Estoy acostumbrada a resaltar. Como hija única de mis padres increíblemente cariñosos, fui criada en un suburbio predominantemente blanco con una gran comunidad judía. En la escuela primaria, fui la única niña de color en la mayoría de mis clases. Nunca pensé realmente en el color de mi piel ni me sentí fuera de lugar hasta que llegamos al capítulo de la esclavitud en nuestro libro de historia. Nunca olvidaré las miradas que recibí en ese momento.

Yo estaba tan acostumbrada a ser la minoría en cualquier lado que iba, que cuando mis padres y yo escogimos el judaísmo no pensé que los prejuicios que experimentábamos en la vida diaria serían diferentes. Pero estaba equivocada.

La vida es fácil cuando podemos poner a los demás dentro de "casilleros". Pero yo no encajo en ninguna casilla, nunca lo he hecho. No conozco ningún judío de color que lo haga. Quizás es por eso que las personas parecen confundidas respecto a cómo relacionarse conmigo.

Me encantaría poder ser como mis amigas. Me encantaría ir a una simjá en la que no me confundan con la mesera o ir a una boda sin que nadie se me acerque a preguntar si lo estoy pasando bien, asumiendo que es mi primera vez en una boda judía. También me encantaría que la gente no se sorprendiera al descubrir que no, mi esposo no es la otra persona negra judía que está en la habitación… ¡Mi esposo es el divertido hombre ashkenazí con quien estuviste conversando!

Pero comencemos por el principio. Cuando empezamos a interesarnos en el judaísmo, mis padres y yo hicimos una conversión reformista. Mi camino personal en el judaísmo se aceleró cuando me involucré con la organización Hillel de mi universidad y me convertí en un miembro activo de la comunidad judía de Detroit a través del trabajo voluntario y el liderazgo. Eventualmente, a medida que aprendí más y me volví más observante, entendí que para llevar la vida religiosa que sabía era correcta para mí, tendría que pasar por otra conversión, con un beit din ortodoxo.

Cuando un miembro del staff de Hillel me preguntó si estaría interesada en viajar con Birthright, le dije sí. En esa época tenía 22 años, estaba emocionada por ver Israel por primera vez y hacer nuevos amigos. No se me ocurrió que ser un judío de color era algo tan importante. La gente tenía tanta curiosidad por saber quién era yo, que algunos de los organizadores sugirieron que hablara en los autobuses de Birthright sobre mi camino al judaísmo.

Recuerdo que algunas personas en el viaje me dijeron que les daba nervios acercarse a mí porque yo era “diferente” y no sabían qué decir. ¿Mi respuesta? “Di hola”. Eso es lo único que hace falta.

¿Es realmente tan difícil tratar a las personas de la forma que te gustaría que te trataran a ti?

Cuando tenía 30 años, tomé un tiempo de licencia de mi trabajo, empaqué mis maletas y me fui a Israel para asistir a un seminario. Mientras esperaba en la fila de la aduana en Israel, otro viajero comenzó a interrogarme: ¿Por qué estás en Israel? ¿Sabes hebreo? ¿Eres conversa?

Me sentí molesta y frustrada. Mis primeros 15 minutos fueron gastados en defenderme de alguien tan ignorante y entrometido (¡el que formuló las preguntas ni siquiera era un empleado de la aduana!). Desafortunadamente, ese es sólo uno de los muchos desafíos que debo enfrentar. Siempre me pregunto: ¿Es realmente tan difícil tratar a las personas de la forma que te gustaría que te trataran a ti?

Las citas para poder casarme fueron otro paso difícil. No quería que me presentaran a otro judío de color y me veía forzada constantemente a defender esa decisión. Todo el tiempo me repetían el discurso respecto a que debía abrir mi mente y no ser tan selectiva. Nunca olvidaré el comentario que recibí cuando estaba saliendo con mi esposo: “Bueno, en verdad tú no eres negra, eres una chica blanca en el cuerpo de una chica negra”. Ni siquiera entendí qué fue lo que quisieron decirme. ¿Sólo era suficientemente buena porque no era el estereotipo de lo que es una mujer negra?

