Me costó mucho aceptar el divorcio de mis padres. A los ocho años, no entendía demasiado lo que ocurría. Todo lo que sabía era que no quería vivir en un país diferente que mi padre. No quería perderlo. Me sentí tan herida que en vez de hablar de mis sentimientos con el padre que tanto amaba, hice exactamente lo opuesto. Virtualmente dejé de hablarle.

Siempre pensé que llegaría el momento en que sería suficientemente grande como para tener la discusión que necesitaba. Ingenuamente pensé que mi padre siempre estaría allí cuando yo finalmente quisiera hablar. Pero la vida no es como se supone que debe ser.

Como mi abuelo paterno falleció cuatro meses y medio antes de que naciera mi padre, en gran medida él fue criado por sus propios abuelos. Él creció en Rhodesia (Zimbabwe), donde la comunidad era muy tradicionalista. Mi padre era muy inteligente y talentoso. A la edad de bar mitzvá había llegado a tener un nivel de hebreo de B.A. y hablaba idish con fluidez. Él completó sus estudios dos años antes que sus compañeros y deseaba convertirse en rabino o en jazán.

El tío de mi padre se ofreció a pagar sus estudios, siempre y cuando estudiara abogacía y no fuera rabino. Él había aprendido a lein (leer la Torá) y a tocar el shofar. En la sinagoga cantaba junto con el jazán y era muy activo en la comunidad. Cuando yo tenía dos años, mi padre tuvo que enfrentar un gran desafío. El rabino de la sinagoga, que para él era una figura paterna, le dijo que, debido a su rol de líder y modelo en la sinagoga, tenía que empezar a observar Shabat.

Como un joven abogado, mi padre a menudo tenía que ir a la corte los sábados a la mañana. Mientras mi padre pensaba qué hacer, el rabino de la congregación se suicidó. La pérdida de esta figura paterna fue muy difícil para mi padre, y comenzó a poner en duda todo lo relativo a la observancia judía. Dejó de comer kasher y más tarde se casó con una mujer no judía.

El único lugar en el que me sentía cerca de mi padre era cuando iba a la sinagoga los viernes a la noche y me rodeaban los recuerdos.

Cuando su tercera esposa comenzó a convertirse al judaísmo, mi padre expresó sus sentimientos respecto a un hogar judío y cuánto eso significaba para él.

Como nos mudamos de país, yo ya no iba a una escuela judía. Pero el único lugar en el que me sentía cerca de mi padre era cuando iba a la sinagoga los viernes a la noche y me rodeaban los recuerdos de mi padre cantando junto con el jazán y tocando el shofar. También recordaba con claridad los maravillosos séders de Pésaj de mi padre. Si tan sólo hubiera tenido suficiente confianza para compartir estos sentimientos con mi padre. Si tan sólo hubiera tenido la confianza de pedirle que me grabara sus canciones. Me encantaba su voz profunda, que llegaba al alma y al corazón. Quizás compartir esos sentimientos y elogios hubiera reducido la brecha y la dificultad de no encontrar de qué hablar.

Una muerte repentina

Pasaron ocho años con poco contacto e interacción con mi padre. Entonces, de la nada, me informaron que mi padre había fallecido repentina y trágicamente. Yo tenía sólo 16 años. Todos nuestros asuntos sin resolver hicieron que el dolor de la pérdida fuera todavía mayor. Por razones fuera de mi control, pasaron otros cinco años antes de que finalmente pudiera ir por primera y única vez a la tumba de mi padre.

Todos nuestros asuntos sin resolver hicieron que el dolor de la pérdida fuera todavía mayor.

Casi nunca había estado en una tumba judía. Amigos de la familia me llevaron hasta la tumba y me dejaron sola, para darme privacidad. No tengo idea cuánto tiempo estuve allí. La experiencia fue completamente surrealista. Finalmente estaba frente a la tumba de mi padre. La lápida tenía grabado su nombre.

Como en ese momento vivíamos en diferentes países, su muerte no causó ningún cambio en mi vida. Especialmente porque esto ocurrió antes de la época de Internet y de los teléfonos celulares. Pareció que la vida simplemente continuaba. Pero al estar al lado de su tumba, ya no podía seguir fingiendo que simplemente había viajado por un largo período y no se había tomado la molestia de escribirme ni de llamarme. Finalmente entendí que era algo definitivo.

Me quedé de pie y después de un rato le dije a mi padre que lo perdonaba. Había tantas cosas que me hubiera gustado decirle ese día. Las palabras se quedaron trabadas en mi garganta, tal como me pasó las pocas veces que estuvimos juntos desde el divorcio.

Pero la fuerza de la experiencia no precisaba palabras. Sorprendentemente, de alguna manera se formó una conexión inesperada con mi padre. Fue como si una mano invisible saliera de la tumba y se aferrara a una parte de mi ser, guiando mi camino desde ese momento.

Mientras rezaba en la tumba de mi padre, el tiempo pareció entremezclarse. Tantas preguntas, tantas cosas nunca dichas. Sin embargo, al comenzar a aceptar las miles de enseñanzas del judaísmo respecto a que es posible mantener una conexión con un padre que falleció, surgió un camino. Entre mi anhelo por el padre que tanto amaba y el deseo de aliviar la culpa por no habérselo dicho nunca, comencé a descubrir que podía expresar ese amor en formas casi mágicas.

Mis primeros pasos creciendo en mi judaísmo fortalecieron mi conexión con mi padre.

En un plano, yo vivo en este mundo y mi padre está en otra dimensión, en otro mundo. Pero hay algo que trasciende el tiempo y el espacio. Tal como el recuerdo de mi padre cantando, tocando el shofar y conduciendo el Séder de Pésaj formó una conexión en la que las palabras no pueden ser expresadas, así también cada vez que entro a una sinagoga, que rezo de un libro de plegarias judío y avanzo un paso más en el cumplimiento de los mandamientos de la Torá, siento que nuestra conexión se fortalece.

Gradualmente, con el tiempo, con cada paso en mi crecimiento como judía, el fino hilo que me unía con mi padre se fue reforzando. Lentamente comencé a valorar el camino que mi padre deseó cuando era joven pero se lo negaron.

De alguna manera, la conexión que tengo ahora con mi padre nunca fue tan fuerte. A medida que continúo construyendo una vibrante vida judía con mi marido, que es rabino y escriba de Torá, de alguna manera cumplo el sueño de mi padre y puedo sentir su orgullo y la alegría que debe estar experimentando en otra dimensión.