Tengo 38 años y recién ahora estoy aprendiendo a rezar...

Crecí en un pueblo donde había muy pocos judíos y la plegaria no formaba parte de mi vida cotidiana. Ahora estoy tratando de integrarla a mi vida. Hace un año mi familia se unió a una sinagoga y me siento orgullosa de que hayamos elegido vivir una vida judía.

En parte, esa fue una de las razones por las que quise participar del viaje a Israel con el Proyecto Renaissance para mujeres judías. Me encontré con las maravillosas mujeres de JInspire y no podía esperar a pasar más tiempo con ellas en Israel y aprender de ellas.

Pero a medida que se acercaba la fecha de nuestra partida, cada vez me sentía más nerviosa. No conocía personalmente a ninguna mujer de las que participarían en mi viaje, no tenía ninguna amiga en el programa. Yo crecí en un hogar menos observante que muchas de las mujeres que participarían. ¿Me iban a enseñar o me iban a juzgar? De repente me llené de inseguridades.

Sin embargo no estaba dispuesta a permitir que esos temores amargaran esta oportunidad única en la vida de ir a Israel y conectarme con otras mujeres judías. Las mujeres de mi grupo eran maravillosas, así que respiré profundo y formulé mis preguntas. Les pedí ayuda cuando la precisé. Cada vez recibí respuestas y sonrisas amables.

Teníamos programado ir al Muro Occidental en la noche del jueves. Antes de partir tuvimos una clase y luego todas las participantes de mi grupo recibieron un sidur con nuestros nombres grabados en color dorado. Recorrí las letras con mi dedo. Abrí la cubierta y toqué las páginas suaves. ¡No podía creer que ese hermoso libro de plegarias fuera mío!

Mientras caminábamos, no podía dejar de pensar. Estaba a punto de rezar en el lugar más sagrado del mundo, iba a pisar piedras que estuvieron en ese lugar durante 2.000 años. Generaciones de judíos rezaron pidiendo tener la experiencia que milagrosamente yo tendría en unos cuantos minutos. Cerré los ojos un instante.

Nuestro increíble grupo en Israel

Traté de calmar mi mente, pero mi cabeza se llenó con los nombres de los miembros de mi familia, del presente y del pasado. Sonreí y lentamente recité sus nombres. Mis tatarabuelos y mis bisabuelos. Mi abuela y mi abuelo. Mi madre y mi padre. Ninguno de ellos estuvo nunca en Israel, y yo estaba parada en el Kótel. Estoy aquí. Soy judía. No quebré y no voy a quebrar la cadena.

Dije shehejeianu. Toqué el muro con mis dos manos, asegurándome de que mis anillos —en la mano izquierda mi alianza de boda y en la mano derecha un anillo “de madre”, con gemas correspondientes a los meses en que nacieron mis hijas— tocaran las piedras del Kótel. Di un paso hacia atrás y abrí mi bello sidur.

Estaba rodeada por cientos de miembros de JWRP, grupos de todo el mundo, estudiantes y mujeres israelíes. En el aire se escuchaban media docena de idiomas. Ocasionalmente alguien lloraba. Las lágrimas me nublaron la visión, las sequé. Quería verlo todo, escucharlo todo, absorberlo todo.

Mis primeras plegarias en el Muro fueron imperfectas, pero cada vez que me equivocaba recordaba lo que había dicho nuestra líder. Ella nos dijo que podíamos leer del sidur o decir algo completamente diferente. “La plegaria es la lapicera del corazón”.

La frase me llegó. Allí, parada en medio de todas esas personas en el Kótel, comprendí que la escritura es mi forma de rezar. Así fue como aprendí a formular preguntas. Escribiendo. Así proceso mis errores. Así manifiesto mi gratitud. Así expreso mis más profundos deseos para mi familia y para mí misma y los envío a Dios. En Israel, descubrí que hay más de una forma de hablar con Dios.

Si la plegaria es realmente la lapicera del corazón, entonces, todo el tiempo tuve las palabras en mi interior.