La historia de Janá y su súplica desesperada a Dios me resulta uno de los relatos más apasionantes de toda la Torá. Cada año, cuando leemos esta haftará el primer día de Rosh Hashaná, la emoción cruda de Janá y su profunda tristeza por no haber sido bendecida con hijos me despierta un torrente de emociones. En última instancia, la plegaria conmovedora y desgarradora de Janá logró transformar su estado de absoluta desesperación en una exaltación sin precedentes cuando finalmente fue bendecida con un hijo: Shmuel.

A través de Janá aprendemos dos clases diferentes de plegarias: bakashá (suplicarle a Dios las cosas que deseamos profundamente), que es el formato de su plegaria inicial cuando le suplicó a Dios que le diera un hijo; y hodaá (expresar nuestro profundo agradecimiento a Dios por los regalos que nos otorga), que es la expresiva plegaria que Janá eleva después del nacimiento de su hijo. Lo más conmovedor de las plegarias de Janá es que son sumamente profundas y llenas de significado. En el momento más desesperado, Janá entendió que el único a quien podía acudir pidiendo ayuda era Dios, y una vez que obtuvo respuesta a sus plegarias, ella tuvo una aguda conciencia de que era Dios, y sólo Dios, quien le había otorgado ese niño. Entonces Janá ofreció una expresión sin precedentes de apasionada gratitud a Dios.

Las plegarias de Janá manifiestan su intensa, profunda y sincera relación con Dios. De Janá aprendemos que la plegaria es una oportunidad única para conectarnos con Dios.

Si bien el objetivo óptimo es desarrollar la misma clase de intensa cercanía a Dios que experimentó Janá, la realidad para la mayoría de las personas es que lograr y mantener ese elevado nivel de conexión parece algo imposible. Podemos rezar cada día, pero nos distraemos y nuestra mente se dispersa. A veces rezamos en piloto automático. Hay oportunidades en las que tenemos la fortuna de ser capaces de abandonar nuestros pensamientos mundanos y olvidar nuestros planes del día, y de hecho logramos esa bella cercanía y conexión con Dios que tanto deseamos.

¡Qué maravilloso sería si cada plegaria que pronunciamos tuviera esa intensa introspección y ese profundo significado! Pero somos humanos. A pesar de que los momentos en los que nos conectamos profundamente no son tan frecuentes como nos gustaría, de todos modos podemos mantener nuestra conexión con Dios a través de nuestro compromiso por rezar de forma frecuente y consistente.

Las plegarias son como una llamada de "contacto" con tu madre o con un amigo cercano. A veces esas llamadas resultan en conversaciones largas, profundas y significativas; esas que nos transportan en una manera realmente significativa.

Otras veces, la llamada sólo es para saber cómo está alguien que amas y que te ama. A pesar de que esas llamadas "simples" no tienen tanto peso como las conversaciones más emocionales, de todos modos son vitales para mantener el nexo, porque proveen una estructura a la naturaleza cotidiana de la relación. Lo mismo ocurre con la plegaria. Incluso si cada vez que rezamos no logramos el nivel deseado de conexión con Dios, mientras sigamos trabajando en la relación y alimentando nuestra conexión con Él, nos sentiremos reconfortados al saber que la conexión existe, y que Dios estará allí para nosotros cuando acudamos a Él.

Aquellos que no hayan mantenido su relación innata con Dios, deben saber que esto es algo que se puede corregir fácilmente. Piensa que es como reestablecer una conexión con un viejo amigo con quien no has hablado durante un tiempo: todo lo que tienes que hacer es levantar el teléfono y llamarlo, y la conexión se reiniciará automática y maravillosamente. Cada uno tiene una chispa Divina que está siempre dispuesta a ser reencendida y nutrida. Dios espera nuestro llamado.

Que nuestras plegarias durante las Altas Fiestas (y en general) nos permitan elevarnos a nuevas alturas en nuestra conexión individual y colectiva con Dios.