“¿Estuviste en un campo de concentración? No. ¿Estuviste escondido? No. ¿Fuiste parte de la resistencia? No. ¿A dónde fuiste después de la liberación? Inglaterra”.

El 23 de septiembre de 2019, Alison O’Callaghan interrogó a su padre, Simón Phippen, mientras completaban un formulario, en Yad Vashem, el museo del Holocausto en Israel. Estaban sentados en una oficina en el Salón de los Nombres del museo. La misión del salón es compilar las identidades de todas las víctimas del Holocausto, pero eso no era lo que estaba sucediendo en ese momento. Se trataba de algo más impresionante.

Phippen, un residente de Andover, Inglaterra de 85 años, estaba registrando oficialmente que estaba vivo. Por más de seis décadas su nombre figuró en Yad Vashem como muerto.

Él cambió su registro, volviendo a la vida, ante la presencia de ocho parientes israelíes y de los Estados Unidos que encontró recientemente. Uno de ellos es su primo en primer grado, Moni Sana, 87 años, de Raanana. Hasta dos días antes, no se habían visto durante más de 75 años y cada uno pensaba que el otro había sido asesinado en el Holocausto en su ciudad natal Iasi, Rumania.

El encuentro y el cambio de estatus de Phippen fue el resultado de los esfuerzos de otra persona que estaba en ese momento sentada en el Salón de los Nombres: Gemma Brown, la nieta de Phippen. Hace más de dos décadas, Brown comenzó a indagar sobre su pasado, descubriendo finalmente mucho más de lo que podría haber soñado. El camino que ella comenzó sin querer nos vuelve a recordar que aunque los sobrevivientes del Holocausto están muriendo, despareciendo de nuestra tropa, sus historias (desconcertantes, extraordinarias, desgarradoras) siguen saliendo a la superficie.

Gemma Brown, 43, creció en Ripley y luego en Kingsclere, Inglaterra. Ella sabía que había sido adoptada. Hace veinte años, pidió un certificado de nacimiento que necesitaba para abrir una cuenta de banco. Este llegó con un documento que tenía información sobre sus padres biológicos: cuando ella nació su madre tenía 15 años y su padre 18 años. El documento no incluía sus nombres ni su ciudad natal. Pero allí le preguntaban si quería contactar a su madre natural. Ella quiso hacerlo.

Unas semanas más tarde, en junio de 1999, Brown llegó a su hijo recién nacido, Harry, a una habitación en un centro de servicios sociales para conocer a Angie Saunders, su madre natural. Saunders era una mujer menuda, con cabello corto y rubio, diferente a los rizos caoba que caían sobre los hombros de la madre adoptiva de Brown. Conversaron sobre sus vidas. Salieron a fumar. “Fue muy raro”, dijo Brown. “A lo largo de los años, muchas veces había imaginado ese escenario y ahora estaba ocurriendo”.

El padre de Saunders es Phippen. Cuando Sanders quedó embarazada a los 15 años, su padre inmigrante, que tenía otros cinco hijos, la obligó a dar el bebé en adopción.

Cuando Saunders quedó embarazada a los 15 años, su padre inmigrante, que tenía otros cinco hijos, la obligó a dar el bebé en adopción.


Brown estaba muy interesada en su nueva relación con su madre biológica. Hasta que volvió a trabajar cuando Harry tenía 8 meses, visitó a Saunders cada semana. En ese momento estaba enojada con su abuelo por forzar su adopción, y se negó a conocer a Phippen. Eventualmente cedió y se conocieron. Con los años, Brown se acercó a su familia biológica.

Al comienzo, su abuelo le contó lo mismo que sabía su madre biológica: durante años él había insistido que nació en Inglaterra (a pesar de tener indicios de un acento extranjero). Sólo posteriormente admitió que era de Rumania. Entonces, en el 2008, Saunders llamó a Brown, la hija que había dado en adopción, para decirle que había descubierto que su padre, Phippen, era judío. Saunders era judía por el lado de su padre, por lo tanto también Brown era en parte judía.

