Hace algunos años fui a una clase de una mujer excepcional e inspiradora llamada Janet Levy. Ella era una oradora excepcional que enseñaba el arte de crear una vida satisfactoria, confiada y dichosa.

Entre sus enseñanzas, ella ofreció una interesante fórmula que nos alentó a poner en práctica para resolver los muchos desafíos que enfrentamos en nuestra vida.

Ella declaró: “Esta fórmula abre las puertas de tu entendimiento intuitivo. Te dará armonía, fuerza interior y dirección. Para practicarla, tienes que confiar y superar tus dudas y tus resistencias internas. Es algo sorprendentemente simple. Sin embargo puede abrir puertas que nunca soñaste que existen”.

Todos quisimos saber cuál era esa fórmula.

“Primero, necesitan una lapicera y una hoja de papel. Ahora escriban una carta dirigida a Dios. Esta es una carta de agradecimiento. Todavía mejor, que sea una carta de amor”.

Al oír esto, hubo un coro de objeciones. “¿Qué se supone que debo decir?” “No me gusta escribir”. “Voy a sonar muy tonta”. “¿Qué haremos con esa carta? ¿Llevarla al correo?”.

“Se los prometo, Dios no se va a reír de ustedes”, nos dijo con absoluta seguridad. “Cuando le escriben una carta Dios, pasan por encima de su orgullo negativo y de sus dudas, de sus miedos y sus reservas. Entonces pueden derramar su corazón tal como lo harían con su mejor amigo o con un padre ideal. Quizás con el ideal que desearían haber tenido. Descarguen todos sus problemas y preocupaciones, todos sus miedos, desilusiones, enojos, dolores y todos sus defectos. Lleven Su atención afectuosa hacia sus esperanzas y sueños. Pidan ayuda para desarrollar confianza en Su compasión eterna y en Su poder para liberarlos.

“Después de pedir, esperen recibir las respuestas. Cuando abran sus corazones y escuchen, el entendimiento de Dios aparecerá en su mente y fluirá espontáneamente. Recibirán direcciones claras y un apoyo afectuoso. Estas instrucciones son inmensamente valiosas. Recuerden escribir estos pensamientos valiosos antes de olvidarlos”.

Como todos los demás, yo también me resistí a tomar papel y lápiz y escribir esa carta. Pero lo intenté, escribí mi carta a Dios.

Y la experiencia me sorprendió.

Muy pronto tuve un flujo de ideas y respuestas prácticas para las situaciones de mi vida, escritas claramente sobre mi hoja de papel, acompañadas de una sensación de certeza interna, armonía y paz.

Las palabras comenzaron a fluir sin esfuerzo, brillando con una energía curativa. Me sentí segura y profundamente emocionada. Aquí había un nivel de comunicación con Dios que parecía natural y sencillo. Podía verter mis sentimientos y mis preguntas y recibía respuesta.

Mientras más me dirigía al Ser Infinito y seguía escuchando las respuestas y escribiéndolas, más me inundaba una sensación de calidez, comodidad y claridad.

Como nos ocurre a la mayoría, estas leves inspiraciones llegan y se van con el viento. Nuestra mente no descansa. Cuando tenemos el privilegio de experimentar momentos de profundidad, de intensas plegarias, de foco interno e inspiración, gradualmente nos elevamos a un sitio de paz que está allí esperando que entremos.

Trata de escribir tu carta a Dios y prueba qué ocurre.


Tomado del libro “Answers from Above” de Liliane Ritchie