Mi madre fue una asombrosa mujer de logros grandiosos. Nunca fue a la universidad. Nunca ganó más que un magro salario. Nunca se vistió a la moda – tampoco perdió el peso que quería, a pesar de una vida entera de dietas. Nunca ejerció como jefa de una organización. Después de casarse con mi padre, nunca trabajó fuera de casa. Todas sus victorias fueron victorias del corazón.

Sumamente inteligente, mi madre se graduó con la mejor calificación de su clase en la escuela secundaria. Debería haber ido a la universidad. Quiso ir a la universidad. Pero el año anterior a su graduación, su padre Izzy, un inmigrante de Polonia, propietario de una tienda textil en Baltimore, sufrió un ataque al corazón. Tuvo que dejar de trabajar. Vendieron la tienda, vivieron un año de los ingresos, y esperaron que su hija Lea se graduara de la escuela, para que pudiera ir a trabajar y mantener a la familia.

La universidad podía esperar, le dijeron Izzy e Hinda. Su hermano menor Marvin tenía que ir a la universidad, a la escuela de medicina, y luego él podría sustentar a la familia, con un lucrativo salario de doctor, mucho más lo que cualquier chica –incluso con un título universitario– podría ganar.

Ella lo hizo. Lo hizo con alegría. Amaba a sus padres. Adoraba a su hermano Marvin. Fue a la escuela para secretarias, con todas las chicas que no podían ir a la universidad, y rápidamente obtuvo un empleo.

Fue bueno que lo hiciera. Un año después golpeó la depresión. Mientras se formaban las colas para recibir pan, mi madre traía su salario a casa, pagado en “vales”, no en dinero, que eran utilizados para comprar comida y productos de primera necesidad – y para pagar la matrícula de la universidad de su hermano. Un arreglo temporal. En unos pocos años Marvin sustentaría a la familia.

De todos modos, para ese entonces ella ya estaría casada. En esos días, las mujeres no perseguían carreras para su realización personal. Sólo las mujeres que necesitaban dinero trabajaban. Soñó con casarse, renunciar a su trabajo, quedarse en casa y decorar el salón, hornear bobka y cocinar blintzes y kréplaj, como su madre. Soñaba con tener hijos, empujar cochecitos de bebé, tejer pequeños gorros y suéteres, como todas sus primas.

La Gran Depresión

Sin embargo, La Gran Depresión fue un destructor de sueños. Nadie podía costear casarse. Al menos no los obedientes niños judíos, orientados a la familia, en los que Lea estaba interesada. Vivían en la casa, trabajaban, y le daban el salario completo a Mamá, quien lo distribuía a cuentagotas para alimentar y vestir a toda la familia, y permanecían solteros, como Lea. Casarse significaba erigir un hogar nuevo, que implicaba comprar otra cocina, otra heladera, una cama doble, y exprimir un segundo alquiler de un mísero salario. O significaba, Dios no quiera, dejar de contribuir al fondo común familiar, lo que era impensable.

Excepto para Marvin. Poco antes de su graduación de la escuela de medicina, anunció que estaba enamorado, y que se casaría pronto. Trajo a su comprometida a casa para que conociera a la familia.

Margaret era bella, de cabello rubio y ojos azules. Venía de una familia de judíos alemanes, de tres generaciones en Norteamérica. No eran en absoluto como los Rabinowitz. No hablaban ídish, no cuidaban cashrut, no entraban a Shabat encendiendo las velas y haciendo kidush, no tenían un juego de vajilla separado para Pesaj, no pertenecían a una sinagoga, y no tiraban centavos dentro de una pushka azul y blanca en la cocina para comprar tierra en Palestina.

Para Margaret, Europa significaba el Louvre y los canales de Venecia. Para Izzy e Hinda Europa significaba pogromos.

La familia de Margaret era norteamericana, y estaban orgullosos de serlo. Margaret se había graduado de Vassar. Los Rabinowitz nunca habían oído de Vassar. Margaret adoraba la poesía de Yeats. Los Rabinowitz nunca habían oído de Yeats. Margaret soñaba con viajar, con cultura, con vida de privilegio y riqueza. Para Margaret, Europa significaba el Louvre y los canales de Venecia. Para Izzy e Hinda, Europa significaba pogromos, de los que Hinda había escapado a los catorce años, para nunca ver a sus padres de nuevo. ¿Por qué un judío querría volver allí?

