Durante el segundo año en la universidad, entré a la clase de Antropología y la vi… ella brillaba. Realmente brillaba, incluso más que en las películas. Mi corazón supo que había algo en ella, algo amable, cálido y bondadoso. Tampoco molestaba que fuera una mujer rubia hermosa.

Nos enamoramos. La clase de amor en donde alguien puede ver tu alma y tú puedes ver la de ella en completa vulnerabilidad y aceptación. Una clase de amor en donde dos personas están mutuamente comprometidas, dispuestas a arriesgar todo el uno por el otro. La clase de amor en la que cuando debido a mi inseguridad le pregunté qué le gustaba de mí, me dijo: “Mi”.

Ella me amaba simplemente por quién era. Fue esa clase de amor que curó partes de mí que ni sabía que estaban rotas. Fue fácil ignorar al rabino discriminador que les aconsejó a esas pobres almas que renunciaban a las prácticas de futbol por la tarde para asistir a la deprimente escuela de judaísmo, que no nos casáramos con alguien que no fuera judío.

Estar con su familia era un alivio de una forma que es difícil de explicar. Su familia no tenía cierto peso que yo sentía en mi familia judía, cierto pesimismo, cierta sospecha de todo, cierto cuestionamiento de todo, una cierta incomodidad constante. Su padrastro era un ministro presbiteriano. Un pariente cercano intentó advertirme sobre los posibles problemas en esa dinámica, aunque nunca lo dijo tan abiertamente. Sólo dijo algo parecido a: “¿Tienes consciencia de que su padrastro es un ministro presbiteriano?”.

Pero eso no era un problema. No para nosotros. Ella no creía en Jesús. No se identificaba como cristiana. Ambos creíamos en Dios. Conocíamos el amor.

Éramos inseparables. Teníamos aventura tras aventura. Cuando comencé a enseñar, ella me recogía después de la escuela. Me enseñó a conducir. Asistió al funeral de mi abuelo. Me enseñó organización. Me enseñó a jugar al croquet.

Teníamos nuestros sitios, nuestros lugares: nuestro estanque, nuestro restaurante, nuestras bromas internas, nuestro mundo propio que creamos juntos, un mundo en donde los niños de cualquier edad tenían permiso para jugar, porque todos seguimos siendo sólo niños en el parque, sin importar que otros quieran llamarnos adultos.

Irónicamente, a pesar de ser los empecinados liberales que éramos, indirectamente ella fue quien me ayudó a darme cuenta del exceso de mi mentalidad liberal que pensaba que Estados Unidos siempre estaba equivocado. Porque si Estados Unidos siempre estaba equivocado, ¿cómo había podido crearla a ella?

Comencé a interesarme más en el judaísmo. Lo que fue maravilloso fue que vi en ella y en la forma en que me trataba que no había nada malo en ser judío. Ella veía que el judaísmo me hacía feliz; ipso facto, el judaísmo era algo bueno. Encendíamos velas juntos cada semana.

Le propuse matrimonio. Ella dijo que sí. Incluso estuvo de acuerdo con que un rabino oficiara la ceremonia… siempre y cuando fuera una mujer, porque era feminista.

Problema: ¿Cómo educaríamos a nuestros hijos?

Ella no quería que tuvieran una identidad religiosa. Yo quería que fueran absolutamente judíos.

Discutimos y discutimos. Y cada vez que sentía que habíamos llegado a un acuerdo, no era cierto. Hablé con un rabino. “Tienes que responder esta pregunta: ¿Es ella lo más importante en todo el mundo?”

¡Definitivamente si!

Sin embargo…

No sentía que fuera correcto. No me sentía bien.

La presión no venía del exterior. Venía de adentro.

Fuimos a ver El violinista en el tejado en la escuela preparatoria en donde yo trabajaba como sustituto en ese momento. Al final del show, cuando el elenco paseaba alegremente por el auditorio con sus trajes nostálgicos, sentí algo muy extraño. Al verlos con sus barbas falsas tuve una idea incómoda: “En este espacio de simulación, puedes ser judío. En una caja, por diversión, es seguro; puedes ser judío. Pero no afuera".

