Aparentemente la NBA recientemente instituyó una prohibición de quejarse (¿podrían ellos venir a mi casa?) Parece incluir no solamente las lamentaciones verbales sino incluso aquellas acciones como mirar hacia otro lado o agitar los brazos con indignación (¡me gustaría involucrarlos con algunos adolescentes que conozco!) Mientras que esto es con certeza un paso adelante para la NBA, yo estoy mucho más preocupada sobre el predominio de las quejas en la población general. De hecho, ni siquiera sabía que los jugadores de básquetbol tenían un problema tan grande con las quejas hasta que leí sobre la nueva regla.

Sin embargo, en la sociedad en general es un tema serio. Estoy preocupada por esto por varias razones – algunas claramente egoístas y algunas menos egoístas. En la categoría de interés personal, tengo que decir que es realmente muy desagradable pasar cualquier cantidad significativa de tiempo con personas que se quejan (¿estoy en riesgo de ser una de esas personas en este momento?) Es con seguridad una prueba a mi paciencia. Me gusta pensar que no es porque me falta compasión (aunque siempre hay espacio para el crecimiento) sino porque creo firmemente en realizar actividades productivas. Si algo no está funcionando, haz lo que puedas por cambiarlo. Si no hay nada práctico que hacer, pídele ayuda a Dios. Si Dios parece poco dispuesto a eso, entonces debemos aceptar la situación como se presenta. La autocompasión es destructiva para el sujeto y dolorosa para quien escucha.

Las vidas de todos tienen desafíos. A veces estamos abrumados por ellos. A veces necesitamos compartir nuestras luchas con un amigo. Necesitamos compasión, empatía, o quizás consejo. Esto no es lo mismo que quejarse.

Lo que diferencia a los quejosos parece ser el hecho de que ellos SIEMPRE tienen algo por lo que quejarse (en el restaurante el servicio es terrible, en casa los niños no se están portando bien, el esposo de su amiga gana más dinero, la señora de la limpieza no trabaja tan duro como debería - ¿los han visto verdad?), ellos frecuentemente adoptan un tono irritante cuando lo hacen y parecen excepcionalmente resistentes a realmente hacer algo para intentar mejorar su situación.

Al escuchar a los quejones nos convertimos en sus facilitadores (¿alguien para Quejones Anónimos?). Permitimos y legitimamos sus constantes quejas. Fomentamos la creencia de que su vida es realmente dura, su esposa es inusualmente difícil, su jefe es definitivamente abusador, sus hijos se comportan mal. El quejoso es alentado a sentir pena por sí mismo, revolcándose en la autocompasión en vez de trabajar por una solución. El quejoso también se aferra a la posición de que él o ella es la persona ofendida – todos los demás siempre están equivocados; el quejoso siempre tiene la razón.

Esto aboga en contra de cualquier crecimiento por parte del quejoso, en contra de cualquier autorreflexión o introspección. No es una bondad de nuestra parte permitir esta conducta autodestructiva y escuchar al quejoso. Los anima a seguir en este camino negativo.

También queremos cortar de raíz la constante letanía de quejas en contra de sus parejas e hijos. No es saludable para la vida familiar. Ellos necesitan una visión positiva de la situación; ellos necesitan una redefinición. Ellos necesitan trabajar en una perspectiva más optimista y dejar de culpar a otros por sus problemas. Por sobre todo, quejarse es evitar la responsabilidad; los quejosos necesitan revertir esto subiendo al escenario y tomando responsabilidad por sus vidas y elecciones.

El básquetbol ahora tiene castigos obvios por quejarse. Tiene árbitros para descubrir a los jugadores y hacer respetar las nuevas reglas. Nosotros, por el otro lado, debemos hacernos cargo por nuestra cuenta. Y sin embargo debemos estar más alerta, dado que las consecuencias personales son mucho mayores.