Una vez fui a una clase para padres guiada por una madre de niños muy pequeños. Alguien con niños un poco mayores tenía una pregunta sobre disciplina. “Simplemente diles que no”, respondió la maestra. Dado que yo ya era madre de adolescentes, solamente pude mover mi cabeza en muda incredulidad. “¿Simplemente diles que no? Si tan solo…”

Pero antes de condenar a esta (aún) ingenua madre, pensé en mí a esa edad. Cuando tenía 20 años todo parecía tan simple. El mundo era blanco y negro. Yo tenía respuesta para cada pregunta. Y probablemente también dije “Simplemente diles que no” o algo igualmente ridículo como “Los niños son una tabula rasa. Puedes moldearlos como tú quieras”. ¡Ja! Yo estaba tranquila con mi consejo porque yo lo sabía todo.

Con la edad vino la real sabiduría – el reconocimiento de que en realidad sé bastante poco. Razón por la cual me sorprendió descubrir la enseñanza en la Ética de Nuestros Padres que sugiere que 50 es la edad para dar consejo. Cuando cumplí 50 (¡no especificaremos exactamente hace cuantos años fue eso!), leí esa idea y me rasqué la cabeza.

“¿La edad para dar consejo? Pero ahora sé menos que nunca. ¿Cómo puedo dar consejo?”.

“Quizás es por eso que puedes”, sugirió mi esposo quien, aunque un poco menor que yo (lo cual nunca se cansa de señalar) es más sabio. “Quizás una persona sólo está realmente calificada para dar consejo cuando realmente reconoce cuán poco sabe”.

Dar consejo es una responsabilidad muy seria.

La paradoja en realidad tiene sentido. Dar consejo es una responsabilidad muy seria. Yo pienso que pocos de nosotros reconocemos el impacto que nuestras palabras pueden tener. Algunas personas citan cosas que yo les dije hace 20 años, palabras que no recuerdo (¡y a veces no creo haberlas dicho realmente!) que afectaron sus decisiones o su opinión en ciertas situaciones. Da miedo.

Todos los días en la radio hay conductores de “programas de debate” dando consejos libremente a sus auditores, y el único contacto entre ellos ha sido los 20 segundos del tiempo de emisión. Sin embargo vidas reales y decisiones de vida reales están en juego.

Los terapeutas lo hacen (aunque ellos tienen un poco más de tiempo). Los maestros lo hacen. Los rabinos lo hacen. Las parejas y amigos lo hacen también.

Todos respondemos a situaciones descritas por otros con sugerencias bien intencionadas, a pesar de que nuestra reacción está usualmente basada en información limitada y quizás no bien pensada. Sin embargo ofrecemos un curso de acción definitivo al confundido suplicante.

Esto es irresponsable no sólo porque no tenemos toda la información – ¡o toda la sabiduría! – sino también porque no tenemos que vivir las consecuencias. Aunque puede ser que tengamos que ayudar a recoger los pedazos…

Si la persona sabia puede, como dice el dicho, aprender de los errores de otros, entonces yo hago la siguiente sugerencia (iba a decir “ofrezco el siguiente consejo” ¡pero me contuve!): Escuchen cuidadosamente a su amigo necesitado. Ayúdenlo a clarificar los temas en cuestión. Intenten ser un tercero imparcial. No ofrezcan una opinión.

Y más que nada, restrinjan los consejos. Las elecciones que ellos hagan deben ser de ellos y solamente de ellos.