Últimamente pensé mucho sobre la muerte. Cada día que alguien de mi edad y que antes tenía una salud perfecta fallece por coronavirus, pienso: esa podría haber sido yo. Aunque cuarenta y tantos años no es poco, siento una voz interna que susurra: “Aún no tuve la oportunidad de vivir”. Todavía tengo muchos remordimientos. Demasiadas cosas que quiero hacer pero nunca tuve el coraje de intentar. Demasiadas personas a quienes quiero perdonar pero que aún no lo he hecho. Demasiadas veces que quise decir “te amo” pero lo mantuve adentro.

Un artículo sobre pacientes que sufren de COVID-19 y que llamaron a sus familias o hablaron por FaceTime con ellos en sus últimos momentos, relata que esto es lo que ellos comúnmente decían: “Te perdono. ¿Me perdonas? Te amo. Te extraño. Adiós”.

Después de leer esas palabras, pensé en ellas durante un rato y después las alejé de mis pensamientos. Porque la idea de morir sola y decirle adiós a mi familia por teléfono es demasiado dolorosa. Y los pensamientos de muerte y enfermedad junto con mantener en funcionamiento una casa con siete personas, en este momento es más de lo que puedo enfrentar.

Últimamente estuve pensando mucho sobre la muerte, pero me detengo a mí misma porque quiero vivir.

Hoy tuve que llevar a mis hijos a su escuela a buscar sus últimos libros y cuadernos. Había un cronograma para que cada padre entrara con una máscara y guantes. Al preparar las bolsas para ir a recoger los últimos remanentes de esperanza de que mis hijos pudieran volver a la escuela durante el resto del año lectivo, pensé en un sobreviviente del Holocausto que solía sentarse en un banco para observar a los niños judíos que subían cada mañana a su transporte escolar. Cada día, cuando veía a los niños subir él decía: “Ya ves, aún hay esperanza”.

Ahora yo estaba empacando en bolsas de plástico los últimos vestigios de la educación judía de mis hijos este año, y sabía que no era posible que yo lograra enseñarles de la misma manera que les enseñaban cada día sus rabinos. Yo tengo educación universitaria, pero no puedo llegar a ellos de la misma manera que sus maestros. No puedo enseñarles la profundidad de la vida que reside en nuestro interior cuando estoy luchando con desesperación sólo para sobrevivir cada día. Y aunque ahora vean a sus maestros por video, hay una pantalla entre ellos.

Ahora hay una pantalla por todas partes. Entre la realidad y la ilusión. Entre lo que pensamos que éramos y aquello en lo que nos estamos convirtiendo. Entre el mundo al que pensé que estaba llevando a mis hijos y el mundo que habitamos.

Pero mientras guardo libros y lápices en las bolsas, no lloro. No me permito llorar porque mi hijo está a mi lado mirando con nostalgia su banco con una máscara sobre su pequeño rostro y enormes guantes de plástico en las manos. No me doy permiso de llorar porque quiero vivir.

Hace unos días en la víspera de Iom Hashoá encendimos una vela y pensé en los seis millones de judíos que vivieron horrores que no puedo llegar a imaginar. Pienso en ver ahora a mis propios hijos a cada momento del día y cuánto hubieran dado los judíos en los campos de concentración para tener esa oportunidad sólo por un día. Como es costumbre en mi casa, esa noche nos levantamos a las 3 de la madrugada para escuchar la sirena que retumba por todo Israel en Iom Hashoá (a las 10 a.m. hora de Israel). Nos pusimos de pie en nuestro salón, niños pequeños somnolientos y una madre que finalmente se permitió llorar. No sólo por el recuerdo de los seis millones de judíos que perdimos, sino por las vidas que vivieron. Por la esperanza que tuvieron a pesar de la oscuridad que los rodeaba. Por la fe en la vida que los acompañó hasta el fin. Sólo lloro de noche, a las 3 de la madrugada, porque nadie puede oírme y porque quiero vivir.

Dentro de unos días encenderemos otra vela por los soldados que cayeron defendiendo a nuestro pueblo y por todos los que perdimos en los incontables ataques terroristas. Volveremos a levantarnos en medio de la noche para escuchar la sirena y ponernos de pie junto con miles de personas en sus balcones y en sus hogares, guardando duelo por las vidas truncadas. Por familias quebradas. Por adioses no dichos. Por un heroísmo silencioso del cual nadie habla.

Me pararé en un rincón de mi salón y una vez más voy a llorar, en un lugar en el que sólo Él puede escucharme decir: Yo recuerdo. Yo guardo duelo. Yo lloro. No sé cómo honrar las vidas de aquellos que dieron todo para que nosotros podamos vivir. No sé cómo perdonar o ser perdonada. No sé cómo decirles a mis padres que los amo y los extraño sin llorar. No sé cómo empacar los útiles de mis hijos y seguir enseñándoles cómo acercarse a Ti cuando no saben a dónde ir. Pero yo recuerdo. Recuerdo lo que Tú me enseñaste cuando estaba perdida en la oscuridad. Recuerdo cómo me mostraste el camino para salir cuando estaba en un callejón sin salida.

Y aunque últimamente he pensado mucho sobre la muerte, también pensé mucho respecto a cómo vivir. Porque no es sólo que quiero vivir. Quiero saber cómo vivir. Veo a mis hijos levantar sus útiles y caminar hacia el auto. Los observo acomodar sus libros en los escritorios de sus habitaciones y seguir adelante a pesar del caos que los rodea. Los veo vivir y recuerdo. Recuerdo cómo pedir perdón y ser perdonada. Recuerdo cómo decir te amo y ser amada. Recuerdo cómo decirle adiós al mundo que vivimos ayer y entrar en este nuevo mundo que todos enfrentamos hoy.

Cuando las sirenas retumban en nuestros corazones, todos recordamos a aquellos que murieron para que nosotros podamos vivir. Y aunque últimamente estuve pensando mucho sobre la muerte, más que nada sé que ellos hubieran querido que yo viva.