En 1951, Leonard Wisper yacía críticamente herido en un campo de prisioneros de guerra en Corea del Norte. Sus posibilidades se supervivencia eran mínimas, pero entonces hizo un pacto con Dios: si sobrevivía, iba a comenzar a cumplir mitzvot.

La Guerra de Corea, que duró desde junio de 1950 hasta julio de 1953, comenzó cuando Corea del Norte comunista, con la ayuda de China y la Unión Soviética, invadió a Corea del Sur. Las Naciones Unidas salieron en defensa de Corea del Sur, y los Estados Unidos proveyeron el 90 por ciento del personal militar.

Después de los dos primeros meses de guerra, Corea del Sur y las fuerzas despachadas por los Estados Unidos se vieron obligados a retroceder a una pequeña área en el sur conocida como el perímetro de Pusan. Como contraofensiva, las fuerzas de las Naciones Unidas comenzaron a avanzar, pero una vez más fueron detenidas por el fuerte y gigante ejército chino que se unió a Corea del Norte. Durante estos cambios de fortuna, Seúl, la ciudad capital de Corea del Sur, cambió de manos cuatro veces. Las luchas terminaron tres años más tarde y cobraron la vida de 2,5 millones de personas.

Wisper, que en 1950 tenía 21 años, no se imaginó que lo enviarían a unirse a las fuerzas en la península de Corea. Él creció en Chicago, en una familia judía que inmigró a los Estados Unidos desde Polonia para que su abuelo no fuera conscripto en el ejército polaco.

“Mi zeide era un judío observante, pero cuando llegó a Norteamérica, los desafíos para cumplir debidamente las mitzvot eran demasiado grandes, así que regresó a Polonia, donde después murió en el Holocausto junto con la mayor parte de la familia que permaneció allí. Mi padre permaneció en los Estados Unidos, pero en unos pocos años ya había dejado de cumplir mitzvot”, dice Wisper.

Wisper cuenta que el comercio en el cual su padre consiguió trabajo requería que él trabajara en Shabat, y al igual que muchos otros “sintió que no le quedaba otra opción. Tenía que mantenernos. La siguiente generación, mis hermanos y yo, crecimos en un hogar en el que íbamos a la sinagoga en Rosh Hashaná y en Iom Kipur y no comíamos jametz en Pésaj, pero eso era todo lo que cuidábamos”.

Cuando le llegó la carta de reclutamiento en el verano de 1951, Lenny Wisper estaba en la universidad y tenía un buen trabajo reparando automóviles (sin ningún deseo de unirse al ejército). “Servir en el ejército no formaba parte de mis sueños. Además había sufrido una lección en la columna y estaba seguro de que no me incorporarían”.

Pero los Estados Unidos, todavía tambaleándose por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial unos pocos años antes, estaban bajo terrible presión y necesitaba soldados. “Primero enviaron a pelear en Corea a las fuerzas norteamericanas que habían quedado en Japón, pero unos pocos meses después de que estallara la guerra comenzaron a convocar a miles de soldados, en especial desde el momento en que los chinos, con su ejército de millones de soldados, se unieron a Corea del Norte. Por eso, a pesar de que yo estaba lejos de ser perfectamente apto, de todas formas me enviaron” .

Como artillero en la Guerra de Corea: “Estaba seguro de que era un hombre muerto”.

No sabíamos mucho sobre el judaísmo, pero al estar camino a la guerra en la otra punta del mundo, ¿quién no desea rezar?

Enviaron a Lenny al entrenamiento básico, y unos pocos días antes de Iom Kipur subió a bordo de un barco militar con destino a Japón, junto con otros 1500 soldados que luchaban contra los mareos. “Había un soldado religioso, quizás él incluso actuaba como Rabino. Él reunió a los soldados judíos para rezar en Iom Kipur. Todos rezamos, aunque no sabíamos demasiado sobre el judaísmo y la mayoría no éramos religiosos. Pero al estar camino a la guerra en la otra punta del mundo, ¿quién no desea rezar?”