Brown se sintió intrigada y quiso saber más. Se unió a una página de Facebook de judíos con raíces en Rumania. Se unió a JewishGen.org, un grupo de investigación genealógica. En el sitio web de Yad Vashem, ella encontró un formulario pequeño llamado Pagina de Testimonio, presentado el 22 de noviembre de 1956 por un residente de Tel Aviv llamado Tzvi Luchinitzer. Luchnitzer, un sobreviviente del Holocausto que era el tío de Phippen, había registrado a Simón junto con otros cuatro miembros de la familia Meirovitz que él asumía habían sido asesinados en Iasi en 1941. Brown buscó a Luchinitzer, pero no pudo encontrarlo a él ni a ninguno de sus descendientes. Ella no sabía que tras el fallecimiento de Luchinitzer, los hijos de Tzvi habían cambiado su apellido a Almog. Brown dejó de buscarlos.

Pero no pudo borrarlo de su mente. En la última primavera retomó la búsqueda y escribió el nombre Luchinitzer en Facebook. Allí encontró una breve publicación del 2011 escrita por Carol Ritter Elbaz, residente de Houston: “Estoy buscando a cualquiera que tenga los apellidos Luchinitzer, Shachman, Sahna, Sana y vengan de Iasi”. Brown le envió un mensaje a Ritter Elbaz.

Moni Sana y su hermana Cecile en el barco a Israel, 1949 (foto cortesía de Carol Ritter Elbaz).

La madre de Ritter Elbaz, Cecile, muchas veces había dicho que deseaba encontrar a la familia de su hermana Sura, la madre de Simón. El 30 de marzo de 1970, Cecile envió una carta desde su casa en Houston a la embajada de Estados Unidos en Londres, pidiendo asistencia diplomática para localizarlos. Ella escribió que probablemente habían llegado a Inglaterra en 1945 o 1946 desde Rumania, la tierra natal del padre de Simón, Moshé. La embajada respondió que no lograron encontrarlos.

”Mi corazón se acelera… Creo que va a estar feliz de saber que otros miembros de la familia sobrevivieron, porque me parece que él se siente culpable”.

Después de la muerte de Cecile, Ritter Elbaz siguió investigando ocasionalmente. El 6 de junio del 2019, recibió el mensaje de Brown. Reaccionó con cautela. Quería descubrir qué era lo que Brown sabía, que resultó ser mucho. “No me resulta fácil juntar los datos por todas las variaciones con que escriben los nombres y la información limitada que mi abuelo puede compartir, pero estoy casi segura de que todo esto encaja”, le escribió Brown a Ritter Elbaz. “Mi corazón se acelera. Sólo intento hacer lo máximo que puedo para encontrarle [a Phippen] algunas respuestas mientras l aún está con nosotros. Creo que va a estar feliz de saber que otros miembros de la familia sobrevivieron, porque me parece que él se siente culpable”.

Ritter Elbaz le respondió: “Dios mío. Me siento abrumada. Estoy tratando procesar todo esto”.

Ritter Elbaz le envió una foto de Etti, su abuela materna, la hermana de la madre de Simón. Ninguno de los británicos había visto una imagen de ella. Brown sintió que Etti se parecía a Betty, la hermana de Simón, quien se había ido con él a Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial. En otra oportunidad, Brown vio una foto de Moni. Él se parecía a Simón. No había dudas: los israelíes y los norteamericanos eran parientes. Brown puso en silencio su teleconferencia y lloró a gritos.

Ella le escribió un email a O’Callaghan, su tía, a quien había conocido después de conectarse con su madre biológica. “¡Uau! Lo hemos logrado”, le respondió.

Brown, O’Callaghan y Carmela Ofer, la hija de Moni en Atlanta, se hicieron pruebas de ADN. Las pruebas confirmaron que ellas eran parientes. A finales de julio, Brown, dos tías y un tío visitaron a Phippen. “Hice una investigación familiar. ¿Quieres saber lo que hemos encontrado?”, le preguntó Brown.

“Sí”, respondió Phippen.

Ella reveló las noticias y le mostró las fotografías de sus “nuevos” parientes.

