El lunes a la mañana continuamos trabajando de forma habitual, hicimos rondas, ordenamos medicamentos, radiografías y exámenes de laboratorio, pero era claro que había algo diferente en la unidad de terapia intensiva. La tensión podía palparse. Esa era la misma ansiedad que impregnaba las escuelas vacías, los hogares desorganizados y las calles de Baltimore con menos tráfico. ¿Llegaría el coronavirus? ¿Cuándo?

En nuestro hospital esta sensación era todavía un poco más pesada. En mis estudios y en mi carrera como médico de terapia intensiva, hubo momentos en los que me sentí abrumado, cuando pareció que había demasiados pacientes que tenían demasiados problemas que yo no podía resolver. Hubo momentos en los que estuve tan cansado que deseé que mis pies se siguieran moviendo uno después del otro. Hubo momentos en los que sentí que estaba a punto de colapsar por el peso de no saber nunca lo suficiente. Afortunadamente, a medida que tuve más entrenamiento y más experiencia, esa sensación de impotencia fue desapareciendo hasta que se borró de mi memoria.

Pero ese lunes temí que esos sentimientos regresaran, porque acechaban en el horizonte como una tormenta que se iba acercando. ¿Habría tantos pacientes que me sentiría abrumado? ¿La fatiga me llevaría a cometer errores que podrían costar vidas? ¿Tendría que decidir quién vive y quién muere porque no habría suficientes respiradores?

Seguí con la rutina: rondas, decisiones médicas, enseñar a los residentes, procedimientos y documentaciones interminables. No había ninguna señal del virus en los pacientes que teníamos, solo la ansiedad del equipo.

Trabajé de la forma habitual hasta el jueves a la noche, cuando todo cambió. Sentí que estaba un poco ronco. Luego empecé a tener un poco de tos seca. No era nada grave y fuera de eso me sentía bien. No tenía fiebre, fatiga, ni dolor de cabeza… Sólo una molesta tos seca.

Entonces comenzó la ansiedad. ¿Podía tener el virus? No era posible. Yo no. Se supone que soy el que trata a los enfermos, no a la inversa. Si bien no me preocupaba mi salud, mi primera respuesta fue egoísta y desagradable, aunque indudablemente humana: no quería ser conocido como el tipo que dispersó el virus en mi comunidad y en el hospital. No quería que me vieran como el azote enfermo con una plaga que todos temen. No quería ser un paria, que me evitaran y me maldijeran.

Entonces comenzó un segundo miedo. Si en verdad estaba infectado, entonces era una amenaza para mis compañeros de trabajo y para los pacientes que estaban a nuestro cargo. El peso de esto fue como un golpe en el estómago. ¡No se puede poner en cuarentena a todo el equipo médico de una unidad de cuidados intensivos! No hay suficientes personas para suplir todos los puestos. ¿Qué ocurriría? ¿La atención de los pacientes se vería afectada? ¿La gente sufriría por mi culpa?

Luego comenzó el debate interno. Era sólo una tos suave. Quizás era alguna alergia. En casa hay muchas flores. Tal vez estaba desarrollando asma. Quizás se debía a que hablé demasiado en las rondas. ¿Era posible que fuera reflujo?

Me mudé al sótano y pegué una cinta sobre la alfombra, una línea que nadie debía cruzar. Nadie podía estar a menos de 2 metros de distancia.

Esa noche pensé no decir nada e ir a trabajar al día siguiente, pero mis ángeles buenos lograron que me comportara de la mejor forma. Arreglé que alguien me supliera al día siguiente. Me mudé al sótano y pegué una cinta sobre la alfombra, nadie debía cruzar esa línea. Nadie podía estar a menos de 2 metros de distancia. Desinfectamos todas las manijas, lavamos todas las superficies. Me hicieron un examen y esperé. Mientras tanto la tos empeoró, mi temperatura subió y mi cuerpo comenzó a sufrir escalofríos y dolores.

A la noche siguiente me llamó el administrador del hospital. Su tono era una mezcla de autoridad paternalista con un dejo de misericordia. “Tu examen de COVID resultó positivo”, dijo y puso en movimiento un diluvio de emociones paradójicas. Estaba tanto sorprendido como no sorprendido en absoluto; aliviado y ansioso, desafiante y resignado, todo en un período de 3 segundos y medio, pero sabía que eso iba a ocurrir y lentamente me adapté a mi nueva realidad.