Cuando el barco ancló en la costa japonesa, los soldados desembarcaron y fueron enviados a otro curso de entrenamiento antes de que los mandaran al frente. “En ese momento, las únicas armas automáticas que teníamos eran algunas ametralladoras que habían sobrado de la Segunda Guerra Mundial, y eso fue lo que utilizamos para entrenarnos. Esas armas tenían largas bayonetas y nos enseñaron cómo atacar primero con las bayonetas para apuñalar al enemigo antes de usar las balas”.

Entonces los soldados partieron en pequeños botes hacia Pusan, la gran ciudad portuaria en Corea del Sur que se convirtió en su capital temporaria durante la guerra. El mayor shock de los miles de soldados que llegaban de los poderosos Estados Unidos, fue descubrir que luchar contra Corea del Norte y sus aliados de China comunista era extremadamente complicado y doloroso.

“Había muchas frustraciones”, asegura Wisper, que trabajaba como artillero. “Era una especie de juego de ping-pong, pero los tantos se sumaban con cadáveres. A veces Corea del Norte capturaba un territorio, nosotros lo liberábamos y luego ellos volvían a capturarlo. Otras veces, nosotros capturábamos un terreno, Corea del Norte lo liberaba, tras lo cual nosotros volvíamos a capturarlo. Esto se repetía una y otra vez. En cada una de estas rondas, morían miles de soldados de ambos lados.

Wisper comprendió que cada día que seguía vivo era una especie de milagro.

“Una de mis tareas era llevar de regreso a los soldados norteamericanos que caían en esas batallas. Las escenas eran indescriptiblemente espantosas. Algunos de esos hombres eran mis amigos, estaban en mi unidad. Corea del Sur no estaba preparada para la invasión, y nosotros, los soldados norteamericanos, necesitábamos tiempo para movilizarnos contra la intensidad de las fuerzas de Corea del Norte y China. Una vez llegamos a un campo en el que vi que había algunos soldados norteamericanos acostados en el suelo. En un primer momento pensé que estaban descansando, pero luego entendí que habían sido asesinados por los bombardeos”.

Salvado por una décima de segundo

Unos pocos meses después de haber llegado a la zona de batalla, Wisper comprendió que cada día que seguía vivo era una especie de milagro. Entonces su puesto recibió un bombardeo directo en medio de la noche.

“Mi compañero murió de inmediato y yo quedé inconsciente”, dice, recordando la escena que revivió miles de veces durante las últimas seis décadas. “Cuando me desperté, oí las voces de soldados chinos y norcoreanos, pero no me podía mover. El dolor era insoportable. No sentía mis piernas, una de mis piernas estaba muy mal herida. Me llevó algunos segundos comprender que estaba rodeado por soldados enemigos”.

Cuando finalmente logró levantar la cabeza, vio a sus amigos, los otros soldados de su unidad, tendidos por todas partes. La mayoría estaban muertos; unos pocos estaban críticamente heridos. “También entendí que me llevarían cautivo y había escuchado rumores espantosos sobre lo que les ocurría a los norteamericanos que eran tomados prisioneros por los norcoreanos. Agonizaba, pero me forcé para no emitir ningún sonido, con la esperanza de que las tropas enemigas dejaran la zona sin darse cuenta de que yo estaba vivo. Quizás de esa forma podría sobrevivir”.

Podría haber sido un buen plan, pero unos pocos minutos más tarde, otro soldado herido que se encontraba cerca de Wisper comenzó a sollozar de dolor. Los captores chinos se acercaron rápidamente al comprender que tenían un premio valioso: soldados norteamericanos heridos, pero vivos. Unos segundos más tarde, Wisper y el resto que todavía estaban vivos, fueron arrastrados hacia un escondite.

“Me arrojaron a un pequeño bunker que había en la zona. Los chinos construían bunkers improvisados en todos los frentes de batalla, y en el que me arrojaron ya estaba ocupado por otros tres asustados soldados norteamericanos heridos. A su crédito, el soldado chino que me había capturado sacó una bola de arroz que probablemente era su propia comida, y la arrojó en mi dirección.