Durante el Holocausto, el clan se “separó y después nadie pudo encontrar al otro”, dijo el nieto de Luchinitzer y, por consiguiente, el primo segundo de Simón, Raz Almog, que vive en la ciudad de Ashdod. “Eran una familia muy unida”.

Luchinitzer, quien llegó a Israel después de la Segunda Guerra Mundial y murió en el 2006 a los 93 años, llegó a la razonable conclusión de que su hermana Sura, su hijo Simón y sus hijas Yetti y Betty habían sido asesinados. Moni sabía que en un momento Sura llevó a Simón en un orfanato, dejó a Betty con una tía y llevo a Yetti a visitar a su madre, Dora, en su ciudad natal Mogilev-Podolskiy, Ucrania, a unos 32 kilómetros al norte de Iasi. Moni recordaba haber ido con Betty a visitar a Simón en el orfanato y jugar con él allí. Pero no sabía dónde estaba Moshé en ese momento o si había sobrevivido la guerra. Tampoco sabía lo que Brown descubrió online: que Dora, Sura y Yetti fueron deportados en el verano de 1941 al campo de internación Rautel antes de que sus rastros desaparecieran.

Moni no tenía idea que Simón y Betty sobrevivieron el Holocausto y que en virtud de la ciudadanía inglesa de Moshé fueron enviados a Inglaterra por Anthony Colin Kendall, un coronel británico radicado en Bucarest como cónsul durante la guerra. Simón comenzó su nueva vida con una sucesión de cuatro hogares adoptivos, culminando con la familia Phippens en Rhondda, Gales. Como recluta en la Fuerza Aérea Real lo molestaban por su apellido judío, así que lo cambió a Phippen.

“Mis queridos, queridos hijos”, comenzaba la carta que Kendall envió a Simón y Betty el 10 de febrero de 1953, en respuesta a la carta de Simón en la que le contaba sobre su entrenamiento en la Fuerza Aérea Real. Kendall manifestó su alegría respecto a que los hermanos tuvieran padres adoptivos que los querían “para reemplazar los que les fueron robados”. También escribió: “Rezo por ustedes constantemente. Que Dios los bendiga a ambos”.

Simón tuvo una buena vida en Inglaterra. Él pasó su carrera trabajando en un rol civil como operador de telégrafo, encargado de mensajes criptográficos para la Fuerza Aérea y el Ministerio de Defensa. Tuvo hijos, 12 nietos y tres bisnietos.

Simón enterró su identidad judía, pero no por completo.

Simón enterró su identidad judía, pero no por completo. Hace casi una década, visitó Iasi. O’Callaghan y una de sus hermanas, Tracy-Jane, ya habían visitado la ciudad, incluyendo la sinagoga y el cementerio judío. El rabino los presentó a los congregantes, quienes conmemoraban ese día el aniversario del pogromo del 29 de junio de 1941 en la ciudad.

Las hermanas también fueron a la calle Pantelimon, en donde creció Simón. Entraron al edificio donde una vez estuvo el orfanato en el que vivió Simón. También Ritter Elbaz y Cecile habían visitado Iasi con Moni y su familia en 1971. También ellos fueron a la sinagoga, al cementerio y a la casa de la infancia de Moni y Cecile.

Cada sobreviviente tiene una historia extraordinaria. Simón realmente no sabe su historia, o por lo menos nunca compartió sus experiencias cuando sus hijos le preguntaron. O’Callaghan piensa que él bloqueó sus recuerdos al perder a sus padres, su hermana y su hogar siendo muy pequeño. Él no recuerda su infancia en el orfanato rumano ni que Moni y Betty lo visitaran allí. Hace poco le dijo a O’Callaghan que quizás recuerda el pogromo de 1941 e incluso haber visto cómo asesinaban a su padre. O’Callaghan se muestra escéptica.

