La mayoría de nosotros damos por sentado que queremos tener hijos. Muchos de nosotros gastamos una fortuna intentando tenerlos. Sin embargo pocos de nosotros dedicamos tiempo a responder la pregunta más fundamental de todas: ¿Por qué?

Un artículo en una revista de Nueva York sugiere que muchos padres consideran que el trabajo es mucho más sacrificado y mucho menos gratificante que lo esperado. O, como lo afirma más dramáticamente el título del artículo, “Mucha Alegría y Nada de Diversión: Por qué los padres odian ser padres” (07/04/10).

Definitivamente hay alegría, como lo reconocen los padres entrevistados, pero día a día la vida se vuelve cada vez más difícil (la mayoría de los padres descritos aún tienen niños muy pequeños ¡así que ni siquiera saben cuán difícil se pone realmente!).

Aunque el artículo no dice esto explícitamente, creo que una de las razones para esta dicotomía es: expectativas inadecuadas. Así como algunos hombres (ustedes saben quienes son) se casan pensando solamente en las cenas calientes, la casa limpia y una hermosa compañera (“¿Me estás diciendo que ella tiene necesidades emocionales? ¡Yo me casé con ella porque pensé que era de bajo mantenimiento!”), muchos entran en esto de la paternidad sin tener una idea de lo que se avecina. Sí, han escuchado que estarán cansados – pero no pueden imaginarse cuán cansados. Sus matrimonios no están preparados para el desafío (“¿Me estás diciendo que también tengo que darle algo de atención a mi esposo?”), ellos han estado jugando “al papá y a la mamá”, un mero juego infantil. Ellos se imaginan una muñeca de tamaño natural vestida a la moda, acurrucada cómodamente en un cochecito de vanguardia, mientras pasean por el parque, van de compras y se juntan a almorzar con amigos.

En cambio el bebé está mojado, sucio, hambriento, gritando; a veces incluso con cólicos. Tiene una infección en los oídos, sus ropas nuevas están manchadas y mantener una conversación con una amiga resulta imposible. Y entonces dicen, “¿Dónde está el placer? ¿El relajo? ¿La comodidad? ¡¿La niñera?!”.

Pero yo pienso que es aún más profundo. Pienso que se trata de la motivación por la cual tenemos hijos. Recientemente escuché una historia sobre una familia con varios niños discapacitados. No hay duda de que estos niños son una inmensa fuente de alegría (como son todos los niños). Tampoco hay duda de que ellos son una enorme fuente de dolor y frustración y trabajo duro (como son todos los niños). Cuando el padre habló en el Bar Mitzvá de uno de los niños, él habló acerca de esta motivación. “Nosotros cometemos el error”, sugirió él, “de pensar que tenemos hijos para tener najas (satisfacción). Los tenemos para poder entregar”.

Este es un punto muy profundo. Este padre no se refiere a que él no tiene satisfacción de su familia; él quiere decir que esa no debiera ser tu expectativa o motivación. Y que el placer no es un placer temporal y superficial sino un placer profundo de desarrollar tu capacidad de dar.

Los niños nos enseñan sobre la entrega desinteresada. Puede que no recibamos de vuelta. Los najas pueden ser escurridizos o breves. Pero no lo estamos haciendo por nosotros mismos. Lo estamos haciendo por ellos. Estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para crear adultos emocionalmente sanos con una moral fuerte y una conexión con Dios. Ese es nuestro trabajo. Esa es nuestra meta. Esa, si es que hay alguna, es nuestra recompensa.

Puede que ellos no nos cuiden cuando seamos ancianos (¡a pesar de que hemos recibido, gracias a Dios, algunas ofertas!), puede que ellos no asistan a Harvard o inicien un exitoso negocio o nos den nietos perfectamente arreglados y bien comportados. No importa. Hemos aprendido lo que significa dar verdaderamente – cuando el cansancio es abrumador, cuando tienes que correr a la sala de emergencias en la mitad de la noche o darle la mano a tu hijo en el hospital día tras día, cuando tienes que guiarlos a través de las peligrosas aguas emocionales de la amistad, dejar la casa, el matrimonio… cuando tienes que cavar profundo para entender a un niño que es tan diferente a ti, tener compasión por las luchas que tú nunca experimentaste.

Aprendemos de nosotros y de nuestras relaciones con otros a través de nuestros hijos; a menudo un niño que es lo menos familiar nos enseña las lecciones más importantes. Aprendemos sobre nuestra capacidad de amar. Ampliamos nuestra capacidad de entregar. Esta es la verdadera razón para los hijos, el verdadero regalo y el verdadero placer.

Si nos concentramos en eso, no sé cómo alguien podría realmente decir que nuestros hijos no han enriquecido nuestras vidas y nos han hecho más felices. Una amiga me dijo hace poco que ella realmente desearía haber tenido más hijos (ella tiene dos hermosas hijas). Nadie me ha dicho nunca que desearía haber tenido menos.