Durante lo que parecía un trabajo de parto normal con mi octavo hijo, me atacó un dolor insoportable. He tenido bastante experiencia con trabajos de parto, pero este dolor era fuera de lo normal. En un minuto estaba pensando, "Esto no se siente nada de bien", y al minuto siguiente veía todo negro, las voces se hicieron distantes y solamente sentí un dulce vacío.

Al día siguiente desperté en la UCI con los constantes “bips” de las máquinas, monitores e intravenosas conectadas a mí; mis manos atadas a la cama para prevenir que tirara de los tubos de respiración; mis pies envueltos en cojines inflables para prevenir úlceras por presión y coágulos de sangre. No tenía idea por lo que acababa de pasar.

Él me dijo que yo había vivido un milagro.

Mi esposo y mi cuñada estaban al lado de mi cama. Poco después mis padres y mi familia estaban a mi lado también. A medida que salí del efecto de los sedantes, mi esposo me explicó lo que había ocurrido. Él me dijo que yo había vivido un milagro.

Fue la pesadilla de un doctor; una condición completamente impredecible llamada Embolia de Líquido Amniótico. Es una rara emergencia obstétrica en la cual restos de líquido amniótico, células fetales, pelo u otros residuos entran al torrente sanguíneo, provocando un colapso cardiorrespiratorio. Los doctores, junto con casi todo el equipo del pabellón de maternidad y los especialistas, corrieron a realizar una cesárea de emergencia. Trabajaron frenéticamente durante horas para detener la hemorragia, salvar al bebé y mantenerme con vida.

También me aquejó una Coagulación Intravascular Diseminada, otra condición a menudo causada por la Embolia de Líquido Amniótico. La Coagulación Intravascular Diseminada causa que el cuerpo sangre efusivamente por todos lados. En la mayoría de los casos los pacientes fallecen por esta condición. Perdí más que la cantidad completa de mi sangre y tuve transfusiones de sangre equivalentes a casi dos veces mi volumen de sangre. La mortalidad maternal se acerca a un 80 por ciento con un 50 por ciento no logrando pasar la primera hora después del comienzo de los síntomas. Aquellos que logran sobrevivir generalmente sufren discapacidad neurológica permanente.

Mi esposo me describió como se había sentado en la sala de parto con nuestro pequeño nuevo bebé en sus brazos (el cual era un milagro en sí mismo) y rezaba y rezaba. Su descripción de esas pocas horas fue que una masiva cantidad de personas por todo el mundo golpearon las puertas de los cielos con rezos y lágrimas, rogándole a Dios que perdonara mi vida. Mi madre, quien estaba en Israel en ese momento, organizó un grupo de rezos en el Muro de los Lamentos y luego se tomó el siguiente vuelo de regreso. Escuelas en diferentes ciudades detuvieron las clases para que los niños rezaran. Personas fueron a obtener bendiciones de grandes rabinos en mi nombre. Otro grupo de personas se reunieron para rezar en la tumba de mi hermano.

Mientras miraba a mi esposo y trataba de asimilar sus palabras, me superó la emoción. Todo mi ser estaba temblando a medida que fragmentos de entendimiento comenzaron a penetrar. Las calientes lágrimas corrieron por mis mejillas. Mi alma se hizo escuchar a pesar de que mi voz no podía emitir sonido: "Dios me ama. ¡Dios me ama tanto!".

Estaba agradecida e incrédula. Dios ¿hiciste eso por mí? ¿Yo tan imperfecta? ¿Yo la egocéntrica?

Poco después, mi esposo salió de la habitación para atender las necesidades del bebé. Yo estaba sola y asustada. Sin embargo, al mismo tiempo, sentía como si ángeles me estuvieran rodeando. Sentía el amor de Dios de una forma que nunca había sentido antes. Era como si se hubiera levantado una cortina para revelar una impresionante claridad.

El amor contiene estímulo compasivo, no crítica.

Esos días en el hospital trajeron consigo lágrimas, curación y muchos rezos de gratitud. Ellos también revelaron una profunda y simple verdad: Dios nos ama.

Acostada en la cama, me pregunté cómo no había entendido eso hasta ahora. Por supuesto, yo siempre he profesado saber que es verdad, pero mi mundo interno no se veía como si yo lo creyera. Empezaba cada día con grandes intenciones, emocionada por lograr todo lo que había planeado. Entonces, en vez de simplemente obtener placer por mis tareas completadas, dudaba de mí misma. En algún lugar de mi mente había una crónica completa de todas las cosas que debería haber hecho mejor. Había listas de buenas acciones que no hice, o no hice suficientemente bien. Mis juicios de prioridades estaban constantemente bajo examen. Inconscientemente, me estaba relacionando con Dios como si Él estuviese diciendo constantemente "¡Espero más de ti!".

¿Cómo pude obviar algo tan evidente? ¡Amor! El amor contiene estímulo positivo, no crítica. El amor es constante e incondicional; da cabida a errores y reparaciones.

Dios nos ama. Él es el padre que está alentando a su hijo para que tenga éxito. Él no es el padre que dice, "Podrías haberlo hecho mejor, ¡que vergüenza!", esa es nuestra propia voz. La voz de la negatividad que tiene su raíz en la inclinación maligna. No es la voz de la verdad.

Todos queremos que nuestros hijos sean colaboradores, amables y obedientes. Sin embargo nuestro amor por ellos no disminuye cuando están fuera de lugar. Entendemos que es parte del crecimiento. En realidad, si nuestros hijos fuesen perfectos, ¿Dónde estaría la cancha para las relaciones?

Dios no demanda perfección, solamente que sigamos esforzándonos.

Nosotros somos los hijos de Dios y Él pasa cada momento de la existencia bañándonos con amor. Él nos conoce y entiende nuestras luchas. Él no demanda perfección, solamente que sigamos esforzándonos. Nuestros esfuerzos por hacer Su voluntad son tan preciados para Él, incluso cuando no lo logramos.

¿Qué nos pide Él? Que lo amemos de vuelta. Estas son las palabras que decimos cada día en el primer párrafo del Shemá, "Y amarás a Hashem, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu ser y con todas tus fuerzas". Estas palabras del Shemá son un mensaje personal para cada uno de nosotros. "Tu Dios". Estoy aquí para ti, solamente tienes que buscarme y sentir Mi amor.

Cada día que nos despertamos, ese es Dios diciendo, "Aquí tienes un regalo, un día de vida. Sé que lo utilizarás bien. Yo confío en ti". A lo largo del día, Él nos envía cosas maravillosas para ayudarnos a llegar adonde tenemos que ir espiritual y físicamente. Pareciera ser que nuestro desafío es recibir el amor de Dios realmente; saborear su abundancia; amarnos a nosotros mismos como Él nos ama.

Tengo tanto que aprender en este segundo capítulo de mi vida, pero esta verdad por si sola me ha traído una profunda paz interna. No puedo hacerlo todo, pero sé lo que puedo hacer. Amar a Dios. Trabajo en intentar evaluar el siguiente movimiento correcto y luego hacerlo, sin quedarme atrapada en la trampa de la inseguridad.

Hay tanto que Dios quiere que yo sea y hay tanto que el mundo necesita de mí, de cada uno de nosotros. No quiero perder otro poco de energía en negatividad. Preferiría sintonizarme con Su alentadora voz diciendo, "Te amo, ¡ahora haz que este día sea un día grandioso!".