Mi padre falleció en 1986. Él tenía 75 años, yo tenía 34. Decir que él era un hombre dulce, humilde y poco complicado sería algo evidente. Él no solamente personificaba esos términos, él los definía. Como oficio, el cortaba diamantes; como profesión, él amaba a su familia. Él tenía pocos amigos, menos pasatiempos, y detestaba el primer plano. Él era increíble, pero si te atrevías a decirle eso, la única respuesta que obtenías era un par de mejillas enrojecidas y un cambio de tema.

Él crió una pequeña familia en Polonia antes de la Guerra, pero ellos fueron asesinados por los Nazis. No sé prácticamente nada acerca de ellos. Milagrosamente, el sobrevivió seis años de tormentos en un campo de concentración y llegó a Estados Unidos en 1947. Aquí, volvió a casarse, tuvo dos hijos, y dedicó su vida a nosotros. Él nunca pronunció las palabras, "te quiero". Él las vivió.

Cuando ingresó al hospital Mount Sinai para una cirugía de by-pass temprano por la mañana del lunes 24 de marzo de ese año, él estaba nervioso y pálido. Nueve horas después, el equipo de cirujanos había sorteado valientemente cinco arterias obstruidas, luego, ellos aparecieron en el pasillo y dijeron que la operación había sido un éxito. Haber imaginado que moriría en el hospital, seis meses más tarde, sin haber vuelto a casa, habría sido imposible. Como dice el dicho, "La operación fue un éxito, pero el paciente falleció".

Mi madre, mi hermano y yo, hicimos todo lo que pudimos para devolverle la salud. Cada día nos reuníamos al lado de su cama, mirando los monitores que no comprendíamos, cantando canciones que sabíamos que él amaba, relatando historias que no podíamos ni siquiera saber si él escuchaba, rezando, esperando, frotando, persuadiendo, cepillando, prácticamente forzando a sus ojos a abrirse... pero nunca tuvimos realmente ninguna razón para esperar ninguna mejoría. Era tan triste.

Entonces, un día, a principios de septiembre, él se despertó. Así nada más. Repentinamente estaba conciente, lúcido y muy vivo. Los únicos más asombrados que nosotros eran sus doctores. Convoqué a todos mis hijos al hospital y él le habló a cada uno de ellos con cariño. Incluso discutimos la posibilidad distante de que regresara a casa.

Pero como la llama de una vela que se aviva, parpadeando, crujiendo y bailando con un vigor inverosímil segundos antes de ahogarse, Papá nos engañó a nosotros. Dos días después él se había ido. Sin advertencia. Sin premonición. Solamente la clásica y mórbida llamada telefónica del hospital que destruye la prisa de la mañana, "Lo siento, su padre falleció esta mañana". Así nada más. La terrible experiencia había terminado.

Recuerdo mi discurso en su funeral. Lloré mientras lo daba, inconexo y casi incomprensible. Más tarde escuché que amigos estaban sorprendidos con mi declarada e intensa expresión de dolor.

"El hombre estuvo casi inconciente por seis largos meses", reflexionaron ellos, "¿Por qué reaccionó como si no hubiese esperado esto? ¿Estaba en completa negación?"

Extrañaba tanto a Papá. Quería volver a verlo y sentir su silenciosa calidez y afecto.

 Hay que admitir que era una buena pregunta. Pero quizás ellos no habían escuchado de la repentina y corta recuperación de Papá por dos días. Quizás ellos nunca habían experimentado personalmente el amor incondicional de un padre. O quizás ellos tan sólo no entendían que la muerte y el duelo no siguen ninguna regla.

Así que me encontré a mí mismo durante los meses siguientes extrañando mucho a Papá. No fue fácil. Quería volver a verlo y sentir su silenciosa calidez y afecto. La vida continuó, pero algo... algo muy especial faltaba.

Fue más de un año después cuando tuve El Sueño.