Después de casarnos, muchas familias nos invitaron a cenar y, eventualmente, aprendí que necesitaba identificar “casas seguras”, hogares en donde podía comer sin sentirme señalada. Me gustaría que la gente supiera lo que se siente al estar disfrutando una cena de Shabat o Iom Tov cuando la discusión gira hacia la izquierda e involucra la raza y a las personas de color.

Como la única persona negra en la mesa, me preparo para las miradas y el sentimiento que tengo cuando todos hablan negativamente sobre las personas de color, como si yo no existiera. Lo más difícil de todo es cuando en la mesa de Shabat hay personas que yo sé que están en desacuerdo con esa clase de conversación o conducta, pero no dicen ni hacen nada porque se sienten incómodos de hacerlo. Me siento muy sola, es como si estuviera yo contra el mundo. Mi hermoso Shabat, que se suponía iba a ser calmo y relajante, se llena de incomodidad y dolor.

La sinagoga también puede ser difícil, especialmente cuando hay una simjá y está lleno de invitados de afuera de la ciudad que no me conocen. Las miradas de los niños pequeños (¡y de sus madres!) me dificultan rezar. Una vez fue tan abrumador que simplemente me fui de la sinagoga llorando y terminé de rezar en casa.

Aunque sé que no estoy sola, que soy parte de una comunidad judía cálida y acogedora, esta clase de experiencias me hacen sentir como si lo estuviera. Es difícil saber que mis amigas y otros que no son judíos de color no enfrentan esto, que no entienden lo que es estar en mis zapatos. Mis amigas a menudo hablan de sus luchas para encajar en la comunidad ortodoxa, pero yo enfrento todo en un nivel diferente.

Como mencioné antes, tratar a las personas de la forma en que te gustaría ser tratado mejoraría mi vida y la de todos los demás. No se necesita demasiado, sólo palabras amables y amor por tu hermano judío.

Lo más amable que alguien hizo por mí:

Participé en un viaje para jóvenes profesionales, en donde habló una Rebetzin muy respetada (esposa de un reconocido Rosh Ieshivá) y nos recordó que debemos tratar a todos con amabilidad, sin importar su raza. Ella tuvo el don inusual de mirar a un grupo y captar sus dinámicas.

No recuerdo qué estábamos discutiendo ni por qué ella sintió la necesidad de decir algo, pero no me importó. En ese momento, sentí la santidad de esa mujer. Su habilidad de empatizar era increíble. No me sentí destacada porque ella no habló de las personas de color de forma negativa, sólo con positividad. Al final de la noche, ella me abrazó y me dio unas cuantas autobiografías de mujeres judías de color como yo.

Por favor no me preguntes:

  • Si soy conversa o si conozco a otros judíos de color cuando sólo me has conocido por cinco segundos.

  • No me pidas que comparta mi camino hacia el judaísmo con un montón de personas que no conozco sin haberme pedido antes permiso.

  • Si mis padres siguen casados (gracias a Dios, han estado casados por casi 40 años).

Por favor no digas:

  • “Esto puede sonar racista, pero…” Si tienes que comenzar de esta manera, entonces simplemente no lo digas.

  • “Yo dije [inserta un comentario ignorante] y ella [otra judía de color] no tuvo ningún problema con eso”. No todos los judíos de color piensan igual.

  • Por favor, si no estás hablando en ídish, no uses la palabra schwartze para referirte a las personas de color. Es ofensivo.

Di:

  • Gut Shabbes, Shabat Shalom, Gut Iom Tov.

  • ¿Te importaría compartir con nosotros tu historia? (Dame la opción de compartirla. No lo exijas).

  • ¿Les gustaría a ti y a tu esposo acompañarnos en una comida?


Este articulo apareció originalmente en la revista Mishpacha.

Lee aquí el artículo de Aliza Braja Klein sobre el racismo.