Puedo escucharlo en su voz – una sabiduría, una profundidad que se filtra en las palabras alertándome sobre el hecho de que algo especial está ocurriendo del otro lado del mundo. Las palabras no son diferentes a las de cualquier otra tarde de viernes – un mensaje en la casilla de voz deseándome un 'Shabat shalom', diciéndome que me ama… y sin embargo, hoy su mensaje está lleno de espiritualidad, enviado no desde su auto camino a casa del trabajo, sino desde una ciudad ajetreada con los preparativos para recibir a la reina Shabat, desde Israel – la tierra de la libertad.

Y nada me da más alegría que escuchar su mensaje.

Mi papá, que iba de excursión mientras nosotros íbamos al shul el sábado a la mañana, que se le antojaba panceta con huevos cuando salíamos a desayunar, que fue criado en un hogar judío ortodoxo y que luego se mudó a la otra punta del país para construir una vida que no tenía ningún parecido a su vida anterior. Ahora, mi papá parece haber crecido. Llena los zapatos de quienes recorrieron el camino antes que él, y ha descubierto la belleza oculta en las tradiciones y los rituales que practica a diario.

A menudo me preguntan cómo es – habiendo sido criada como una judía conservadora no religiosa – y ahora tener padres ortodoxos que cumplen estrictamente cashrut y no manejan o prenden las luces en Shabat, que estudian con un rabino todas las semanas y que están más involucrados con la comunidad de la sinagoga que con cualquier otra. Y, por supuesto, están las cosas a las que lleva tiempo acostumbrarse – el día en que mi mamá comience a usar peluca o que mi padre se deje crecer las peot (los largos rulos a los costados de la cara) estoy segura de que tendré un ataque de pánico. Pero, por sobre todo, me trae alegría.

Me causa alegría ver a mi padre apurarse para llegar al shul en lugar de para llegar al hospital a hacer guardia.

Me causa alegría ver a mi padre apurarse para llegar al shul en lugar de para llegar al hospital a hacer guardia. Me trae alegría escuchar el versículo que estudió con el rabino y sus ideas sobre él. Me trae alegría escuchar la humildad mezclada con espiritualidad en su voz cuando me dice "el mundo está bien administrado" – todo esto de un hombre que acostumbraba anunciar orgullosamente que no creía en Dios.

Y, como es lógico, está retornando a sus raíces – pareciéndose a su observante padre más y más cada día… pero no al padre de la infancia a quien recuera: exigiendo, castigando, desaprobando, sino al abuelo que yo conocí, el padre que él conoció muchos años después. El abuelo que se ponía tefilín todas las mañanas y que rezaba mientras recibía el día. El abuelo que sostuvo mi mano y que señaló las diferentes plantas y árboles en nuestra caminata por el parque. El abuelo que sobrevivió un horror inimaginable y que todavía creía, que amaba con todo el corazón y que cuando hablaba con su suave voz todos nos inclinábamos para escuchar.

Hoy, cuando habla mi padre, me inclino ansiosa para aprender de él, para compartir su viaje, para hacerle saber que veo el hombre en que se ha convertido. Y a pesar de que no lo haya escuchado lo suficiente cuando yo crecía, quizás pueda escucharlo de mí ahora:

Nunca estuve tan orgullosa del hombre, padre y amigo que eres. Shabat shalom papá.