Montserrat Pacheco, hija de Lucia Vila, nació en Barcelona, España. En el año 1962, fue bautizada y creció bajo una educación cristiana. A los 22 años, su madre le reveló el secreto de la familia. Mientras apretaba su mano, le decía:

Lucia Vila (z''l) la madre de Montserrat

— Debes saber que “somos judíos”.

—¿Qué significa ser judío?

—Salimos de Egipto —respondió su madre.

Montserrat no entendía nada, nunca antes había escuchado el término judío. Ella volvió a cuestionar a su mamá, quien fuertemente la tomó del brazo y le dijo claramente: “ser judío es peligroso, no es algo que debes repetir abiertamente”.

El tema quedó en pausa en su cabeza y su vida continuó.

Un año más tarde se casó por el civil y con 26 años de edad, montó su despacho profesional. Tuvo a su primer hijo a los 31, y al segundo a los 34. Ellos nunca fueron bautizados.

Recién casada

La primera vez que salió al mercado de compras pudo darse cuenta que, de alguna manera, ella era distinta a los demás. Ya que pudo ver la sorpresa del carnicero cuando éste supo que no llevaría una pata de cerdo para cocinar el caldo tradicional.

—No es posible hacer un caldo sin cerdo, no tendrá sabor tu caldo.

—La receta de mi mamá no lleva cerdo —respondió inocentemente.

—¿Pero de dónde eres?

Monserrat no supo qué responder, en verdad no sabía por qué su madre no le ponía cerdo al caldo, nunca antes se lo había cuestionado. Ella simplemente estaba siguiendo una tradición familiar.

Los siguientes siete años, lo único que conocía acerca de los judíos era la shoa, “el Holocausto”. Veía películas y leía sobre el tema. Le consternaba mucho cuando veía cómo los nazis quemaban los libros. En verdad ella no conocía el significado y valor que tienen los libros para los judíos.

Descubriendo su origen

Después de haber tenido a su segundo hijo, y estar sumamente ocupada en atender a su madre, quien estaba atrapada en un cuerpo sin memoria ni recuerdo de lo que fue alguna vez, (efectos provocados por el Alzheimer), su matrimonio vivió una fuerte inestabilidad y terminó por divorciarse.

Montserrat con sus dos hijos pequenos recién divorciada.

Fueron años muy difíciles para Montserrat. Debía hacerse cargo de dos niños pequeños, un despacho y una madre enferma que ya no la reconocía.

El 28 de febrero del 2001, Su madre falleció. Posteriormente en el año 2010 la crisis económica la orilló a despedir a sus empleados y a cerrar su despacho.

Monserrat vivió un desequilibrio emocional. Estaba por caer en una depresión, cuando en el otoño del 2013 (poco después de Iom Kipur, fiesta de la cual ella nunca había escuchado). Su hijo llegó una noche con una Biblia, que un capellán a petición de un amigo, le había regalado.

La dejó sobre la mesa del salón.

—Mi amigo dice que todo el mundo debería leerla, creo que yo lo haré.

La Biblia de Montserrat.

—Está bien. ¡Yo también la leeré! —respondió su madre.

Comenzó a leer y fue llegando al relato de la salida de Egipto y la entrega de la Torá en el Sinaí. En ese momento recordó la conversación con su madre, y las palabras “salimos de Egipto” resonaban en sus oídos.

Por fin pudo comprender lo que quiso decirle su madre treinta años atrás.

En ese momento decidió contarles a sus hijos (quienes tenían 17 y 20 años), acerca de la revelación de su abuela, y el actual descubrimiento en la Torá.

Su pregunta rápida fue:

—entonces, ¿somos judíos nosotros también?

—Si, claro. Somos de la misma sangre.

Así es como los tres comenzaron una nueva e intensa búsqueda.

Archivos impresos de AishLatino en su proceso de investigación acerca de su judaísmo.

Internet los llevo a encontrar la página de AishLatino.com, donde descubrió un mundo judío lleno de historia, de contenido, de raíces y de sabiduría.

Al mismo tiempo se dieron cuenta que un profesor de inglés de su hijo menor era judío. Él los envió a la librería del Call en Barcelona. Ahí comenzaron a relacionarse con el rabino y a llenarse de conocimientos a través de la lectura.

Se integraron al CIB (Comunidad Israelita de Barcelona) fundada en el año 1918.

Con el tiempo fueron incorporando de forma autodidacta las mitzvot, las festividades y los ayunos.

Fue entonces cuando los recuerdos de su infancia comenzaron a convertirse en la pieza clave del nuevo capítulo de su vida.

Monserrat encontró que la raíz de las costumbres de su madre, provenían de la Torá. Entendió cómo su madre estaba dispuesta a gastar el poco dinero que tenían para comprar aceite de oliva puro y utilizarlo para encender mechas cada aniversario de un difunto. También comprendió la razón de la insistencia de su madre por enseñarles a lavarse las manos de manera obligatoria diariamente, antes de comer para poder bendecir el pan. Lo que ahora es conocido por ella como netilat yadaim.

Pero sobre todo comprendió por qué su madre siempre le hablaba de Dios. “Tan sólo basta con mirar detenidamente la perfección de tu mano para encontrar a Dios”, le decía constantemente.

Montserrat con sus hijos en el año 2017 listos para el Séder de Pésaj.

Actualmente en el año 2019, ella y sus 2 hijos llevan una vida de judíos practicantes. Asisten al templo cada sábado, rezan con el corazón, valoran cada mitzvá que van descubriendo y tienen una relación profunda con Hashem. (Aunque por el hecho de no contar con ningún documento, deberán pasar por el Beit Din por temas de Halajá, lo cual aún está pendiente).

La madre de Montserrat vivió con el pánico de revelar su identidad. No sabemos por cuántas generaciones el judaísmo se conservó de la misma forma en aquella familia.

Pero para ella haber sido elegida como judía es un privilegio y una responsabilidad.

Monserrat vivirá eternamente agradecida con su madre por haberle revelado el secreto, aquel día cuando apretó su mano.

Tristemente muchos judíos se perdieron en el camino. Fueron forzados a convertirse y a abandonar su fe, la mayoría de los que no lo hicieron murieron en los ataques masivos, durante la inquisición o en su trayecto por el mundo tras haber sido expulsados de España. Además de muchos otros que ni siquiera saben que son judíos.

Pero Montserrat en el siglo XXI tomó la decisión de seguir siendo parte del milagro de la historia judía.

El deleite de poder mirarla junto a sus hijos caminar por las calles de Barcelona, honra a nuestro pasado y le da un sentido a nuestro futuro.

Una lección de vida

Yo conocí a Montserrat en la sinagoga de Barcelona y en su mirada pude percibir el orgullo que siente de haber descubierto sus raíces y poder vivir un judaísmo apasionado. La perseverancia que tuvo por encontrar sus orígenes es admirable.

Ella tuvo el valor de recuperar el eslabón perdido y logró darle continuidad a nuestra cadena milenaria.


(Nota: Actualmente la autora mantiene una relación con Montserrat, intercambian emails, ideas y fotos. “Cada pequeño milagro que fue sucediendo en el camino es meritorio de un artículo propio”, comenta Montserrat en uno de sus correos.)