Querida Lauren,

Realmente quiero un iPhone. Todos mis amigos tienen uno. Sé que mis padres dicen que no podemos pagarlo, pero creo que no es justo. No estoy seguro de cuál es mi pregunta, solamente sé que realmente quiero uno. ¿Tienes algún consejo para mí?

RESPUESTA DE LAUREN ROTH

¡Shalom desde la Tierra Santa! Así es, estoy en Israel mientras escribo esto. Como respuesta a tu pregunta, déjame contarte una historia espiritual desde la espiritual ciudad de Jerusalem. Fui a rezar al Muro de los Lamentos durante tres mañanas consecutivas, y cada mañana vi a la misma mujer rezando sinceramente, saludando de forma agradable a las personas que estaban rezando y vistiendo la misma ropa arrugada y las mismas medias rasgadas. Cada día pensaba en cómo podría darle algo de dinero a esta mujer sin avergonzarla.

Finalmente, el tercer día, recordé una historia que había leído en el libro de Katie Byron, Living What Is, sobre un joven que realizaba un acto de bondad azaroso. Tomaba un dólar de su propia billetera, lo tiraba a propósito al suelo y luego tocaba a un niño en el hombro, recogía el dólar y le decía al niño: “Toma, se te cayó esto”, le daba el dólar y se iba caminando.

Yo tramé y planeé cómo podía hacer eso con esta mujer. Me aseguré de terminar de rezar antes que ella, luego esperé a que ella completara sus rezos. Cuando se estaba yendo, boté un billete de 20 shekels al suelo cerca de ella, la golpeé en el hombro, recogí el billete y le dije (en hebreo): “Toma, esto es tuyo”.

¿Sabes qué me dijo esta sincera y agradable mujer de aspecto satisfecho y ropa sucia, mientras esbozaba una gran sonrisa en su rostro? “No, no es mío”. ¡Ella sabía que no tenía un billete de 20 shekels! Yo presioné nuevamente y dije: ¡Sí, es tuyo!”. Nuevamente ella sonrío, se encogió de hombros y dijo: “No, no es mío”. Ella era honesta y sincera, y no se sentía tentada a tomar un dinero que sabía que no le pertenecía.

Tú, amigo, junto con mucha, mucha otra gente de nuestra generación, sufres de la enfermedad de “me lo merezco”.

Déjame contarte otra historia, también de mi estadía aquí en Israel. Fui a Yad Vashem (el museo del Holocausto de Israel). Allí se describe con intenso detalle —incluyendo videos, fotografías y artículos personales— lo que los Nazis le hicieron a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Yo quería ver el museo completo, pero a mitad de camino no pude continuar porque no podía dejar de llorar. La gota que rebalsó el vaso y me convirtió en un grifo abierto emocional fue un video del Gueto de Lodz. Durante la guerra, los Nazis forzaron a muchos judíos a vivir en solamente unas cuantas calles pequeñas de cada gueto y pusieron rejas alrededor de esas calles; los judíos no tenían permitido salir y no se permitía ingresar demasiada comida. Este video mostraba muchos niños pequeños en el Gueto de Lodz con brazos flacos, muy flacos, piernas delgadas y rostros ahuecados, recostados lánguidamente en la acera, a veces rogando por comida. Luego mostraba a una pequeña niña de seis años sentada en la acera, apoyada en un edificio, llorando terriblemente y sacudiendo a su (también muy, muy flaco) hermano de cuatro años una y otra vez, intentando despertarlo… lo cual nunca ocurrió.

Los lujos son deseos, no necesidades.

 

Dios nos ha dado tanto. Tenemos suficiente comida; no estamos muriéndonos de hambre. Tenemos una casa donde vivir. Tenemos zapatos en nuestros pies. Deberíamos estar bailando y cantando y agradeciéndole a Dios por su abundante bondad.

Es verdad, no tenemos todos los lujos que queremos. Pero los lujos son deseos, no necesidades. Todos deberíamos estar agradecidos por lo que Dios nos ha dado, agradecerle por eso y utilizar nuestros regalos de forma inteligente y buena para ayudar a otros y traer más felicidad y paz al mundo.

Una vez estaba dando una charla para personas mayores de 80 años. Fui por la habitación preguntándoles cuál había sido el día más feliz de sus vidas. Muchas de las mujeres dijeron: “Los días en que nacieron cada uno de mis hijos”. Entonces un hombre me dijo: “El día que fuimos liberados del gueto”. ¡El día en que ya no tuvo que pasar más hambre! Su respuesta me llegó con mucha fuerza. Me hizo entender que, no tenemos nada por lo que quejarnos. Lo siento que no puedas tener un iPhone, pero creo que a todos nos corresponde estar agradecidos por los regalos que sí tenemos.