracones seguidos por una depuración. Podría hasta contener el deseo y tratar de redireccionarlo. La meditación también era útil para otros vicios.

Durante el año siguiente logré caer en la tentación sólo nueve veces. La razón es que conté usando los dedos y sabía que si llegaba a Pésaj con un dedo de sobra pasaría algo grandioso. Allí es cuando comencé la cuenta de 240 días.

A todos nos dijeron que, al luchar con algo, nos mantengamos comprometidos con la lucha. Que nunca nos demos por vencido. Que cada intento pequeño hace una diferencia. Los cambios radicales ocurren. Créeme, no tengo nada de especial. Sólo se necesita ser honesto con uno mismo, continuar buscando nuevas estrategias y perspectivas, y mucha persistencia. Por último, durante esos 240 días conocí a mi esposa. Pero esa es otra historia.

Algunas tácticas clave

Designa un día para volver a comenzar.

Yo comencé no masturbándome en shabat, más allá de lo que ocurriera. Posteriormente se convirtió en un punto para recomenzar más allá de lo que hubiera hecho durante la semana.

Enfócate en los logros, no en los fracasos.

Esforzarte tan solo 5 minutos más por día también es un gran logro. Y fortalece tu músculo de resistencia.

El progreso es una tendencia, no una línea recta.

Puede parecerte que no estás avanzando, incluso que estás retrocediendo. Pero recuerda ver la imagen global.

Mantén un registro escrito.

Toda persona seria sobre un tema mantiene un registro escrito. Puede ser un diario, un calendario, hasta una nota en la pared. Además de marcar el progreso, te mantiene enfocado en el objetivo, lo que puede evitarte una trampa emocional.

Un paso a la vez.

Recuerda que vivimos para crecer y acercarnos a la perfección, incluso si nunca la alcanzamos. Incluso si lograste masturbarte sólo unas pocas veces menos que antes, puedes sentirte orgulloso de ello. Sigue así.