Era un día de invierno. Estaba caminando hacia mi sinagoga, que queda solamente a dos cuadras, cuando vi a Papá parado en la esquina. Él estaba solo. Se veía increíble. En la vida real él era bajo y fornido, pero en el sueño se veía alto. Su camisa blanca almidonada relucía en la brillante luz del sol y su larga corbata de puntos sobresalía, como siempre. Tenía puesto su abrigo gris y su mejor y más orgullosa sonrisa.

Estaba a una cuadra cuando lo vi por primera vez. En medio de mi euforia, me sentí confundido. ¿Él había regresado realmente para visitarme? ¿O quizás el nunca se murió después de todo? Nunca se me ocurrió que esto era solamente un sueño. No podía ser. Los detalles eran tan nítidos; la escena tan perfecta.

Comencé a correr hacia él. Él solamente esperó en la esquina a que yo llegara. Nos abrazamos. Yo estaba tan feliz.

"Caminemos", dijo él.

Me dijo que las cosas estaban bien para él, donde sea que estaba, y que le habían permitido hacer una corta visita.

"¿Hacia dónde caminamos?", pregunté.

"Vamos al banco", sugirió él.

Yo no estaba sorprendido. El banco era uno de los lugares favoritos de Papá. Le encantaba ir ahí. Que sepas, no es que tuviera dinero. Quizás debido a su desconfianza en la autoridad él sentía que tenía que asegurarse de que los pocos dólares que tenía estuvieran aún allí, sanos y salvos. En esos días, los depositantes poseían libretas de ahorros en las que el cajero estampaba tu balance actual de cuenta luego de haber agregado el interés que se había acumulado desde tu última visita. A él le encantaba mirar los centavos crecer.

A Papá le gustaban los bancos grandes, con techos muy altos, mucho eco y arquitectura elaborada. Y si el banco tenía un nombre que sonaba seguro, eso ayudaba también.

Así que caminamos hacia un enorme banco, probablemente el más grande que yo había visto, y nos ubicamos en la larga fila. A diferencia de nosotros en la era de los cajeros automáticos, a Papá nunca le importó esperar en fila por las cosas. Era parte de su ritmo de vida paciente que nosotros amábamos tanto.

Había tanto que quería decirle, y así lo hice. Quería que él estuviera orgulloso de las cosas que estaba haciendo. Él escuchó. Él asintió. Él sonrió. Pero luego de unos cuantos momentos, metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un periódico. Yo estaba sorprendido, pero sólo ligeramente. Después de todo, Papá amaba leer los periódicos – Idish, Inglés, diario, semanal – ese era su relajo principal luego de un día en el distrito de los diamantes.

Le pregunté que periódico traía consigo. Él lo dio vuelta para que yo pudiera ver por mí mismo. El titular decía, "Kol Yaakov (La Voz de Yaakov)", no lo reconocí.

"¿Qué periódico es ese?", le pregunté.

"Es tu periódico", dijo él.

Él vio que yo estaba confundido así que me explicó un poco más.

"Puedes decirme todo acerca de ti, pero francamente, yo ya lo sabía".

 "Verás, donde estoy, ellos saben que queremos llevar el rastro de lo que está ocurriendo con nuestros seres queridos. Así que, cada día, este periódico personalizado, Kol Yaakov, me llega a mí. Es una completa descripción de todo lo que tú, querido Yaakov, estas haciendo aquí en esta Tierra. Me imagino que saben que me gustan los periódicos. Así que, puedes decirme todo acerca de ti, pero francamente, yo ya lo sabía".

Me quedé en blanco mirando a Papá, sin estar seguro de que decir a continuación. Después de todo, lo que sea que pudiera decir, él ya lo sabía. Papá me miró de vuelta y luego me dio una palmada, tan dulcemente, en mi mejilla izquierda. Realmente pude sentirla.

Pude ver que estaba orgulloso.

Y luego se había ido. Nuevamente. Sin advertencia. Sin premonición. Él simplemente desapareció. Me quedé, parado solo, en la fila, en un enorme y extraño banco.

Me desperté con un ruido ensordecedor. Me senté en la cama. ¿Dónde había estado? La pregunta inundó mi repentina y abrupta conciencia.