No es que Izzy e Hinda no aprobaron a la pareja de su único hijo varón. La verdad es que nunca les preguntaron.

Un mes antes de la boda, Izzy tuvo un ataque al corazón y murió. Lea y su madre quedaron solas en un apartamento en una zona pobre de Baltimore. Marvin y Margaret compraron su primera casa en una ciudad lejana. Lea tomó un segundo empleo de secretaria para sustentarse a ella y a su madre.

¿Cómo se sintió mi madre con respecto a su cuñada? Seguramente debe haber sentido algo de resentimiento por la intrusa que usurpó el futuro de su hermano y desvió el salario, que debería haber sustentado a su madre viuda, hacia viajes a París. Seguramente debe haber sentido un tinte de arrepentimiento por la educación que había abandonado en favor de Marvin, sólo para ser considerada condescendientemente por su engreída cuñada. Seguramente debe haber sentido decepción de que ella y su madre no pudieran incluso comer una comida cocinada en la casa de Marvin, porque Margaret creía que cashrut era una superstición medieval, un vestigio primitivo de una religión anticuada.

Sólo puedo conjeturar sobre las batallas internas que mi madre disputó en contra de una batería de destructivas emociones naturales. Sin embargo, el resultado de la batalla fue claro incluso para mis jóvenes ojos. Para cuando yo fui lo suficientemente mayor como para darme cuenta, ella era una mujer sin amarguras, sin envidia, sin mordaces arrepentimientos. Aún más, nunca en mi vida escuché a mi madre hacer una declaración peyorativa sobre la tía Margaret. Ni tampoco reveló, con su tono de voz, que desaprobaba a su cuñada de ningún modo. Para mí, que cada insulto insignificante es un motivo de guerra, la victoria de mi madre en este frente no fue nada menos que notable.

Mary Jones

Décadas después, cuando mis padres, en su vejez, se mudaron de su casa residencial de dos pisos a un departamento, les ayudé a desechar los trastos en el sótano, me topé con una caja de periódicos viejos, conservados con cuidado. Era una serie de Philadelphia Inquirer de 1941. Los leí con curiosidad, pero no pude entender por qué mi madre los había conservado.

La serie empezaba con una carta en primera plana, de una mujer llamada Mary Jones. La carta describía elocuente y quejumbrosamente, los apuros, al parecer, de una vasta población de mujeres solteras que habían llegado a la edad de casarse durante la Depresión. Para el tiempo en que la depresión terminó, una década después, y la gente pudo costear el matrimonio, los hombres de treinta se casaban con mujeres de veinte. Esto dejó a las mujeres de treinta estancadas en una isla de soltería, esperando ser rescatadas, pero ¿por quién?

La carta de Mary Jones inició un debate enérgico. Por varios domingos seguidos, el periódico imprimió docenas de réplicas, apoyando o refutando la declaración de Mary.

Entendí porqué mi madre estaba relacionada con este tema. En 1942 ella tenía 31 años, y ya había pasado la edad respetable para que una chica se case. Era bonita, tenía cabello corto, negro y ojos oscuros, era buena conversadora, una comprometida sionista que había servido como la Secretaria Nacional del Junior Hadassah, y una experta fotógrafa aficionada. Ella también fue –lo descubrí preguntando– Mary Jones.

No fue hasta después de tres largos y solitarios años, que la suegra de su primo Zundel organizó para Lea una cita a ciegas con un pedicuro de cuarenta años que nunca se había casado. Se encontraron en abril y se casaron en agosto. “Es el hombre más maravilloso del mundo”, exultó mi madre en una carta a su primo en Palestina, de la cual guardó para la posteridad una copia de carbón.

En 44 años de matrimonio, nunca cambió de opinión.

Domesticidad

Nunca nadie le dijo a mi madre que debía vivir para sí misma, por lo que vivió para los demás.