Era bastante claro que sólo un milagro podía salvarme, ¿pero cómo podía rezarle a Dios cuando básicamente toda mi vida, hasta ese momento, lo había ignorado?

“De todas formas, estaba casi seguro de que era un hombre muerto. Para los chinos era una carga, porque estaba herido. Eso era sólo un bunker para mantenernos momentáneamente y nos llevarían a un centro de detención mayor, pero como no podía caminar e iba a detener el convoy, supuse que me dispararían para terminar conmigo.

“En ese momento era bastante claro que sólo un milagro podía salvarme, ¿pero cómo podía rezarle a Dios cuando básicamente toda mi vida, hasta ese momento, lo había ignorado? Traté de concentrarme y dije con cada fibra de judaísmo que pude reunir en mi consciencia: “Padre Misericordioso, si Tú me ayudas a salir de aquí, yo regresaré a Ti’. En ese momento no conocía las palabras de las plegarias ni los Salmos. Simplemente le hablé a Dios en mi idioma, con mis propias palabras. Le prometí que comenzaría cuidar Torá y mitzvot si emergía de allí vivo”.

Después de estar en el bunker medio día, herido y sangrando, Wisper oyó bombardeos y soldados que gritaban en inglés. Comprendió que las tropas norteamericanas habían llegado a rescatarlos.

En esa décima de segundo tuve la fuerza de saltar, tomar la granada antes de que explotara y arrojarla fuera del bunker.

“Una hora más tarde, uno de los guardias chinos miró hacia el bunker, me observó, emitió una sarta de maldiciones y sacó una granada. Ahí entendí que realmente era el fin. En unos segundos arrojaría la granada al bunker y volaríamos en pedazos. Observé cómo jalaba el perno y arrojaba la granada. En esa décima de segundo tuve la fuerza de saltar, tomar la granada antes de que explotara y arrojarla fuera del bunker, donde estalló en un revoltijo de humo y fuego., Los soldados que estaban conmigo me abrazaron con una alegría difícil de describir. ‘¡Nos salvaste la vida!’, gritaron. Unos pocos minutos más tarde llegaron los soldados norteamericanos y nos rescataron.

“Me subieron a un jeep militar y me llevaron a un hospital de campaña, donde comenzaron a sacar las esquirlas de mi cuerpo. Tenía esquirlas por todas partes y les llevó horas sacarlas a todas. Una pieza estaba a un milímetro de mi ojo. Sólo un milagro me salvó la visión”. Posteriormente enviaron a Wisper a recuperarse a un hospital al norte de Japón y de allí regresó a los Estados Unidos.

La promesa

La guerra continuó durante otros dos años. Con el cese al fuego en 1953, le dieron de baja en el ejército, pero el recuerdo de su promesa en el bunker no lo abandonaba. “Cuando prometí hacer teshuvá (retornar a la observancia del judaísmo), no entendía realmente lo que eso significaba. Pero cuando regresé a casa descubrí que no era tan simple. En ese entonces no había movimiento de teshuvá y Aish HaTorá no existía, pero yo sabía que tenía que cambiar mi vida”.

Wisper cuenta que comenzó a buscar centros judíos en Chicago, pero “en esos días, incluso los rabinos religiosos en Chicago eran bastante liberales de acuerdo con los parámetros actuales. Así que comencé a ir a la sinagoga en Shabat y a cumplir unas pocas mitzvot, pero me faltaba el fuego. Sentía que en cierta manera no estaba cumpliendo realmente mi promesa”.

Aryeh (Leonard) Wisper con el embajador de Corea del Sur. “Fue como completar un ciclo, mi promesa se cumplió de una manera que nunca hubiera imaginado”

En el verano de 1957, Wisper realizó su primera visita a Israel. Era una época difícil, hacia el fin del período de austeridad, cuando se racionaban los alimentos y los suministros y los francotiradores jordanos eran una amenaza a la vida cotidiana, pero eso no lo perturbó. Algo cambió en su interior y al regresar a Chicago comenzó a usar kipá en público y a observar por completo las mitzvot.

