Hace varios años, leí el libro de Lee y Bob Woodruff, In An Instant (En Un Instante), la conmovedora y reveladora historia de cómo sus vidas cambiaron cuando un artefacto explosivo improvisado estalló cerca del tanque que Bob estaba conduciendo mientras servía en el ejército estadounidense en Irak. El libro contiene muchas historias de perseverancia, bondad, y de lo que el matrimonio, la familia y los amigos realmente significan, algunos temas sobre los cuales he escrito anteriormente.

En lo que quiero enfocarme ahora es en el título, En Un Instante. El libro ha tomado una residencia semi-permanente en nuestro baño y me enfrento frecuentemente al título, En Un Instante. Y me hace reflexionar. Nuestras vidas pueden cambiar – dramáticamente – en un instante. Me hace enfocarme en cuán preciado e importante incluso un nanosegundo puede ser. Y cómo debemos mantenernos alerta y concientes incluso por el más breve de los instantes.

Alguien que conozco describió como volteó brevemente para darle algo de tomar a su hijo mientras manejaba y el auto golpeó a un peatón cruzando la calle. Un ingeniero se volteó momentáneamente para enviar un mensaje de texto a unos amigos y, en un instante, causó un masivo accidente ferroviario. En un instante de insensatez un inversionista puede mover millones de dólares a la inversión equivocada y llevarse a sí mismo y a su compañía a la quiebra. En un instante, algún fanático puede poner su dedo en el gatillo de un misil nuclear y destruir las vidas de miles de civiles.

Los instantes importan. Y no es solamente en las vidas de otras personas, en las historias de otras personas. En un instante podemos decir palabras hirientes que arruinan amistades, carreras, matrimonios – palabras que no pueden borrarse. En un instante podemos decir algo humillante a nuestros hijos, una dura línea de crítica que puede causar serio daño a su autoestima. En un instante, podemos dar el consejo equivocado a una amiga y un grave daño puede ocurrir. En un instante, podemos dar vuelta nuestra cabeza y no ver a ese niño cruzar corriendo la calle...

Las vidas son moldeadas por esos instantes. Y es difícil estar constantemente alerta. Pero el ietzer hará – esa parte de nosotros que intenta hacernos tropezar y desmoralizarnos – está a la espera de esos momentos relajados y debemos estar siempre listos para la batalla. De hecho, debemos ser proactivos – estar en guardia, en ultra alerta – y tomar la iniciativa en una dirección positiva.

Después de todo, no son solamente las situaciones o conductas negativas las que ocurren en un instante. Diferencias positivas puede hacerse en un instante también.

En un instante, nuestra sonrisa puede iluminar el día de alguien. En un instante nuestro "Buenos días" puede hacer sentir a otra persona notada. En un instante, nuestro "¿Cómo estás?" puede mostrarle a otro ser humano que nos importa. En un instante, podemos recoger papeles que alguien ha botado. En un instante, podemos poner monedas en el parquímetro de alguien para que no reciban una multa. En (un poquito más que) un instante, podemos ayudar a alguien a llevar sus compras a su auto. En un instante, podemos sostener la puerta abierta o ceder un asiento o dejar a alguien con dos cosas pasar antes que nosotros en la fila. En un instante, podemos invitar a un nuevo conocido a acompañarnos en una salida. En un instante, podemos hacer un compromiso de toda la vida para casarnos. En un instante, podemos decir "te amo" – y que sea en serio. En un instante, podemos agradecer a Dios por todas las bendiciones que nos ha dado.

Los instantes son poderosos. No debiéramos descartarlos o tratarlos displicentemente. Las vidas – nuestra vida y las de aquellos alrededor – pueden cambiar... en un instante.