Mi padre, Rav Melvin Burg, nació en el Bronx. Él perdió a su padre cuando tenía 11 años, y por ende, su madre fue una figura muy importante en su vida. Durante su funeral, no pude evitar pensar que ahora que había fallecido, mi padre vería a su padre por primera vez desde antes de ser bar mitzvá.

La madre de mi padre, incluso después de haber enviudado, tuvo una gran conexión con muchos de los rabinos que vivían en el Bronx durante los años sesenta. Esa influencia fue la que llevó a mi padre a convertirse en un rabino.

Cuando mis padres se casaron, se fueron a vivir a Brantford, Ontario, para que mi padre pudiera asumir allí el puesto de rabino. Brantford era un pequeño pueblo en Canadá con una sinagoga ortodoxa, aunque las familias que vivían allí en su mayoría no eran religiosas. Allí mi padre comenzó a aprender cómo ser a la vez un amigo y un mentor espiritual de los miembros de su comunidad. Cuando crecí y tuve que ir a la escuela, necesitaba una escuela judía, así que mis padres regresaron a los Estados Unidos, donde mi padre comenzó a buscar una sinagoga adecuada para poder ejercer su oficio.

Le comentaron que el Centro Judío de la Avenida Ocean, en Flatbush, Brooklyn buscaba un rabino. Él tenía tan sólo 28 años y fue un candidato que llegó a último momento. Nadie esperaba que recibiera el puesto, pero los miembros del comité de búsqueda a pesar de ser mayores que él se enamoraron de su pasión juvenil. Así comenzó una carrera sumamente exitosa de 45 años en el Centro Judío de la Avenida Ocean. Durante el último mes pensé mucho respecto a por qué tuvo tanto éxito y quiero compartir con ustedes parte de su filosofía.

Con mis padres, en la terraza de Aish HaTorá.

Lo que más me sorprendió durante la shivá fue la cantidad de personas que crecieron en la sinagoga de mi padre y que se sentían cercanos a él. Hoy en día algunos de ellos ya son grandes rabinos, quienes acreditan el amor y la calidez de mi padre como una gran influencia en sus vidas. Desde el comienzo, mi padre sintió que los jóvenes tenían prioridad. Él siempre se enfocó en los niños de su sinagoga. Recuerdo que cuando era un niño pequeño en Brantford, mi padre invitaba a todos los niños y adolescentes a casa para construir la sucá. Había maneras más eficientes de hacerlo, pero él quería trabajar junto con los niños judíos.

Mi padre creía que era importante poner a trabajar a los niños y jóvenes. Él tenía una lista interminable de trabajos para darles. Si estabas cerca de su bimá, él siempre te llamaba y te enviaba a hacer algo. Cuando llegaba el momento de preparar la sinagoga para las Altas Fiestas, enlistaba a los jóvenes para cambiar las cortinas del Arca y los libros de plegarias. Ellos eran los encargados de acomodar todo para el Kidush y para la tercer comida de Shabat. Mi padre estaba entrenando a la nueva generación para que entendieran que servir a Dios implica arremangarse las mangas y poner manos a la obra.

Los encargados de asuntos comunitarios me dijeron que estaban destruidos por su fallecimiento. Realmente lo amaban y lo consideraban un amigo.

Mi padre creía en la comunidad. Él conocía personalmente a cada político de la comunidad, y pasaba una gran cantidad de tiempo con el Departamento de Policía de Nueva York antes de las festividades para asegurarse que supieran cuál era la mejor forma de proteger a la comunidad judía. En el funeral de mi padre en Brooklyn, agradecí a la policía que había cerrado una parte de la calle para permitirnos acompañar a mi padre cuando saliéramos de la sinagoga. Los encargados de asuntos comunitarios me dijeron que estaban destruidos por su fallecimiento. Ellos realmente lo amaban y lo consideraban un amigo. Muchas veces, personas de otras comunidades consultaban con mi padre respecto a temas que afectaban a la comunidad judía en general. Él siempre estuvo a la altura de las circunstancias e hizo lo que era correcto en vez de pensar en beneficios personales para su carrera.

Su amor a la comunidad en general lo llevó a aceptar un puesto como director ejecutivo del Vaad HaRabanim de Flatbush. Una organización de rabinos que supervisan kashrut, la jevrá kadisha (lo relativo a los funerales) y el Beit Din (la Corte Rabínica) de la comunidad general de Brooklyn. Mi padre era una persona increíblemente organizada y sentía que tenía una responsabilidad por estos aspectos que son cruciales en cualquier comunidad judía. Él amaba a los otros rabinos y esto le daba la oportunidad de trabajar con rabinos de diversas edades y orígenes.

