"Un hombre tiene sueños de caminar con gigantes

De esculpir su nicho en el edificio del tiempo

Antes de que la argamasa de su anhelo

Tenga oportunidad de solidificarse

La copa es arrebatada de sus labios

La llama es extinguida mientras nace

Él es llevado a la ruina en su mejor momento".

Para los que son demasiado jóvenes como para haber visto el original (y que se perdieron la última encarnación en Broadway) esas conmovedoras palabras son en realidad del musical "Mary Poppins". Y si bien Disney no es necesariamente el lugar al que uno debe recurrir para buscar palabras de sabiduría, en este caso, han tocado un punto muy profundo.

Mientras que no todo el mundo es "llevado a la ruina en su mejor momento" (aunque sí vimos unos espectaculares fracasos durante el año pasado), pienso que todos hemos vivimos un poco la experiencia de George Banks, (el jefe de Mary Poppins).

Todos tenemos sueños de grandeza, frecuentemente sin realizar. Quizás no sabíamos como. Quizás fuimos mal aconsejados. Quizás nuestras metas no fueron claras o nuestra estrategia no estaba bien enfocada. Quizás llegamos cerca pero el precio era demasiado alto (no estábamos dispuestos a emular la distante relación del señor Banks con sus hijos, su sentido de que estaba demasiado ocupado para jugar con ellos).

¿Cómo hacemos la paces con este reconocimiento? No tenemos a Mary Poppins y su medicina mágica – aunque es definitivamente cierto que una cucharada de azúcar –-una actitud positiva-– hace una gran diferencia.

Quizás necesitamos revisar nuestras metas – no "conformarnos" o ser "más realistas" – sino que quizás “ser grande” no es la meta correcta después de todo.

Cuando nuestra antepasada, Jana, rezó por un hijo, el Talmud sugiere algo atípico acerca de sus rezos. Ella no pidió que él fuera un doctor o un abogado, que encontrara la cura para el cáncer o que fuera el primero de su clase en Harvard. Ella ni siquiera pidió que fuera el más sabio o el más justo (o, como hice yo, ¡que sea el Mashiaj!).

Jana rezó por "un hijo que no destaque, ya sea en habilidad o en características físicas". Ella deseaba un hijo promedio, en términos coloquiales, un mench.

Quizás esa es una meta apropiada para todos nosotros – simplemente ser buenos, simplemente ser amables, simplemente ser considerados. Es posible que concentrarse en grandes logros (ya sean físicos o espirituales) y en grandes reconocimientos (en un plano físico o espiritual) distrae de los logros reales de la vida.

En realidad no es fácil ser un mench. No es fácil pensar en otros antes que en uno mismo. No es fácil ser sensible con los sentimientos y el estado de ánimo de aquellos que nos rodean. No es fácil dar sin esperar recibir. No es fácil sonreír a otros mientras uno enfrenta los desafíos de la vida. No es fácil alegrarse en las alegrías de los otros mientras confrontas tu pesar. No es fácil vivir sin fama u honor y mantenerse firme, sabiendo que estás haciendo tu mejor esfuerzo.

Pero esa es la base del verdadero crecimiento como persona. Es la base de las relaciones reales con otros. Es definitivamente la base de una relación con Dios.

Y quizás eso es verdadera grandeza después de todo. Quizás de eso deberían estar hechos los sueños de una persona.