"¿Dónde está Papá?"
"Si lo que vi fue real, ¿Por qué no estoy en el banco?"
"¿Estaba Papá realmente vivo?"
"¿Quizás su muerte fue un sueño?"
¿Qué hora es?"

A excepción del tiempo (casi estaba amaneciendo), no podía responder ninguna de las demás preguntas. La línea entre el estado de sueño y la realidad era tan borrosa en ese momento que me sentí forzado hacia una especie de mundo nebuloso. Fue realmente extraño. El vértigo duró por varios minutos.

Me sentí como un niño aterrado ahogándose en unos rápidos indomables, intentando agarrar frenéticamente el detalle de cada minuto de lo que había recién experimentado. Las imágenes se me estaban escapando rápidamente. "Quizás si cierro mis ojos muy fuerte, pueda volver al banco y ver a Papá otra vez", reflexioné con desesperación. Pero, por supuesto, no había como volver. Me tomó algunos minutos, sentado en las sombras inmóviles, pero la realidad se asomó, no había ningún lugar al cual volver. Todo fue tan sólo un sueño.

Abatido, deje que mi cabeza se hundiera en mi sombría almohada, mientras miraba el inútil techo arriba mío. El primer rayo de luz del amanecer aparecería pronto a través de mi ventana. Un nuevo día se estaba acercando. Sería un día triste. No solamente otro día sin Papá, sino que el día después de que realmente pensé que estaba ahí, solamente para ser despertado por la descarnada realidad de que la visita fue solamente una ilusión.

"Un sueño que no ha sido interpretado, es como una carta que no ha sido leída", dice el Talmud (Brajot 55a).

Yo estaba familiarizado con el dictamen de los Sabios de que el significado y augurio de un sueño es influenciado por la interpretación adscrita a él. Es difícil de entender, pero de alguna manera, a través de un elevado proceso de curso de acción, el significado de cada sueño es bastante dependiente de cómo es explicado.

"¡Pero este sueño no necesita interpretación!", le discutí a la nada. No contenía ningún misterio, ningún simbolismo único o peculiar. Muchos, sino todos los sueños, contienen bizarras, o al menos, exageradas escenas o circunstancias. Algunos incluso parecen predecir o advertir de eventos que podrían ocurrir.

¡Mi sueño no! Este fue diferente. No hay necesidad de traer a Yosef aquí. A mí me parece que no hubo nada en mi sueño que requiera de un análisis o una explicación de ningún tipo. Papá vino, nos abrazamos, caminamos, conversamos, él me explicó como obtenía toda su información acerca de mí y se fue. Y fue hermoso.

Y luego me di cuenta. Quizás no fue un sueño después de todo. Quizás si fue realmente una visita, una visita nocturna. Que importa si yo estaba dormido cuando ocurrió. El hecho es que yo realmente lo vi, lo escuché, incluso lo sentí.

Una calma y una paz interna descendieron sobre mí. En vez de sentir decepción, me sentí privilegiado... afortunado... quizás honrado. Lo que pensé que era solamente una frustrante ilusión puede haber sido la más espectacular realidad. La enseñanza del Talmud nunca fue más cierta, descubrí el significado del sueño a través de mi propia interpretación.

Tantos de nosotros nos preguntamos si las almas que se han ido, tan cerca de nosotros, tienen aunque sea una noción de los eventos que ocurren en este mundo. De alguna manera, queremos creer que sí. Yo no me cuestiono más acerca de eso.

Pero más que eso, mi entendimiento de los sueños cambió ese día. Me parece que demasiado a menudo trazamos la línea entre la realidad y la imaginación con un lápiz demasiado ancho. Tendemos a ponerlas en recipientes totalmente distintos. Quizás no deberíamos. Los sueños – los de noche y los de día – son importantes. Ellos pueden ser una ventana para nuestros anhelos más íntimos y una oportunidad para alcanzar lo grandioso dentro de nosotros.

Solamente otra lección que Papá me enseñó.