Tengo que admitir algo. No me gustan los bebés recién nacidos. No me entiendan mal, amo enormemente a cada uno de mis hijos. Simplemente no logro conectarme con ellos cuando son recién nacidos. Lo único que hacen los bebés es comer, hacer sus necesidades, dormir y llorar cuando necesitan cualquiera de estas cosas. Durante años me sentí culpable por pensar de esta manera, pero hace poco comencé a sacar el tema con algunos amigos que son padres y descubrí que no estaba solo. Todos aquellos con los que conversé estuvieron de acuerdo en que en verdad no sienten mucha conexión con sus bebés durante los primeros meses de sus vidas. A la mayoría de los padres les lleva un tiempo desarrollar un lazo con sus pequeños.

Con las mujeres ocurre lo contrario. Desde el momento en que una mujer se entera que está embarazada, ya está enamorada de su bebé. Y después del parto, está en las nubes.

Cuando nació nuestro primer hijo, al ver por primera vez a ese bebé pequeño mi esposa exclamó: “¡Lo amo!”. Yo esperaba ansioso que llegara mi turno para sostenerlo. Finalmente terminaron de limpiarlo y lo colocaron en mis brazos. Su cabeza tenía forma cónica y su rostro arrugado tenía una pálida tonalidad rosada con matices grises y azules. Era un rostro que sólo una madre podía amar.

—¿No es hermoso? —me preguntó mi esposa desde la cama del hospital.

—Mmmm. Sí, sin duda es muy lindo —Murmuré. Bueno, supongo que esto es ser un padre, pensé. Simplemente asiente con la cabeza, sonríe y pretende que sabes de qué habla tu mujer.

¿Por qué las reacciones son tan diferentes? Por supuesto que nuestras hormonas tienen un rol. Pero hay mucho más. Mi esposa había pasado los últimos nueve meses desarrollando un nexo inextricable con el bebé, un nexo más íntimo e intenso de lo que cualquier hombre puede llegar a conocer.

Yo me sentí un poco dejado de lado en todo lo relativo al bebé. Ella lo llevó en su cuerpo, lo trajo al mundo y lo alimentaba. Mi trabajo era secundario.

Pero una noche todo cambió. Estaba sentado sosteniendo a mi primogénito, cuando de repente me miró a los ojos y sonrió. Por primera vez sentí que mi parte en la relación era importante. Él me reconocía. Ahora teníamos una relación. Él se reía cuando yo le hacía cosquillas, gritaba de placer cuando lo arrojaba al aire y me miraba a los ojos con afecto mientras me acariciaba la barba con sus pequeñas manos. Algún día le leería cuentos, le contaría historias, lo llevaría a hacer caminatas y le enseñaría a andar en bicicleta. De repente era más que alguien que cambia un pañal o empuja un cochecito. Era un padre.

Tal vez esta es la razón por la que el judaísmo a menudo se refiere a Dios como nuestro Padre, Avinu. Quiero decir, ¿acaso no sería más adecuado usar la idea de “madre” para describir al Creador que da vida al universo? De acuerdo con la filosofía judía, Dios creó el mundo por una razón; para darnos el mejor regalo posible: una relación con Él, la fuente Infinita de la creación.

Como nuestro Creador, Él nos ama incondicionalmente simplemente porque existimos, tal como una madre. Pero como nuestro Padre, Él anhela que hagamos algo a cambio, que lo reconozcamos y busquemos una relación con Él. Dios espera con ansias que le sonriamos, que le pidamos Su ayuda, que le agradezcamos y que lo convirtamos en una parte activa de nuestra vida.

Muchas personas piensan que las Altas Fiestas son un momento para pedirle a Dios todo lo que necesitan para el nuevo año. Nos acercamos a Él con una larga lista de pedidos: salud, felicidad, éxito económico y amor. Al aproximarnos al nuevo año, en vez de pensar en lo que Dios puede hacer por nosotros, tratemos de pensar qué podemos hacer nosotros por Él. ¿Cómo podemos este año convertir a Dios en una parte activa de nuestras vidas?

Este Rosh HaShaná, comencemos agradeciéndole a Dios por las maravillosas bendiciones que tuvimos este último año. Muchos logramos pagar nuestras cuentas, disfrutamos en general de buena salud y experimentamos momentos significativos con nuestras familias. ¡Nada de eso hubiera sido posible sin Él! Dejarle saber que valoramos la vida que nos ha dado es el mejor regalo que podemos darle a nuestro Padre. Y en respuesta Él seguramente nos brindará todas las bendiciones que necesitamos para el nuevo año.

Por eso, mientras paso otra noche hamacando a mi último recién nacido, espero el día en que me mire y me diga: “Gracias papá”.