Nunca nadie le dijo a mi madre que debía vivir para sí misma, por lo que vivió para mi padre, para sus hijos y para su madre, quien quedó incapacitada con Mal de Parkinson. Nunca nadie le dijo que el trabajo doméstico era un trabajo pesado, por lo que disfrutó de él, cocinando, horneando, cosiendo y bordando manteles que yo, su hija liberal, menosprecié como un tonto pasatiempo, hasta que ella murió y heredé los valiosos recuerdos cosidos punto a punto con su amor, mis posesiones más preciadas.

Resultó que mi padre fue la única persona que nunca la decepcionó. Mi hermana Susana y yo nos fuimos e hicimos nuestra vida, investigamos por cuenta propia, nos encontramos lejos de casa, perseguimos carreras, no le dimos nietos, no la llamamos para pedirle recetas de sus platos deliciosos pero insalubres para el corazón. Su hermano Marvin, por quien había sacrificado la universidad, llamaba raramente, nunca vino a visitar, y nunca contribuyó con el sustento de su madre. Pero para mi padre –el caballero que la había rescatado de su lugar de trabajo y del flagelo de la soltería– su armadura nunca se manchó. Incluso cuando era anciano y tenía artritis y le era difícil escuchar, la cara de mi madre se iluminaba cuando él entraba al cuarto.

En realidad, ella recibía muy poca de su atención. Él trabajaba 12 horas, seis días a la semana, para mantener a nuestra familia, a su madre, y a su suegra, y para mandar a sus hijas a costosas carreras universitarias y postgrados en instituciones privadas. Tenía que dejar la casa a las 7 AM, provisto con su almuerzo, preparado con amor, en una bolsa marrón, y volver después de las 7 PM, para encontrar su cena caliente en la mesa. Ninguna comida instantánea, ni comida congelada, ni mezclas para tortas traspasaron alguna vez la cocina de mi madre. Ella preparó cada plato de cero, condimentado con amor.

Bubbie

Cuando yo era bebé, mi abuela materna Hinda, a quien llamamos Bubbie, se mudó con nosotros. El Mal de Parkinson, en esa época antes de las maravillosas drogas, dejaba a sus víctimas sacudiéndose y paranoicas. Bubbie necesitaba cuidado constante, y ni siquiera podía levantarse de la silla sin ayuda. Mi mamá la bañaba, peinaba su cabello, la vestía cada mañana y la desvestía cada noche. Unas pocas veces al año, cuando la Asociación de Pedicuros tenía un evento en la noche, mi madre nos pedía a mí o a mi hermana Susana que cuidáramos de Bubbie. Lo hicimos, si bien es cierto que a regañadientes, y la mañana siguiente le hacíamos saber a nuestra madre que no nos gustaba el olor a decrepitud del cuarto de Bubbie. Nuestra madre raramente impuso sobre nosotras el cuidado de Bubbie.

Cuando las residencias para ancianos se transformaron en depósitos populares para padres mayores, amigos le sugirieron a mi madre que pusiera a Bubbie en un asilo. Mi madre no quiso saber nada de esto. No consideraba que su madre fuera un agobio. Su amor era como una pileta de agua, haciendo que las cargas pesadas flotaran y fueran fáciles de soportar.

Cuando tenía 15 años, Bubbie se cayó y se quebró la cadera. Ahora era imposible meterla y sacarla de la cama sin la ayuda de un asistente. Mi madre, abatida, la puso en un asilo, y la visitaba todos los días, por horas, aunque mi abuela senil, estaba muy lejos de reconocer a su hija.

Después de exactamente un mes en el asilo, Bubbie murió. Yo, una insolente de 15 años que no aprendió el significado del amor familiar hasta que era demasiado tarde, pensé que después de todos los años de afán y cuidado, mi madre estaría aliviada. En cambio, estaba destrozada, inconsolable. En el funeral, no pudo parar de llorar, hasta que el rabino, en su elogio, mencionó el modo valeroso en que mi padre, a través de los años, había sostenido a su suegra. En ese momento, me contó mi madre más tarde, sintió deseos de pararse y aplaudir.

El Momento Más Noble de mi Madre

A los 58 años, mi tío Marvin se suicidó.

A los 58 años, mi tío Marvin se suicidó. La tía Margaret llamó a mi cuñado, un doctor, y le contó que se levantó y encontró al tío Marvin muerto. En su mesita de luz había botellas vacías de barbitúricos. ¡Sería una desgracia tan grande que alguien se enterara! ¿Qué debería hacer?

