El artículo a continuación habla sobre un tema delicado y utiliza lenguaje explícito. Se aconseja la discreción del lector.

Soy un investigador clínico de 27 años y aspirante a médico que ha estado luchando contra la adicción a la pornografía y sus comportamientos asociados durante muchos años. Crecí casi sin conexión con el judaísmo. Fui a escuelas públicas, jugué fútbol americano, hockey sobre hielo y rugby en la universidad. Parecía un joven sociable, feliz, inteligente y capaz. Pero debajo de la superficie, lentamente estaba cayendo más profundamente en comportamientos sexuales que sabía que eran antisociales y cada vez me avergonzaba más de estos comportamientos ocultos.

Mi vergüenza no provenía de creencias religiosas estrictas; en realidad, no tenía ninguna a los 11 años. Tan sólo tenía el presentimiento de que lo que estaba haciendo estaba mal. Pero no podía apartarme de mis malos hábitos, ya que me daban una sensación de alivio y seguridad. Poco sabía yo en ese momento que esa supuesta “seguridad” era solo una máscara para problemas más profundos. Mi principal motivación para querer detenerme desde el principio vino del miedo. Miedo a las represalias de mis padres si encontraban mis escondites secretos de pornografía, y miedo a la vergüenza si mis amigos descubrían lo que yo estaba haciendo en secreto. De cualquier manera, el miedo nunca me ayudó a mejorar mi comportamiento; simplemente me hizo alejarme más.

Una batalla se desataba dentro de mí, oscilando entre recurrir a la pornografía como un refugio del estrés del mundo y sentirme completamente culpable por la falta de control sobre mí mismo. Me masturbaba compulsivamente y luego juraba no volver a hacerlo una y otra vez.

Mi comportamiento fuera de control aumentó cuando mi familia obtuvo acceso a Internet a mediados de los años 90. Aún podía conservar esa fachada exterior que hacía que todos —incluyéndome a mí— ignoraran mi confusión interior. Mis acciones se intensificaron aún más a principios de la década del 2000 con la llegada de Internet de alta velocidad, al igual que mi inadecuación social y el deterioro de mi autoestima. No por casualidad, mi ego y mi grandiosidad auto percibida también crecieron. Para cuando estuve listo para graduarme de la universidad en el año 2010, mis comportamientos eran tan compulsivos y estaban tan fuera de control que simplemente no podía negar más mi problema. A la edad de 24 años, me resigné a admitir que era un adicto a la pornografía.

El judaísmo y los 12 pasos

Aproximadamente al mismo tiempo que reconocí mi adicción, comencé a explorar el judaísmo. Como estudiante en una universidad liberal convencional famosa por su cuerpo estudiantil antisemita, gravité por naturaleza hacia otros estudiantes judíos. Las mentiras abiertas que se difundían en el campus, junto con la aceptación general de estas mentiras por parte del alumnado, me hicieron cuestionar la posición moral de la sociedad en su conjunto. En ese momento, hice lo que la mayoría de los estudiantes universitarios judíos seculares hacen: busqué espiritualidad en todas partes menos en mi propio patio trasero.

Después de aprender mucho sobre los diferentes sistemas de creencias, di un paso atrás para compararlos con el judaísmo y llegué a la conclusión de que la Torá es el verdadero manual de instrucciones para la vida. Al aprender sobre judaísmo sentí como si estuviera volviendo a aprender lo que ya sabía que era verdad. Además, siempre fui un poco rebelde y qué mejor manera de rebelarme contra la sociedad que volviéndome más observante en mi práctica judía.

Anteriormente había recurrido a terapeutas y redes de apoyo social para que me ayudaran con mi adicción, pero no avancé en lo absoluto. Descubrí que vivir una vida observante era una especie de defensa contra mi adicción debilitante. Aprendí que la pornografía y la masturbación eran en realidad formas en las que traté de llenar un vacío interior que sentía dentro de mí. También aprendí que estudiar Torá, crecer espiritualmente y conectarme con Dios a través de la plegaria, era más efectivo para llenar ese vacío. Pero no podía negar que los muchos años de adicción habían creado ciertos patrones de comportamientos y vías neurológicas que no serían tan fáciles de romper. Un amigo a quien le confié me habló de guardyoureyes.org, un sitio web dedicado a ayudar a los judíos a liberarse de estas compulsiones. Fue allí donde escuché por primera vez sobre el Programa de los 12 pasos y el grupo Sexólicos Anónimos (SA).

Aunque estaba creciendo espiritualmente y finalmente comencé a abstenerme un poco de la pornografía y la masturbación, no podía mantener esa abstinencia por más de unos cuantos días o semanas seguidas. Una vez hice un voto de abstinencia de 40 días, y luego volví a caer en el día 41. Estaba agradecido por el progreso, pero estaba cansado de “fallar”. Me masturbaba y luego juraba no volver a hacerlo, sólo que esta vez usaría las herramientas judías de la teshuvá (arrepentimiento). Estaba atrapado en un círculo vicioso que sólo potenciaba mis sentimientos de vergüenza y culpa.