El Dr. Grove con su familia

A menudo, la respuesta psicológica a estas infecciones es tratarlas como algo de lo que uno debe avergonzarse, algo que hay que ocultar al mundo. La gente que se fue enfermando, lo mantuvo en secreto. Ellos no le contaron a aquellos con los que habían tenido contacto que estaban enfermos. Yo me infecté por estar con personas que estaban levemente enfermas cuando estuve con ellas. Después no me avisaron cuando se empeoraron. Si me lo hubieran dicho, yo hubiera salido antes de la unidad de terapia intensiva y habría evitado una crisis en el hospital.

Eso me hizo pensar en el poder que tenemos. Todo esto comenzó cuando una persona inocente y desprevenida en un lugar muy alejado geográficamente, fue a comprar comida en un mercado repleto, probablemente como parte de su rutina habitual. Él tocó algo, después se tocó la cara y eso cambió la historia. Yo estaba sentado en el sótano y el mundo estaba patas arriba por el acto involuntario de una persona en la otra punta del mundo que comenzó una reacción en cadena de acciones e inacciones.

Si él pudo cambiar el mundo con un acto, mucho más yo lo podía cambiar con muchos.

Así que me puse a trabajar. Me puse en contacto con todos aquellos con quienes había interactuado y les dije que estaba enfermo. Creé un sitio web donde podría documentar mi experiencia y educar a la mayor cantidad posible de personas. A medida que la gente se enteró de mi infección, me fueron llamando y yo los informé y los alenté a compartir con otros la información sobre su infección.

En el proceso aprendí que ponerme un delantal blanco y resolver los problemas grandes no me volvía insensible al impacto de la enfermedad. Aprendí que frente a la abrumadora fuerza de la incertidumbre y del miedo, la única esperanza que tenemos es confiar en el entendimiento de que Dios dirige el mundo. Sin eso, todos flotamos en un vacío sin sentido de una indiferencia aleatoria, en donde algo de un picómetro puede destruir todo en un instante.

Un acto pequeño puede cambiar el mundo para bien de formas que ni siquiera puedes llegar a imaginar.

También comprendí la fuerza que Dios nos da para tomar decisiones y marcar una diferencia. Podemos usar nuestras decisiones para dar significado y propósito a ese vacío al ver a más allá del azar e identificar el significado que espera revelar.

Hoy, tocar la manija de una puerta, una tos sin cubrirse la boca y un contacto no informado con un enfermo puede impactar a todo el mundo. Pero antes de que alguien oyera hablar sobre el coronavirus, el impacto era el mismo y una palabra dura, un poco de chismerío, una mirada desaprobatoria, podían llevar a una reacción en cadena que cruzaba el globo como un fuego que se dispersa sin que ni siquiera lo sepas.

También lo opuesto es cierto. Un elogio, una sonrisa, un pequeño acto de bondad también puede cambiar a todo el mundo. Un acto pequeño puede cambiar el mundo para bien de formas que ni siquiera puedes llegar a imaginar, aunque probablemente nunca lo sabrás. El coronavirus nos enseñó nuestro poder. Al distanciarte de los demás, lavarte las manos e informar cuando estás enfermo puedes marcar una diferencia real y salvar vidas.

En las próximas semanas y meses, cuando el virus se haya alejado y los enfermos comiencen a recuperarse, habrá innumerables oportunidades de hacer actos positivos. La necesidad descuidada de reconectarnos, las necesidades económicas para la manutención y las relaciones precisarán reconstruirse. Imagina lo que puede hacer la suma de innumerables actos pequeños de bondad. Mi esperanza sincera es que todos entendamos el mensaje que Dios nos está enviando, que aprovechemos al máximo todas las oportunidades que tenemos cada día para cambiar el mundo con un acto pequeño y que sintamos el enorme poder que tenemos. En verdad todo lo que somos es la suma total de todos nuestros actos pequeños. Llegó el momento de hacer que los actos pequeños cuenten.