En 1939 vivían en Rumania aproximadamente 750.000 judíos. Menos de la mitad sobrevivieron la guerra, aunque los alemanes no ocuparon el país. Alexander Avram, el director del Salón de los Nombres, explicó en una entrevista telefónica que la mayoría de los judíos fueron asesinados por compatriotas rumanos en pogromos y tiroteos o de inanición, enfermedades y frio en guetos después de ser deportados a Transnistria. Aproximadamente 6.000 judíos rumanos murieron insolados en las deportaciones del verano de 1941, conocidas como los “trenes de la muerte”, que tuvieron lugar después del pogromo de Iasi.

Luchinitzer sobrevivió después de haber sido lanzado de uno de esos trenes.

En un cuarto de hotel en Tel Aviv, 36 horas antes de la visita a Yad Vashem, Moni y su primo Simón se abrazaron a primera vista. Se sentaron uno al lado del otro, mientras sus familias lloraban, observaban y filmaban. Comenzaron a ponerse al día sobre sus vidas y sus raíces. “Es hermoso verlos a los dos juntos”, les dijo esa noche O’Callaghan a los dos ancianos.

En Yad Vashem, al comienzo de la visita familiar, Brown abrazó a Almog, su primo en segundo grado. Almog no estuvo en la reunión en el hotel. Brown sólo lo soltó después de 30 segundos. Ella asegura que el rastro que llevó a este día comenzó con la Pagina de Testimonio de su abuelo.

“Sientes la conexión, el pasado, la electricidad, saber que tenemos raíces que se entrelazan”, dijo Almog a un periodista que observó la escena.

Un guía lleva a la familia a la exhibición sobre Iasi y luego al Salón de los Nombres, con una cúpula cubierta de fotografías de judíos europeos en épocas mejores.

Los primos perdidos, Moni Sana y Simón Phippen en Yad Vashem, 2019 (Foto: Hillel Kuttler)

Ir al museo fue significativo porque el Holocausto es parte de “nuestra historia”, dijo O’Callaghan cuando salieron de Yad Vashem. “Nosotros no crecimos con el Holocausto. Aquí es donde puedes hablar libremente de esto”, dijo. “Nos educaron sin hablar de este tema. Ahora estamos aquí con la familia extendida y está bien hablar de esto”.

Al hablar sobre la visita a comienzos de noviembre, Simón admitió que todavía se sentía “abrumado” de encontrarse con parientes de los que estuvo separado durante más de tres cuartos de siglo. “Significó mucho para mí, porque siempre creí que nadie de mi familia seguía vivo”. “Que alguien recuerde que jugábamos juntos… Me emocionó y me entristeció, después de todos estos años, conocer a alguien como Moni, quien recordaba todas esas cosas de cuando éramos dos niños pequeños”.

La fotografía de la madre de Simón estuvo colgada en su habitación durante mucho tiempo, pero hasta esa primera noche en Tel Aviv, Simón no sabía cómo se veía su padre. Ni siquiera podía imaginarlo. Moni le dio una fotografía en la que están los padres de Simón. Simón se sorprendió al ver la cara de su padre. La esposa de Moni, Ani, le dijo que Moshé era sordo mudo. Simón no tenía idea.

Brown, como los demás, enfrenta una nueva realidad. Años atrás, al pensar en la difícil infancia de su abuelo, las diversas casas en las que vivió y que la expulsó a ella de la familia a través de una adopción, Brown le dijo a Phippen: “Deberías haberlo entendido mejor”. Después de eso, dejó el asunto. “No estoy resentida”, afirma. “Él absolutamente tomó la decisión correcta… estoy contenta de quien soy hoy en día”.

El cabello rubio y los ojos azules de Brown son típicamente arios, “¡sin embargo tengo sangre judía en mis venas!”, dice ella. “Me enoja cada vez más que toda la filosofía de la campaña Nazi era esta idea, pero yo soy también lo que [los nazis] querían erradicar”.

En Yaffo, Brown compró collares y pulseras con la estrella de David para ella, para Harry y para su pareja, Steven. Ahora tiene en su puerta una hamsa azul de mostacillas, un amuleto judío para la buena suerte con forma de mano,.

“Lo acepto con los brazos abiertos. Es quienes somos”.


Este articulo apareció originalmente en tabletmag.com.