Recuerdo haber llegado a la fiesta de Pésaj el año pasado con la sensación de que yo personalmente estaba saliendo de Egipto. Esta vez iba a liberarme de mis comportamientos adictivos que me habían arruinado tantas oportunidades y relaciones de una vez por todas. La sensación fue genial, hasta que “caí” nuevamente, menos de un mes después. En retrospectiva, esa “caída” fue el punto de inflexión que necesitaba. Decidí que haría cualquier cosa para detenerme. El próximo domingo, asistí a mi primera reunión de Sexólicos Anónimos con un sentimiento de desesperación y confusión.

Sexólicos anónimos

Fue en SA donde finalmente obtuve una sobriedad duradera de mi adicción. Me enseñaron herramientas valiosas y mecanismos de adaptación que me permitieron lidiar con el estrés de mi vida sin recurrir a mi supuesto “mejor amigo”, la pornografía. Una vez que obtuve algo de sobriedad, lo cual a su vez me otorgó una claridad que nunca antes había experimentado, estuve listo para dar el primer paso: admitir que mi vida se había vuelto realmente ingobernable.

Dar este paso significó escribir mi historia sexual completa para poder verla claramente sin engañarme. El primer paso también significó compartir mi historia con todo el grupo y recibir comentarios. Me permitió sacar todo afuera sin sentir vergüenza, ya que ellos compartían conmigo cómo mi experiencia reflejaba la de ellos. El primer paso no solo me liberó de la vergüenza, sino que me mostró que mis conductas cada vez más descontroladas estaban constantemente enmascaradas por la negación y el ego.

Conocer a otras personas que luchaban con los mismos problemas me dio un sentido de pertenencia; sabía que no estaba solo. Y eso rompió el aislamiento que permitió que prosperara mi adicción. También tenía una gran cantidad de números a los que llamar para conectarme con un compañero adicto cada vez que sentía la tentación de tomar ese “primer trago”.

Y lo más importante, conseguí un padrino después de mi primera reunión que, no por casualidad, también era judío. Nunca olvidaré la primera vez que me reuní con mi padrino, quien ha estado sobrio durante 18 años. Me dijo que mi mejor apuesta para la recuperación sería a través del judaísmo y el Programa de los 12 pasos en conjunto. También comencé a ver cómo Dios coordinaba todo a la perfección, utilizando a ciertas personas para generar un impacto en la vida de otras personas. También me sorprendió la cantidad de judíos, observantes y no observantes, presentes en cada reunión, lo cual atestiguaba que el Programa de los 12 pasos les daba una herramienta adicional para superar la adicción a la lujuria.

Éxodo hacia la libertad

Además de proporcionarme las herramientas adecuadas para enfrentar situaciones difíciles y un sistema de apoyo, la mayor parte del trabajo de los 12 pasos gira en torno a hacer lo que los judíos hacen todos los años mientras nos preparamos para Pésaj: deshacerse del jametz. El jametz espiritual es el ego y los 12 pasos sientan las bases para la verdadera humildad y la autoanulación. Así como una persona no puede liberarse a sí misma de la prisión, tampoco el adicto puede liberarse a sí mismo de la adicción. Y así como Dios nos sacó de Egipto en el estado más bajo de impureza, así también Él es el único que puede sacarnos de nuestro “Egipto personal”.

Un adicto no puede alcanzar una recuperación duradera sin humildad. Necesita liberarse de la esclavitud de su ego. Los 12 pasos me han llevado a un lugar de humildad y a través de ellos estoy formando una relación real con Dios y he obtenido una verdadera serenidad.

Sin importar cómo la adicción se manifestara en nuestros comportamientos individuales, SA nos brindó el apoyo de otras personas que estaban haciendo activamente lo que ninguno de nosotros creía posible: vivir una nueva vida libre de adicciones. Es un desafío constante ya que “el cambio es un proceso, no un evento aislado en el tiempo”, pero mi calidad de vida ha mejorado dramáticamente y continúa mejorando cada día. Tuve una recaída después de 120 días, pero a diferencia de las otras innumerables veces en las que “recaí”, esta vez tuve el apoyo de mi padrino y de otros compañeros adictos para ayudarme a asumir responsabilidad y levantarme nuevamente. Obviamente no estoy fuera de peligro, ya que he aceptado que soy un adicto de por vida y solo estaré libre de mi enfermedad particular mientras continúe tomando mi “medicina”, es decir, la Torá, la fe en Dios, la plegaria y el apoyo continuo de SA.

El autor ha utilizado un seudónimo.