Mi bipolaridad ha guíado gran parte de mi vida. Hubo muchas "estaciones" a lo largo del camino, algunos colapsos que requirieron atención de emergencia, algunas estaciones felices y algunas paradas en los pueblos más oscuros, vacíos y solitarios. El camino continúa, mostrándome nuevas rutas a seguir.

Por muchos años siempre hubo “algo” al acecho. Ya fuera el hecho de ser el payaso de la clase a pasar a ser extremadamente sensible al crecer; los momentos en la infancia en que me sentaba en un rincón de la habitación, me balanceaba de atrás para adelante y mantenía una animada conversación con mi fallecida abuela, o la vez que con desesperación traté de cavar las tumbas de niños que habían muerto cientos de años antes, convencida de que no podían respirar.

Todos estos “episodios” no fueron tratados. Fueron observados con horror y silencio, temiendo lo que podían llegar a pensar los vecinos. Hasta que finalmente, después de un severo colapso nervioso, diagnosticaron que sufro de trastorno bipolar.  

No me gustan las etiquetas, pero recibir la etiqueta de bipolaridad fue un salvavidas. Ya no me siento sola. Ya no me preocupa ser una persona loca, impredecible, alguien de quien hay que mantenerse alejado. Acepto quien soy y reconozco que a pesar de que hay cientos de miles de personas que luchan con estos mismos problemas de salud mental, tristemente existe un estigma, un estigma que nunca desaparecerá, un estigma que impide a las personas vivir la vida satisfactoria y feliz que podrían tener.

Ser una persona con bipolaridad (no una persona bipolar ¡hay una gran diferencia!) es como tener una pequeña parte adicional dentro de mi cerebro. Por lo general está quieta, feliz, en silencio, ocupada en sus propios asuntos, pero siempre está ahí y tiene un efecto en la forma en que piensas. Cosas que otras personas pueden decir inocentemente, en tu mente se convierten en montañas. Repites y repasas cada palabra. En general sientes más, por lo que tus niveles de sensibilidad tienden a ser mucho mayores que los de otras personas.

Por ejemplo, alguien que camina por la calle y ve a un padre gritándole a un niño probablemente sacudiría la cabeza, tendría un poco de empatía por el niño y seguiría adelante. Pero mi cerebro bipolar se obsesionaría. Yo puedo ver cada detalle de miedo en el rostro del niño. Al llegar a casa mi mente estará llena de posibles escenarios: ¿Va a estar bien ese niño? ¿Abusan de él? ¿Qué estará pasando con él ahora? Mientras estos pensamientos me superan, esa pequeña porción asentada cómodamente en el fondo de mi mente comienza a crecer y sigue creciendo… Eventualmente llevándome a un episodio.

Por eso tenemos que ser súper cuidadosos. Tenemos que cuidarnos de no escuchar noticias espantosas, no ver videos perturbadores ni leer libros muy emotivos. Tenemos que cuidarnos de los desencadenantes, pero ellos acechan por todas partes.

Asimismo, esta sensibilidad extra nos da la habilidad de ser más empáticos, más comprensivos, más bondadosos y afectuosos.

Los episodios bipolares son diferentes en cada persona. Pueden ocurrir semanal o mensualmente, unas cuantas veces al año o no ocurrir durante muchos años. También difieren en severidad. Por ejemplo, durante los 16 años desde mi diagnostico tuve unas cuantas admisiones al hospital, algunas por unos cuantos días y la más larga por 6 meses, pero a veces sólo durante una o dos horas.

Yo tiendo a experimentar mi bipolaridad con momentos de alta energía. Al pasar un período muy estresante, ya sé (lleva años llegar a reconocerlo) cuándo viene un episodio, la caída libre, los pensamientos erráticos obsesivos, la incapacidad de concentrarme, la fantasía que se convierte en mi realidad de ser la reina, un agente secreto, etc. Todas estas cosas son señales de alerta. A veces puedo parar un episodio antes de que me consuma. Voy a un lugar seguro, duermo, tomo una medicina extra (la medicación es esencial). Pero a veces no hay como detenerlo y llego a mi “lugar feliz” en un instante.

Para las personas que me rodean es muy difícil. Cuando le robo las llaves del auto a mi esposo e intento saltar por la ventana para conducir por la autopista o cuando estoy convencida de ser un agente del Mosad y que quienes me rodean son mis soldados, sé quiénes son las personas con quienes puedo estar segura. Esos pocos que saben por el tono de mi voz que estoy al borde o en medio de un episodio, esas tres o cuatro personas que gracias a Dios están siempre a mi lado y saben qué hacer.

La Bipolaridad NO es una elección. No tiene sentido decirnos que paremos, que nos controlemos. Podemos controlarlo con medicinas, pero aun así, a veces los remedios dejan de ser efectivos o la dosis no es suficiente y puede ocurrir un episodio maníaco o depresivo.

Por favor, sepan que a pesar de los reportes de los medios de comunicación, nosotros no cometemos ataques terroristas ni conducimos aviones hacia la ladera de una montaña porque tenemos una enfermedad mental. Cuando ocurre algo así, nos entristece que los medios de inmediato caigan en los “problemas de salud mental del perpetrador”.

Somos como tú, somos personas normales, somos tu familia y tus amigos.

Si alguien que conoces tiene un problema de salud mental, no te avergüences. Es una enfermedad; no una elección personal. Asegúrate de que reciba la medicación correcta, que sepa que lo quieren y que tú estás ahí para ayudar, sin importar lo que pase.

La terapia es increíblemente importante. Siento que todos se pueden beneficiar de tener un terapeuta, pero para la persona con bipolaridad es incluso más importante porque experimentamos ansiedades, estrés y cosas desconocidas que vienen con eso.

Mi camino sigue en curso. Espero de alguna manera ayudar a abrir los ojos de aquellos que están ciegos ante la realidad de los problemas de salud mental y cómo nos afectan a todos de una u otra forma.