Mi cuñado le dijo que destruyera las botellas vacías de barbitúricos, que fuera al consultorio médico de su esposo, lindante con su casa, y encontrara muestras médicas con el rótulo de “Nitroglicerina”. Debía ponerlas, abiertas, con algunas pastillas menos, en la mesa de luz, para que se viera como si hubiera sufrido del corazón. Sólo entonces debía llamar a la ambulancia.

Mi cuñado sólo le reveló la verdad a la familia cercana.

La comida después del funeral fue el momento más noble de mi madre. Yo sentí que ahora que el tío Marvin se había ido, no había más necesidad de ser agradable con la tía Margaret. Ahora mi madre podría regañarla, o al menos confrontarla con la terrible verdad del suicidio de mi tío.

Mi madre no hizo tal cosa. Con toda la nobleza de su carácter, mantuvo el secreto de Margaret. Margaret, que había puesto al único hermano de mi madre en contra de su familia. Margaret, cuyas pretensiones de una vida de opulencia habían consumido el dinero que debía haber sido utilizado para sustentar a su madre. Margaret, cuyas demandas incesantes y criticonas condujeron a Marvin al suicidio. Ni en público ni en privado, mi madre nunca criticó a la mujer que había arruinado la vida de su hermano.

Más que eso: en cada Seder de Pésaj y cena de Rosh HaShaná, por el resto de su vida, mi madre insistió en invitar a la tía Margaret, quien nunca tuvo hijos. “¿Por qué tenemos que invitar a la tía Margaret?”, me quejaba yo. “Con su acento forzado y su conversación aburrida sobre sus diversas inversiones, ella arruina cada Seder”.

La respuesta de mi madre fue siempre: “Si no la invitamos, estará sola en la festividad”.

Y yo, quien tenía una infinita compasión por las masas anónimas de Biafra y Camboya, no podía tragar a la tía Margaret, no podía llegar a comprender cómo mi madre podía sentir tal compasión y perdón por su cuñada.

Relaciones

Pensé que mi madre era una ingenua por dar demasiado y recibir tan poco a cambio.

En algún momento en el medio de mi segundo postgrado, se me vino a la cabeza de que mi madre fue una mujer oprimida, cuyo intelecto y talentos habían sido ahogados, ¿y para qué? ¡Un esposo que nunca le habló fuera de la comida y dos hijas desagradecidas! Me puse en campaña para matricular a mi madre en cursos de la universidad, para que obtuviera un título, para que hiciera algo significativo con su vida.

Mi madre se resistió fuertemente a mi campaña, sabía sobre lo que trataba su vida. Aunque mi madre no lo expresó, creía que el propósito de su vida eran las relaciones. De acuerdo a su forma de pensar, dedicar la vida a la adquisición de algo –dinero, títulos, prestigio, “realización profesional”-, era perder la oportunidad de oro que la vida nos da: tener relaciones. Las relaciones, para mi madre, proveen todo lo que un ser humano necesita tanto en lo referente a desafíos como a realización, tener éxito en cada relación era su único logro. Ser una buena hija demandaba habilidades diferentes que ser una buena hermana, o una buena madre, o una buena esposa – o una buena cuñada.

Cuando tenía 25 años pensaba que mi madre había desperdiciado su cerebro en sólo ser una buena esposa y madre.

Ahora que tengo 50 desearía haber dedicado tanta energía a mi difunto matrimonio como le dediqué a mi carrera.

Cuando tenía 25 años pensaba que mi madre era una ingenua por dar demasiado y recibir tan poco a cambio.

Ahora que tengo que 50 veo que el dar incondicionalmente es algo Divino, y desearía haber desarrollado en mí semejante altruismo.

Cuando tenía 25 años quería ser como los que ejercen el poder político.

Ahora que tengo 50 desearía haber sido más como mi madre, quien gozaba de poder sobre sus impulsos y sus reacciones.

Cuando tenía 25 años pensaba que era superior a mi anticuada madre.

Ahora que tengo 50 desearía que ella estuviera viva para leer esto.

Leilui Nishmat Imí Moratí Lea bat Israel, beyortzait shelá.