Cuando tenía 12 años, decidí que era atea.

Después de todo, le había rezado a Dios varias veces pidiendo que mis padres no se divorciaran y a pesar de eso ellos se divorciaron. Cuando mi abuela católica me llevaba obligada a la iglesia, yo me aburría terriblemente. Si Dios era tan espléndido, ¿por qué ir a la iglesia era tan horrible?

No tuve un entorno ni una educación religiosa fuerte, así que dejar a Dios de lado fue fácil.

Después de haber hecho mi declaración de ateísmo, creía que todo estaba bajo mi control. Si tenía un mal día, no era que el universo intentaba decirme algo. Dependía de mí. Dado que yo era la que controlaba mi destino, me ponía muy ansiosa cuando las cosas no funcionaban. No había una fuerza mayor me cuidaba o que me protegía, así que me sentía sola en el mundo. No pensaba que hubiera ninguna clase de vida después de la muerte y me deprimía pensar en la eterna "nada" que iba a experimentar algún día. La vida parecía no tener sentido.

Hacía lo que tenía que hacer (ir a la escuela, hacer mis tareas y, a medida que crecí, trabajar medio tiempo para mantenerme), pero era muy raro que estuviera contenta con la vida. Cuando estaba en tercer año de la universidad, comencé a asistir a sesiones semanales de terapia porque tenía ataques de pánico. Estaba ansiosa por los hombres, por las calificaciones y, sobre todo, por mi futuro. Me entristecía los fines de semana cuando no pasaba nada en el campus y me quedaba en mi habitación, sola, enojada y atragantándome con pizza. Cuando no me iba bien en un examen, eso parecía ser un terrible retroceso. Si llovía (lo cual pasaba a menudo) me ponía de mal humor.

Después de la graduación conocí a Daniel, un comediante judío que ya no era observante, pero que seguía disfrutando ir los viernes a la noche a cenar en la casa Jabad cercana. La primera vez que me llevo con él, sentí la alegría palpable en la habitación, mientras los dueños de casa y sus invitados entonaban melodías de Shabat y conversaban con entusiasmo, mientras comían deliciosa comida. Esa era la clase de alegría, la comunidad y la calidez que yo necesitaba en mi vida.

Seguí participando en comidas de Shabat y descubriendo más sobre el judaísmo. La sabiduría que aprendí resonaba en mi ser y comencé a ver que el marco de vida del judaísmo podía proveer la estructura y la guía moral que yo necesitaba. Estaba fascinada con las historias de la Torá, las cuales se presentaban en mi cabeza como una película.

No hubo un momento definitivo en el cual supe con seguridad que ya no era atea. Simplemente sentía a Dios cuando estaba en esa mesa de Shabat o estudiando Torá. Era como si me embargara cierta serenidad. Eso mejoraba mis días y me daba esperanzas. En vez de confiar sólo en mí misma, sabía que Dios estaba ahí, cuidándome y asegurándome que estaría bien. Comencé a sentirme agradecida por todas las bendiciones en mi vida, que había bastantes. Ya no eran meros accidentes. Enfocarme en las cosas buenas me mostró cuan grandiosa era en verdad mi vida.

Cuando decidí hacer una conversión ortodoxa al judaísmo, Daniel decidió volverse más religioso y regresar a sus raíces ortodoxas.

A lo largo del proceso de conversión, me di cuenta que mi ánimo estaba cambiando. Seguía en terapia, pero ví cómo el hecho de ser creyente amplificaba mis esfuerzos. Si tenía un mal día, podía hablar de eso en terapia para sentirme un poquito mejor, pero en definitiva de mí dependía decir: “Dios, yo creo que todo lo que me ocurre es por una buena razón”, e intentar mejorar mi día lo máximo posible.

Ahora, 10 años después de haber empezado mi proceso de conversión y cinco años después de haberme convertido formalmente al judaísmo, estoy más feliz que nunca. Me levanto cada mañana con una maravillosa actitud, lista para conquistar lo que se me presente por delante. No dejo que las cosas pequeñas me abrumen; puedo controlarlas lo máximo posible manteniéndome calmada y centrada, pero no puedo cambiar a todos ni todo lo que me rodea. Me trato bien a mí misma y tengo confianza en Dios de que todo estará bien. Rezo por las bendiciones grandes y pequeñas, porque sé que Dios tiene el poder de transformar mi vida.

No sé dónde estaría sin el judaísmo. Probablemente seguiría sintiéndome miserable, sin disfrutar de la vida y amargada por lo que no tengo. En cambio, me enfoco en lo que sí tengo, vivo cada día al máximo y me emocionan todas las alegrías que la vida tiene para ofrecer.