Le pregunté: "Si yo decidiera usar una kipá, ¿estarías cómoda con eso?"

No, me dijo.

"¿Y qué ocurriría si nuestros hijos lo desearan?"

Si, me dijo.

Avanzábamos en caminos diferentes y aunque yo desesperadamente quería hacerlo, no podía parar. ¿Quién quiere dejar a la persona que más ama en el mundo? Yo no. Pero la parte imparable era sentir que una parte muy grande e importante de mi iba a quedar bloqueada. Esto en realidad no tenía sentido porque yo pensaba que todos pueden escoger la religión que quieren tener. En ese momento yo pensaba que las diferentes religiones eran sólo trajes diferentes para la Única Verdad y que se trataba simplemente de la moda que uno elegía. Aunque en cierta forma esto es verdad, yo no comprendía que aunque las diferentes religiones tienen mucho en común, también tienen desacuerdos fundamentales.

Más importante aún, yo no entendía que cuál era mi traje no parecía depender de mí. Pensaba que la idea de un alma judía era sólo una forma en que los racistas podían crear divisiones entre las personas. Pero, ¿de qué otra forma podía explicar que sólo las cosas judías me encendían y que tenía tanta sed por aprender más? ¿Cómo podía mi yo espiritual pero no religioso explicar que algo me faltaba y que lo que me faltaba sólo parecía llenarse al leer textos sagrados judíos, al explorar sitios web sobre judaísmo o hacer preguntas desde lo más profundo de mi alma?

Yo estaba inexplicablemente emocionado al estudiar cosas judías. Incluso me daba felicidad ver sinagogas en el camino. Me asusté. Había pensado que podía elegir lo que quería mi alma.

Con la vana esperanza de que ella quisiera unirse a mi camino de judaísmo, la convencí para que me acompañara a una sinagoga conservadora para los rezos de la mañana de Shabat. La mayoría de los bancos vacíos, los sidurim viejos, me recordaron la sinagoga en la que había hecho mi Bar Mitzvá. Me sorprendió la emoción que sentí ese día. No era el sentimiento de nostalgia, familiaridad o semejanza a un recuerdo. Era el sentimiento de llegar a casa en un hogar que nunca conocí y enterarme que era mío. Fue casi como si la bimá, el jazán, el rabino, el libro de rezos y el servicio fueran todas expresiones, los ornamentos de la presencia del Único que rondaba por encima de todo, y que esta era la clase espacio en donde tenía que estar para recibirla.

No fue un momento racional. Fue un giro en el corazón; fue como si Dios se me acercara y me dijera: “Sí, sé el judío que eres”.

Yo realmente no quería serlo, pero mi alma sabía mejor.

En nuestro mundo progresivo en donde todos son bienvenidos, todavía teníamos nuestras zonas de comodidad, nuestros límites, nuestras fronteras. Ella me amaba, me dio la fortaleza de mirar hacia adentro y ser quien soy, un judío que no quería guardar su judaísmo en una caja.

Cuando rompí el compromiso y le pedí perdón, ella me dijo que no tenía que disculparme por ser quien soy. Ella me amaba por ser quien soy y quería que yo fuera yo. Sentí una pena demoledora y a la vez emergió una sensación de completitud. Sabía que había tomado la decisión correcta.

Cualquier contribución que hago al mundo judío se debe a ella.

Baruj Hashem, esta historia tiene un final feliz. Después de alrededor de siete años de continua búsqueda espiritual, terminé convirtiéndome en un judío observante que se casó con la hermosa mujer con quien debe estar.

El amor honra las fronteras. El amor trasciende las fronteras. El amor une. El amor le permite al alma florecer. Si he aprendido algo es esto: el amor es un regalo de Dios; nosotros estamos aquí para amar a cada persona y estamos aquí para hacerlo bien. Yo aún estoy aprendiendo.