Yo no soy Rabino. De hecho, yo no creía en nada: ni en Dios, ni en la Torá, ni en las mitzvot. Absolutamente nada. Para mí, sencillamente, no tenía ni lógica ni sentido. Pero el hecho de no creer no quitaba el hecho que fuera un judío legítimo, como lo expresa la ley: el que nace de vientre judío es judío.

Así fueron las primeras dos décadas de mi vida, sin creer ni vivir una vida religiosa. Excluyendo mi Brit Milá y mi Bar Mitzvá, no dediqué más que algunos minutos al judaísmo. Mas bien, vivía una vida plenamente mundana, en torno a mis amigos, fiestas, viajes y aventuras. Escapadas a discotecas hasta altas horas de la madrugada y viajes de mochilero en Europa en buscando situaciones excitantes, experiencias nuevas y explorar nuevos horizontes.

Pero sin previo aviso, cuando tenía 20 años, ocurrió un acontecimiento que transformó mi vida por completo: la madre de mi mejor amigo falleció. Este hecho fortaleció mi postura de la ausencia de un Dios. Aun así, traté de animar a mi amigo todo el tiempo que pude durante la shivá. Sin embargo, cuando me encontraba solo —camino a la universidad o acostado en la cama— no podía dejar de pensar en temas sobre la vida y la muerte. El propósito de la vida (si es que había uno). Y, por supuesto, en Dios.

Teniendo todas estas dudas existenciales, terminó la shivá. “¿Y yo?”, pensé, “¿Qué hago yo con todos estos pensamientos? ¿Estos sentimientos, reflexiones y preguntas que surgieron esta semana? ¿Qué hago con estas ganas que tengo de saber y encontrar respuestas? ¿Qué hago con este llamado interior que surge dentro de mi con una fuerza que nunca antes sentí? ¿Puedo dejar de lado todo esto y seguir con mi vida? ¿Todo esto queda aquí, sólo porque terminó la shivá?

No fue sino hasta el día siguiente que pude responder las preguntas. Sentí un gran impulso, algo dentro de mí, algo que no sabía lo que era, me decía que tenía que seguir buscando. Que continuara indagando, cuestionando y preguntando. Que buscara la verdad.

Así fue como me propuse el reto de investigar, de una manera honesta y objetiva, si existía un sentido para nuestra vida. Un plan. Un Creador. Empecé a asistir a distintos shiurim, hablar con rabinos, leer libros de filosofía. Y después de dos largos y difíciles años, seguía sin creer en Dios.

Pero un día, debido a mi incesante deseo de encontrar la verdad, escuché en un shiur una idea que cambió mi vida para siempre:

Vas caminando por el desierto cuando de repente te tropiezas con una piedra. ¿Esto te dice algo? ¿Te sorprende o crea en ti alguna intriga o curiosidad? No. Es una simple piedra que se formó de minerales y agua. Nada especial.

Sigues caminando por el desierto y encuentras 12 piedras. ¿Esto te dice algo? ¿Te sorprende o crea en ti alguna intriga o curiosidad? No. Son 12 piedras que se formaron de minerales y agua; otras siempre estuvieron ahí. En fin, nada impactante.

Caminas un rato más y encuentras 12 piedras colocadas en un círculo perfecto, una circunferencia de piedras en medio del desierto. ¿Esto te dice algo? ¿Te sorprende o crea en ti alguna intriga o curiosidad? Vamos a decir que no, que estas piedras también son el resultado de minerales y agua y, por casualidad, quedaron en esa posición.

Continúas caminando por el desierto y encuentras un reloj. Un reloj que funciona perfectamente. Las agujas marcan los segundos, los minutos y las horas; señala el día del mes y posee una cadena diseñada para que te lo cuelgues y no se caiga. ¿Esto te dice algo? ¿Te sorprende o crea en ti alguna intriga o curiosidad? Ahora sí no cabe la menor duda de que alguien estuvo ahí. No sé si el reloj se le cayó o si lo dejó a propósito en ese lugar. No sé qué pasó, pero alguien tuvo que haber pasado por ahí, porque un objeto o mecanismo que tenga forma, diseño, orden y una función, tiene que haber sido creado por una mente superior a dicho objeto. No existe la posibilidad de que ese reloj se haya creado solo o lo haya hecho la naturaleza espontáneamente y al azar, por millones y millones de años que pasen. Y a pesar de que no puedas ver a la persona, sabes que alguien tuvo que crear el reloj.

