El madrij del NCSY (unión nacional de la juventud judía ortodoxa) se paró sobre una mesa en la noche del viernes y con su voz potente preguntó a 200 estudiantes: “¿Qué harías si en este momento yo te dijera que en verdad tú no eres judío?”.

Como buena adolescente presumida, me puse de pie y grité: “¡Iría a comer una hamburguesa con queso!”.

Probablemente esa no era la respuesta que él esperaba.

En esa época, el judaísmo me parecía una carga. La mayoría de mis amigas no eran observantes. Unos pocos años antes, mi familia había decidido volverse ortodoxa. Al principio yo seguí feliz la corriente. En un primer momento sólo vi los beneficios: teníamos dos casas, una en nuestro barrio WASP (blanco, anglosajón y protestante) y una segunda casa en la comunidad ortodoxa a la que íbamos para Shabat. Tenía el doble de amigas: un grupo de amigas de la escuela y un grupo de amigas de la sinagoga. Tenía más tiempo de calidad con mis padres: pasábamos Shabat jugando juegos de mesa y relajándonos juntos. ¿Qué podía no gustarme?

Pero al llegar los años de adolescencia, las diferencias con mis amigas de la escuela se volvieron más aparentes. Mientras mis amigas disfrutaban una hamburguesa no kasher, yo bebía lentamente una aburrida Sprite. Cuando todas mis amigas salían en la noche del viernes, yo estaba en casa cantando Shalom Aleijem antes de cenar.

La felicidad de observar el judaísmo se estaba disipando, mientras que la carga parecía incrementarse.

La felicidad de observar el judaísmo se estaba disipando, mientras que la carga parecía incrementarse. En ese momento, si alguien me hubiera dicho que yo no era judía, no hubiera tenido ningún problema.

Dos semanas después de ese espectáculo en la NCSY, el escenario teórico se volvió realidad: me enteré que no había nacido judía.

Hablando del mal karma…

Tenía dieciséis años. Estaba en casa con una amiga, trabajando en un proyecto de inglés. En gran medida perdíamos el tiempo, pero finalmente logramos hacerlo e imprimimos lo que habíamos escrito. Nos distrajimos y eventualmente nos dimos cuenta que habíamos “perdido” las hojas. Buscamos por toda la casa, hasta que finalmente encontré unos papeles dados vuelta en la esquina de la habitación.

“¡Aquí está!”, le dije a mi amiga y comencé a leer.

Un minuto, no es esto…

Comencé a leer lo que parecía ser un ensayo final que mi hermana había escrito para la universidad. Por todos lados tenía correcciones en tinta roja.

A medida que leía su ensayo, comprendí que era una obra de ficción que ella había escrito fingiendo ser una conversa. Mi madre es conversa, así que asumí que mi hermana se había inspirado en eso para crear su propia trama.

Al continuar leyendo, quedó claro que no era nada ficticio. Ella compartía fechas específicas, nombres de rabinos, el nombre de la congregación a la que pertenecíamos y la mikve. Los ojos se me saltaron de las órbitas al entender que mi hermana se había convertido.

La conclusión lógica era que si mi hermana había tenido que convertirse y yo nunca lo había hecho… ¡entonces yo no debía ser judía!

“¡MAMA! ¡PAPA!” grité, y salí corriendo hacia su habitación. Les puse en las manos el ensayo de mi hermana y les pregunté: “¿Qué es esto? ¿Por qué no me dijeron que no soy judía?”

La noche fue larga. Mi amiga se fue a su casa y hubo lágrimas e innumerables explicaciones. Me quedé sola en mi habitación para reflexionar.

En vez de correr a comer una hamburguesa con queso, sentí que me quitaban todo.

No podía creer que eso me estuviera pasando. En vez de estar encantada y correr a comer una hamburguesa con queso, sentí que me quitaban todo: mi identidad, mi judaísmo. Los sacrificios que había hecho para comer kasher y observar Shabat parecían inútiles. Esa noche no dije el Shemá, porque pensé que Dios no quería mis rezos.

Me sentía completamente sola en mi lucha. Me sentía traicionada por mis padres, por mis hermanos y por Dios. En la ya frágil experiencia de la adolescencia, me habían sacudido mi eje. ¿Quién soy? ¿A dónde pertenezco? Las preguntas eran muchas y no tenía respuestas satisfactorias.

Ese repentino descubrimiento desencadenó un largo camino, uno que continúa hasta hoy en día.

Mis padres me explicaron que cuando ellos se volvieron observantes hubo dudas respecto a la conversión inicial de mi madre. Como medida de precaución y para evitar cualquier duda, toda mi familia, incluyéndome, realizó una conversión ortodoxa. Para mi familia fue un proceso extenuante, pero para mí fue relativamente simple. En ese momento yo era un bebé, por lo que la “reconversión” sólo requería ir a la mikve y cuando fuera adulta necesitaría reafirmar mi devoción por el judaísmo.

Aunque de acuerdo con la ley judía yo no necesitaba convertirme oficialmente, sí tenía que pasar por una transformación respecto a mi relación con el judaísmo. Tenía que tomar una decisión: o elegía el estilo de vida secular que pensaba que me estaba perdiendo o comenzaba a entender la profundidad del hecho de ser judía. Cada día reafirmo mi dedicación al judaísmo, un proceso que espero dure toda la vida.

Cuando sentí que me quitaban mi judaísmo, comencé a luchar por él. Ya no quería dar por sentado el hecho de ser judía. Y, por cierto, no quería seguir observando las mitzvot de forma mecánica. Sorprendentemente, esta experiencia fue un regalo, una llamada de atención que me invitó a profundizar mi relación con Dios.

Después de la secundaria, viajé a Israel para sumergirme en el estudio de la Torá. Aprendí que cada letra de la Torá tiene significado y profundidad. Comencé a vislumbrar cómo la Torá es un rompecabezas infinito y perfecto, en donde cada pieza y cada tema se conecta con otro. Lejos de ser una carga, acepté la responsabilidad y el privilegio de fortalecer y profundizar mi relación con Dios a través de los mandamientos de la Torá.

Mientras más estudiaba, más pasión sentía. Mi experiencia fue el catalizador para mi “conversión” personal y la renovación de mi relación con el judaísmo.

Me gustaría poder volver atrás en el tiempo y responderle diferente a ese madrij de la NCSY. Hoy le respondería: “Si alguien me dijera que en realidad no soy judía, escogería convertirme. Ahora entiendo qué privilegio es ser judía y ser parte de una cadena eterna que nos conecta con el Monte Sinaí. Disfruto del significado y el propósito que el judaísmo trae a mi vida y estoy eternamente agradecida y orgullosa de ser parte de esta magnífica nación que trajo valores y sabiduría eterna al mundo. De ninguna manera renunciaría a esto".