Esta noche es el primer iorztait de mi cuñada, el aniversario de su fallecimiento, y siento una enorme mezcla de emociones. Estas abarcan desde una profunda tristeza y la añoranza de una época que nunca retornará, a la culpa por el persistente pensamiento que vuelve a mi cabeza una y otra vez desde su muerte: ¿acaso hubiera podido hacer algo más?

Su nombre era Rajel. Ella era la hermana soltera de mi esposo, quien deseaba una familia más que cualquier otra cosa en la vida. Ella anhelaba esa sensación de pertenencia y esperaba que llegara a ocurrir algún día. Ella sentía que una familia la ayudaría a mantener sus pies sobre la tierra y evitaría que volara con sus pensamientos. Un esposo e hijos serían la prueba final de que ella era valiosa.

Cuando falleció el año pasado ella tenía tan sólo 36 años. Fue un año en el que las muertes accidentales por sobredosis se incrementaron de forma impresionante. Un año en el que muchos acudieron a medidas desesperadas durante un período desesperado.

Uno de los muchos síntomas del COVID fue el aislamiento. Nos vimos inundados de llamadas por Zoom para relacionarnos y conectarnos, como si nuestra misma esencia, nuestra misma vida dependiera de ello. Y en el nivel más básico, así era realmente.

La verdad es que yo sonreía burlonamente cada vez que alguien compartía otra invitación para otro encuentro por Zoom. ¡Una mañana de yoga compartida! ¡Una hora feliz con amigos! ¡Una noche de juegos de mesa! Después de todo, yo tenía que hacer malabarismos para balancear horarios de Zoom para cuatro niños en edad escolar, un esposo que estaba en casa TODO EL DÍA, y mis propias metas personales para lograr todas las cosas que mi cronograma previo no me permitía. En la parte superior de mi lista había cosas como aprender a dibujar y crear videos para YouTube.

Y entonces Rajel murió. En su casa, sola. Causa de la muerte: sobredosis accidental. Y todo lo que yo pensaba que sabía sobre la familia, la conexión, el aislamiento, desapareció en el aire como una nube de humo, pero las piezas del rompecabezas quedaron desparramadas para que yo las recogiera. Siempre le decía a Rajel que me hubiera gustado conocerla cuando tenía veinte años, porque juntas hubiéramos pasado momentos realmente divertidos y memorables, en esa época en la que una noche de diversión era el punto destacado de mi semana.

Ella era una amiga divertida. La persona que entraba a una habitación y de inmediato elogiaba a alguien, o decía algo increíblemente gracioso. Ella era extraña de una manera interesante, pero nunca se dio cuenta. Podías ver su estado de ánimo de forma instantánea en su rostro, y eso era algo que tanto asustaba como daba tranquilidad. Los ojos son una ventana para el alma. El alma de Rajel era profunda, y a veces temía mortalmente de su propia grandeza.

He rebobinado todas las cintas en mi cabeza millones de veces. Pasamos juntas nuestra última noche de viernes, una semana antes de que ella muriera, y dijimos juntas la bendición por las velas. Le dije que después de encender las velas podía pedirle algo al Creador del universo, que podía hablar con Dios, porque era un momento propicio para la conexión. Y ella lo hizo.

Mi cuñada, de bendita memoria y yo.

Durante mucho tiempo me pregunté si se me había pasado algo. Si no quise ver algo. Si no presté atención a las campanas de alarma. Si usé esos momentos de conexión para negar los gritos de Rajel suplicando ayuda. Y la verdad es que sí lo hice. Usé un sistema de puntos para Rajel y, sin saberlo, lo hice también con todos los demás en mi vida, con aquellos que más amaba. Llevaba la puntuación y marcaba las casillas. Llamada telefónica, punto. Una conversación profunda, punto. Pasamos tiempo juntos, punto. Era un juego interminable de conexión, pero con la verdadera conexión, con las relaciones reales, no hay reglas. No hay casillas para marcar.

Entendí todo al revés. Pensé que la conexión era algo que yo podía regalar, como una especie de premio para aquellos a quienes amaba, manteniéndolos a distancia para evitar lo que más me asustaba: la conexión real. El fallecimiento de Rajel me enseñó que conectarse plenamente implica también recibir plenamente. La conexión fluye de un lado al otro, de una persona a la otra, y viceversa; sin interrupciones del flujo y definitivamente sin casillas de verificación.

Más que nada, Rajel deseaba una conexión verdadera. Ella la buscaba en cada relación en su vida. Y a veces la lección llega después. Cuando ya es demasiado tarde para cambiar las cosas. Cuando la ventana se ha cerrado.

Yo amaba a Rajel. Y no creo que sea productivo revolcarse en la culpa de lo que debería y podría haber sido, porque hacerlo haría que su muerte fuera en vano. Rajel me enseñó qué significa conectarse. Amar sin condiciones. Y no es demasiado tarde. Ella está en las conversaciones que mantengo con un desconocido. En el tiempo que dedico a un ser querido, con una taza de té caliente y suaves murmullos de conexión. Con las rutinas a la hora de irse a dormir que de repente se volvieron más pausadas. En esos momentos, la lección de Rajel se convierte en una llama que crea nuevas conexiones y mantiene vivo su legado.