Lo que siempre me sorprendió fue su capacidad de estar feliz haciendo las cosas que hacía. A lo largo de los años le ofrecieron muchos trabajos. Muchos lo alentaron a aceptar un cargo político. Pero él estaba feliz sirviendo a su congregación y a su Creador. Lo único que podía alejarlo era Israel. Él amaba Israel con pasión. Mis padres tenían un departamento en Ramat Beit Shemesh y siempre iban allí de vacaciones. Mi padre estaba muy conectado con la Ieshivá Lev HaTorá, donde enseñaba mi cuñado, Rav Jake Vidomlanski. Cada año, mis padres patrocinaban la celebración de Iom HaAtzmaut (el día de la independencia de Israel), y trataban de estar en Israel para celebrarlo con la Ieshivá. A mi padre le gustaba señalar que él y el Estado de Israel habían nacido el mismo año.

Él dio su sermón con voz fuerte y firme, tal como lo había hecho durante tantos años. En ese momento, nadie sabía que ese sería su último día completo en la tierra.

Mi padre se enfermó gravemente con COVID-19. En Janucá del año pasado lo trasladaron al hospital, en Purim lo transfirieron a una institución de rehabilitación y en Shavuot regresó a su hogar. Afortunadamente había sobrevivido y durante los últimos meses había empezado a recuperar sus fuerzas. Comenzó a ir nuevamente a la sinagoga, pero en silla de ruedas, porque todavía tenía que recuperar el equilibrio y fortalecer sus músculos.

Finalmente llegó Rosh Hashaná y, como siempre, mi padre preparó dos carpetas. Una para el primer día, con su sermón y todos sus papeles, y la otra para el segundo día. Como yo tocaba el shofar en su sinagoga desde que tengo 14 años, estaba allí con mi familia como cada año. Esa mañana llegamos a la sinagoga y él quiso subir a la bimá. Por primera vez desde Janucá, subió los escalones y se sentó en su silla rabínica. Con voz fuerte y firme, dio su sermón desde el podio, tal como lo había hecho durante tantos años.

Mi padre siempre me indicaba las cien notas que debía tocar en el shofar. Le dije que no necesitaba ponerse de pie y que podía dirigirme desde su silla. Me dijo que deseaba hacerlo y se puso de pie y caminó hacia la bimá cinco veces para poder decirme las notas. Fue una increíble manifestación de fortaleza y gracia. En ese momento, nadie sabía que ese sería su último día completo en la tierra.

Dios le otorgó un día completo para dirigir a su amada congregación tal como lo había hecho durante toda su vida. Mi padre era un soldado al servicio de Dios y su amado General le dio permiso de ocupar su puesto una última vez. Estoy eternamente agradecido a Dios por permitirle despedirse de una forma tan honorable.

El púlpito no era un trabajo; era su familia.

Mi padre era un hombre sumamente afectuoso. Uno podría conjeturar que eso se debió a que no había tenido un padre, o a que intuitivamente sabía que eso era lo que la gente necesitaba. Él amaba a cada judío como si fuera parte de su propia familia. El púlpito no era un trabajo, era su vida, su familia. Creo que nunca consideró seriamente otro trabajo, porque no se trataba de avanzar en su carrera. Se trataba de su familia, ¿y cómo puede uno abandonar la familia que Dios le ha dado?

Aunque lo extrañamos y guardamos duelo por él, entendemos que Dios lo necesitaba más en el Cielo que nosotros en la tierra. Aceptamos el decreto con todo nuestro corazón, pero igualmente extrañamos su amor y su influencia.

Sería negligente si no mencionara a la persona más importante en la vida de mi padre: mi madre. Mi madre y mi padre vivieron juntos 51 años increíbles. Ella fue su roca a través de los momentos buenos y de los momentos difíciles de su vida. Prácticamente nunca estuvieron separados y ella compartió el mismo sentido de misión y de comunidad de mi padre. Mientras mi padre estuvo enfermo con COVID, mi madre lo cuidó constantemente y estuvo siempre a su lado alentándolo y dándole fuerzas. Él no podría haber tenido a una mejor compañera en su travesía por esta tierra.

Analizo mi vida respecto a lo que intenté hacer en servicio de Dios, y me siento extraordinariamente agradecido con Él por haberme dado un modelo a seguir tan afectuoso y decidido. Aunque por dentro mi corazón sigue quebrado, sé que todos tenemos que trabajar al servicio de la nación judía. Puedo imaginar a mi padre al lado del Trono Celestial suplicando por los judíos y haciendo todo lo posible para ayudarnos y fortalecernos.

No puedo agradecer debidamente la enorme manifestación de amor y apoyo que todos han brindado a mi familia. Por favor, dirijan esos esfuerzos a ayudar a llevar la sabiduría judía al mundo. Estudien Torá teniendo en mente a Rav Moshé Itzjak ben Shlomó. Como judíos, debemos seguir adelante sin importar cuán quebrados nos sintamos. Tenemos una misión que es más valiosa que las perlas. Llevar el esplendor Divino al mundo y reconectar a la humanidad con nuestro Creador.