Antes de convertirme al judaísmo, tenía una vida solitaria. Aunque estaba rodeada de amigos, a menudo todos estaban ocupados y nuestras conversaciones se veían sofocadas por los omnipresentes teléfonos celulares. Salía a almorzar con ellos y sus teléfonos, o el mío, comenzaban a sonar y de repente nos quedábamos atrapados en Facebook en vez de conversar con quien estaba en la misma mesa.

Una vez que los celulares se difundieron por todas partes, en gran medida perdí la magia de conectarme con otro y la alegría de estar con un amigo.

Cuando comencé mi proceso de conversión ortodoxa, aprendí que en Shabat no podía usar mi teléfono ni ningún otro dispositivo electrónico. Durante 25 horas tenía que arreglármelas sin ellos. A menudo también iba a almorzar o a cenar con gente que no conocía o invitaba a mi casa a virtuales extraños. Hubo algunos momentos incómodos, cierta frustración cuando no podíamos buscar en Google la respuesta a algo que discutíamos o momentos de silencio que llenábamos hablando de temas mundanos, como el estado del tiempo. Pero en general recuperé esa magia. Una vez más interactuaba de forma significativa con otras personas.

Aunque el mundo está más conectado que nunca, también estamos más solos que nunca. De acuerdo con un estudio del 2018 de Cigna, casi la mitad de los norteamericanos se sienten solos y todavía más solos se sienten los más jóvenes, aquellos que nacieron desde mediados de 1990 a principios del 2000. Otro estudio reveló que un tercio de los entrevistados nunca hablaron con sus vecinos.

Cuando no socializamos con aquellos que están a unos pocos metros de distancia, y en cambio confiamos en nuestros teléfonos celulares para interactuar, no satisfacemos la necesidad humana de socialización real, cara a cara. Cualquiera que se quejó con una amiga bebiendo una gaseosa, o que tomó un café con colegas, sabe cuán importante es hablar con otras personas en la vida real.

Afortunadamente el pueblo judío tiene el Shabat. Un día a la semana, dejamos de lado nuestros teléfonos, vamos a la sinagoga, conversamos en un kidush, comemos en el hogar de otras familias, amigos y vecinos, y tenemos un verdadero momento compartido con otras personas.

Esta interacción social transformó mi vida. Como trabajo de forma remota, durante la semana sólo tengo conversaciones reales con mi esposo y quizás con otras dos personas. Supongo que día a día la mayoría de las personas casi no tienen interacciones sociales reales fuera del tiempo que tienen con su familia y de las horas de trabajo.

Un estudio reveló que las personas que se encuentran con parientes y amigos por lo menos tres veces a la semana tienen niveles menores de síntomas depresivos que aquellos que se encuentran una vez cada tantos meses o con menor frecuencia. El estudio también reveló que la interacción social cara a cara es especialmente crítica para la población anciana.

Esta es una de las razones por las que amo el Shabat. No sólo que saca a la gente de las burbujas en las que están durante los días de la semana, sino que también une a judíos de todas clases. Me encuentro con niños pequeños, ancianos de 90 años y adolescentes. Converso con madres de edad mediana sobre mi música favorita de los años 70’ y de las aplicaciones a la universidad de sus hijos adolescentes. De las mujeres de mi edad aprendí cuán maravillosa es ser una nueva madre, recibí consejos matrimoniales de parejas mayores, y descubrí cómo es ser un rabino, obviamente de los rabinos que conocí.

De cierta forma el Shabat es un retorno a lo que fue una vez la vida: mucho más simple. En el agitado mundo actual, es importante mantener los pies en la tierra y regresar a lo que fue una vez.

Estoy sumamente agradecida de tener el Shabat. Me ayuda a sentirme menos sola, más conectada y a ser parte de algo mucho mayor y más importante que yo misma.