Ese lluvioso día de otoño no quería rezar. Me había desgastado tras pasar varias noches sin dormir y semanas de frustración. Había dos miembros de mi familia en el hospital, una de mis mejores amigas se estaba por comprometer y enfrentaba mi propio escenario con el tema de las citas… En ese momento no estaba segura en dónde estaba en mi relación con Dios.

Estoy enojada, entendí al observar mi sidur. Deseaba que el sidur rezara por mí, que al mismo tiempo quería y no quería rezar. Lo abrí, pasé las páginas, pensé en las historias que podría contar si hablara. Lo cerré. Lo abrí. Lo cerré. Pasé mis dedos por su cubierta mientras en mi cabeza las voces peleaban sobre qué hacer a continuación.

Igual no sirve de nada, dijo una.

¿Qué sabes TÚ?, le respondió otra, un poco más prudente.

Estaba bloqueada. Sonó mi teléfono. Contenta de tener una distracción al dilema en el que me encontraba, agarré el teléfono y abrí el mensaje de texto de una buena amiga. Oh, es uno de esos. El texto de un Salmo, pidiendo rezos. La madre de una conocida estaba enferma; los médicos estimaban que el final estaba cerca. Una mujer joven enfrentando la mayor incertidumbre de todas. La vida se invirtió, como si estuviera girando en el centro de un tornado. Abrí el sidur y empecé a rezar.

Las semanas siguientes estuvieron repletas de mensajes de texto con actualizaciones. Un día estaba mejor, al siguiente las cosas empeoraban. Mientras viajaba al trabajo en mi pequeño auto azul, mis colegas hablaban de un tratamiento terrible, la única posibilidad de sobrevivir, cuando ya no quedaba otra opción. Recé tres veces al día, me vestí con más recato, forcé a los furiosos duendecitos interiores para hacer un poquito más, para contribuir. Me enojé una vez menos con mi hermana, me abstuve de compartir algo realmente gracioso que probablemente era un chisme innecesario. Lloré. Rogué. Supliqué. Quería desesperadamente un milagro. Casi esperaba que ocurriera un milagro.

Sentía satisfacción por mi contribución a la causa. Había un gráfico de barras imaginario que crecía con todas las acciones que podían realizarse, especialmente porque sabía cuán difícil me resultaba.

Pero entonces, en un engañoso día de sol, ella falleció.

Fue un golpe duro. Más de lo que hubiera imaginado, considerando que apenas la conocía. Lloré por su familia, por sus hijos (el más pequeño de dos años, con hermosos rulos oscuros, hoyuelos y ojos verdes). Lloré porque ocurren cosas tristes, porque existe la muerte, porque la aflicción, la pérdida y el dolor son inevitables. Pasé el día haciendo las cosas a medias, sorprendiéndome a mí misma con lágrimas cuando corregía exámenes, cuando preparaba un omelette, cuando compraba un pepino. Para entonces ya era casi el atardecer.

Pensé en no rezar. En lo impotente que me sentía para cambiar cualquier cosa, cuánto me dolía que Dios hubiera dejado que eso ocurriera… Y entonces también pensé cómo sentí que esa mujer que apenas conocía merecía todas mis buenas acciones. Había hecho todo porque sentía que ella era buena, que ella lo merecía, que ella necesitaba los méritos que yo podía darle.

Sin embargo, aquí estaba yo, necesitando más que un milagro… ¿Qué hay de mí? ¿No merecía yo una buena acción, un rezo con concentración, una chispa de esperanza en la oscuridad? Y si lo merecía, ¿cómo podría evitar acercarme otra vez a mi Creador, pedir, rogar, suplicar por mí y por mi vida? ¿Cómo podía no darme a mí misma la posibilidad de los méritos que trae y la conexión que fomenta?

Recé. Hablé con palabras, escribí y lloré. Todavía no recibí lo que quiero. Pero mientras tanto hago las cosas que me recuerdan que de cualquier forma merezco cada rezo que pueda recibir. Y, por cierto, cada rezo que pueda dar.