No podía creer la intensa emoción chisporroteando en el aire. Se cantó el himno de Estados Unidos. Se agitaron banderas, explotaron fuegos artificiales y tres aviones F-18 volaron por encima en perfecta sincronía. Yo estaba superada por la emoción del momento. Tuve que reprimir las lágrimas. Tenías que estar ahí para sentirlo. Y entonces introdujeron a los jugadores del equipo local. Era un juego de fútbol americano.

Tengo que confesar un pequeño secretito. ¡En realidad me encanta el fútbol americano! No puedo explicarlo o justificarlo; solamente me gusta mucho. Pero ejercito el autocontrol y me restrinjo a un solo juego al año. Vamos a la casa de una amiga ese primer domingo de febrero y vemos el Super Bowl. Aparte de eso me mantengo lejos. Y no había ido a un juego profesional en al menos 30 años, probablemente más. Pensé que sería entretenido ver si era tan bueno como yo recordaba.

Así que el domingo pasado arrastré a mi leal esposo (¡que me dicen de la inversión de roles!) hasta San Diego a ver un juego. Y lo que más me impactó – y lo que más me asustó – fue la emoción. Desde el intenso comienzo y durante el juego, la multitud estaba constantemente siendo llevada a un frenesí. Cuando el equipo adversario tenía la pelota, los “buuu” eran ensordecedores.

Y reflexioné sobre cuan peligrosa y fácil de engañar puede ser la emoción. Estaba asombrada de mí. ¿De dónde venían esas lágrimas? No podía importarme menos los Chargers o lo Patriots. No hay nada particularmente alentador sobre un juego de fútbol americano. De hecho, probablemente uno podría decir que lo contrario es verdad. Pero la atmósfera ingeniosamente orquestó una respuesta emocional, diseñada para hacerme sentir parte de algo más grande que yo, algo importante, especial y trascendente – nadie se atrevió a revelar “El Nuevo Traje del Emperador”. Nadie se atrevió a susurrar, "Es solamente un juego; es solamente fútbol americano".

Es por eso que tengo mis sospechas en relación a “la emoción”. Es tan fácil de manipular. Una piedra angular del pensamiento judío es que decidimos con nuestras cabezas y no con nuestros corazones.

No es que nuestras experiencias emocionales son intrascendentes o irrelevantes, sino que debemos permitirle a nuestro intelecto analizar qué significaron esas experiencias y por qué. De otra forma, es engañoso y confuso. De otra forma, es peligroso.

Ver las filmaciones de los mítines de Hitler te hace aún más conciente de la capacidad destructiva de la emoción.

No estoy abogando por una existencia cerebral estéril, sino solamente por la necesidad de traer perspectiva intelectual a lo que nos dicen nuestras emociones.

Las personas se alteran mucho con los deportes. Se involucran emocionalmente si es que ganan o pierden (como si los hinchas mismos estuviesen jugando). El resultado se transforma en algo emocionalmente importante (no solamente por el equipo de fútbol americano de fantasía) y ellos pierden la perspectiva. Vuelan los puños, se intercambian golpes. En partidos de fútbol en Inglaterra y Europa, incluso han ocurrido muertes.

Pero no es solamente en los deportes. Las decisiones más importantes de la vida no pueden tomarse en base a las emociones. Lo que sentimos es menos relevante que los hechos, menos relevante que la realidad.

Esto requiere disciplina y fuerza de voluntad. Pero es finalmente la única forma de tomar buenas decisiones. Es aterrador cuan fácilmente podemos ser seducidos. Debemos estar en guardia.

Por cierto, los Patriots ganaron. Y por alguna extraña razón, ¡Yo estaba feliz!