Ahora mira el mundo que te rodea. El sol siempre sale por el este y se oculta por el oeste demostrando que hay un orden. Plantas una semilla de manzana (la cual no tiene ninguna semejanza a la manzana) le echas agua y al cabo de cierto tiempo se forma un tronco de madera que puede ser usado para muebles. Crecen hojas que, tras un complejo proceso de fotosíntesis, proporcionan el oxígeno que necesita el ser humano para respirar. Y sale un fruto que sirve de alimento, y si no te das cuenta de que es para comer, cambia de color a uno más atractivo para llamar tu atención. Y si aún no te has percatado de este fruto, cae del árbol avisándote que está listo para proveerte de energía. No sólo eso, sino que sabe y huele bien. Y todo esto de una “simple” semilla.

Usando el mismo razonamiento que aplicamos para con el reloj ¿El universo fue creado? ¿O un simple reloj sí y el mundo con todas sus complejidades no?

Esta historia irrumpió en mi cabeza y despertó en mí una idea. Una idea que me permitió desbloquear mi mente. Me permitió salir de las limitaciones que condicionaban mis creencias. No es que empecé a creer en Dios inmediatamente, por supuesto que no. Creer en Dios no es algo que se puede decidir en un momento, como comprar un chocolate o tomar un refresco. Mas bien fue un cambio progresivo: “La historia del reloj” —como me gusta llamarla— no salía de mi cabeza. Me preguntaba una y otra vez “Si acepté que el reloj tuvo que crearlo alguien, ¿por qué el cerebro con toda su anatomía no? ¿O acaso un reloj es más complejo que un cerebro? ¿Y un árbol? ¿Y el agua, con sus estados y ciclos? ¿Los animales?... ¡Los humanos! ¿Acaso no son todos más complejos que un simple reloj?”.

Pasé varios meses perturbado por esta idea. La lógica que había implementado en la historia del reloj me decía que sí, que el cerebro, el árbol, el agua, los animales, y por supuesto, los humanos, tuvieron que haber sido creados por alguien. Un objeto con orden, sentido, función y forma tiene que ser creado, controlado y supervisado por una mente superior a dicho objeto.

Pero mi “lógica” y mi “pensamiento científico” me decían que no podía existir un Creador. ¡Así había vivido por más de 20 años! Pero ¿en qué basaba mi argumento de que no existía Dios? ¿En preguntas típicas como: “¿Quién creó a Dios?”. “¿Dónde está que no lo vemos?”. “Si existe, ¿porqué ya no hace milagros como antes?”. Y, mi preferida, “¿Cómo si Dios existe hay tantas injusticias y sufrimientos?”. A pesar del peso que tenían estas preguntas, me di cuenta de que no podía justificar mi postura con preguntas, que en su mera formulación ya parten de la premisa que sí hay un Dios.

El debate seguía en mi cabeza. Pasé mucho tiempo tratando de dormir mientras batallaba en mi cabeza si existía un Creador. Por un lado, visualizaba el mundo. Los organismos, las células, la fotosíntesis, el sistema solar… ¡la vida! Todo tenía un diseño, una estructura y orden tan revelado, que no podía dejar de ver “la mano” que había detrás de ellos. Por otro lado, estaba mi experiencia hasta el momento, 20 años negando la existencia de Dios, tenía preguntas. Y el debate seguía en mi cabeza. Fueron meses de mucha observación, debate y reflexión.

Pero la historia del reloj ya había ejercido un efecto en mí. Un cambio. Una idea que no podía ignorar. Por más que debatiera y quisiera negar la existencia de un Creador, no podía evitar apreciar que todas y cada una de las personas, animales y plantas que veía, todo, absolutamente todo, tenía detrás una inteligencia superior. ¡Tenía que ser así! Era tan simple y evidente. ¡Tan lógico! Era innegable.

Después de meses sin dormir y mucho pensar, reflexionar y analizar, encontré lo que tanto estaba buscando: al Creador. Sin darle un nombre específico: Dios, Energía, Gran Arquitecto… El hecho es que hay un Creador. Un mundo tan complejo y ordenado no puede ser producto de una “creación espontánea” o una simple “explosión” junto a “miles de años de evolución y procesos que ocurren al azar” como solía pensar.

Ahora sólo me quedaba descubrir qué quería este Creador de mí…