Entonces le sugirieron conocer a una joven religiosa israelí que trabajaba en el consulado israelí en Chicago, y poco después se casaron.

Los Wisper hicieron aliá en 1965 con sus dos hijas. Al principio vivieron en Jerusalem, donde tuvieron un hijo y poco después se mudaron a Benei Brak, frente a la casa del gran Rav Aharón Leib Steinman ztz”l. “Él era nuestro vecino especial. Yo todavía era relativamente nuevo en lo que hace al judaísmo, y durante años fui a consultarlo sobre cada pregunta halájica que tenía. Eso fue antes de que lo ‘descubrieran’, antes de que decenas de miles de judíos convergieran en ese pequeño y dilapidado departamento. Pero el Rosh Ieshivá nunca cambió. Incluso cuando se convirtió en el líder de los judíos ortodoxos, siempre me trató de la misma manera que en los primeros años, y así también trataba a todos los demás”.

Wisper no pensó demasiado en sus aventuras en Corea hasta el año 2011, cuando supo que el embajador de Corea en Israel, Ma Young-sam, estaba buscando soldados judíos que hubieran luchado en la Guerra de Corea para que su gobierno pudiera expresar su gratitud. Las embajadas de Corea del Sur cada año honran a los veteranos en los 16 países que lucharon contra Corea del Norte bajo la bandera de las Naciones Unidas. Si bien Israel en ese momento era un nuevo país de apenas dos años luchando por su existencia, y no envió soldados a luchar en la Guerra de Corea, el primer ministro David Ben Gurión apoyó los esfuerzos de los Estados Unidos en pro de Corea del Sur en contra de la Unión Soviética que apoyaba al norte, y también envió $100.000 en alimentos a Corea del Sur, un regalo substancial en esa época, especialmente considerando la situación precaria en que estaba Israel.

El enviado de Corea pasó varios años buscando veteranos de guerra judíos y descubrió que hubo alrededor de 4000 soldados judíos que fueron enviados a Corea del Sur. En Israel descubrió a siete veteranos, entre ellos a Wisper.

Aryeh Leib Wisper con el premio “Embajador de la paz” del gobierno de Corea, sesenta años después de haber salvado a sus compañeros en un bunker enemigo.

Sesenta años después de que Wisper salvara a sus compañeros norteamericanos en ese bunker enemigo, recibió una medalla de honor del embajador de Corea del Sur.

Sesenta años después de que Wisper salvara a sus compañeros norteamericanos en ese bunker enemigo, recibió una medalla de honor del embajador de Corea del Sur. Acompañado de sus hijos, nietos y bisnietos, algunos de los cuales probablemente nunca oyeron hablar de la Guerra de Corea, Wisper dio un emotivo discurso en el cual habló de los soldados judíos que perdieron sus vidas en la región.

Desde entonces, Wisper asistió cada año a la ceremonia en la embajada de Corea del Sur, y desarrolló una cálida relación con el equipo de la embajada. El embajador de Corea del Sur incluso visitó la Ieshivá Netivot Olam para aprender sobre sus métodos de estudio de la Torá. Wisper fue su guía turístico personal.

“Luego nos sentamos en un banquete festivo organizado en su honor y él relató su sueño de incluir estudios de Talmud en la currícula de estudio de Corea del Sur. Durante los últimos años todos escuchamos cuán fascinados están en Corea del Sur con el Talmud y cómo lo estudian, y para el embajador sentarse en un beit hamidrash en Israel fue un honor especial. Para mí fue como completar un ciclo: mi promesa se cumplió de una manera que nunca hubiera podido imaginar”.

Este artículo apareció originalmente en la revista Mishpacha. Rajel Ginsbergh contribuyó a este artículo. Fotos: Ezra Trabelsi