“¡De la noche a la mañana pasó de ser una niña dulce a ser un monstruo!”.

“Todo el tiempo quería mimos y abrazos y ahora no se me acerca”.

“Llora todo el tiempo. ¿Crees que hay algún problema en la escuela?”.

“Está muy agresivo; quizás lo están intimidando”.

Cuando mis hijos o mis amigas me reportan estas situaciones, recuerdo algo que aprendí hace muchos años de los libros publicados por el Instituto Gesell de Harvard. Aunque cada situación puede requerir una investigación, con frecuencia no se descubre nada y el padre se siente perdido porque no logra explicar el cambio de conducta de su hijo. ¡Eso se debe a que no hay una explicación!

De acuerdo con estos libros bien informados, los niños pasan por ‘fases’ o ‘etapas’ (de aproximadamente seis meses) de equilibrio y desequilibrio, o en un lenguaje más coloquial: de buen humor y de mal humor. No hay necesariamente un disparador. No hay forma de prevenirlo. Así es y tenemos que aprender a los golpes (esperemos que no literalmente). Una vez que aceptas la idea, esto es muy liberador; dejas de atormentarte y puedes sentirte un poco más relajada con tu estilo educativo.

Esto es así no sólo con los niños, sino también con todo el mundo. ¿Te diste cuenta que a veces los desafíos de la vida resbalan por tus hombros como si nada y que otras veces te sientes aplastada por una carga pesada? ¿Prestaste atención que a veces sientes que podrías correr una maratón (¡y quizás lo haces!), y otras veces al dar cada paso tienes que esforzarte como si caminaras sobre arenas movedizas? ¿Verdad que algunos días te sientes la mujer maravilla, llena de energía y con fuerza para lograr todo lo que deseas y otros días estás tan agotada que verter un poco de leche en un plato de cereal requiere todo tu esfuerzo? ¿No es cierto que algunos días eres súper paciente con tu esposo e hijos y otros días cada cosa pequeña que ellos hacen te altera y no puedes parar de gritar o de expresar tu frustración de formas poco atractivas?

Eso se debe a que también nosotras pasamos por fases. También tenemos momentos de equilibrio y de desequilibrio, de buen humor y de mal humor, de levantarnos con el pie derecho y de levantarnos con el izquierdo. El secreto es reconocerlo y no inferir demasiado de la situación o de las personas que nos rodean.

A menudo, como ocurre con nuestros hijos, buscamos una fuente para nuestro mal humor. Se debe a mi trabajo, a mi esposo, a mis hijos... Entonces intentamos cambiar alguna de esas cosas. Este es un camino realmente peligroso y potencialmente destructivo. Es importante recordar que no importa dónde vayamos ni lo que hagamos, ¡siempre nos llevamos con nosotras mismas! ¿Estamos realmente seguras de que hay una causa externa para nuestra infelicidad o para las dificultades, o es algo que se genera desde nuestro interior? Esta es una pregunta crucial.

Lamentablemente conozco a varias personas que en medio de lo que parecía ser su fase de desequilibrio, destruyeron sus matrimonios. Imaginaron que “él” o “ella” eran la causa de su miseria y que si se deshacían del otro quedarían libres para volar. A menudo descubrieron que, al final de cuentas, no era su pareja la que los retenía, sino su propia carga emocional interna. Pero cuando lo entendieron ya era demasiado tarde.

No digo que nunca tengamos que cambiar nuestras circunstancias externas; sólo sugiero que debemos ser muy cuidadosos antes de hacerlo. Tenemos que examinar la situación rigurosa, cuidadosa y racionalmente y no reaccionar ni tomar decisiones importantes basadas en nuestra emoción del momento. Incluso si el momento parece durar más de uno o dos días…

Cuando caigo en uno de estos estados de depresión, me resulta muy fácil quedarme ahí. Incluso si no culpo a otra persona y aunque no pueda encontrar una forma de adjudicarlo a mi esposo, hay algo muy cómodo en mantenerme en mi miseria, en el sufrimiento, la depresión y la frustración. Para salir de allí hace falta un esfuerzo real. Se requiere una decisión.

Trato de decirle a mi esposo que, en esos momentos, en esas fases, el que habla es mi ietzer hará, que me recuerda cuán terrible es mi vida para tratar de deprimirme. Y necesito luchar. La fase puede estar fuera de mi control, pero mi respuesta ante ella no lo está.

Pero incluso si no logro hacer esto, puedo recordarme que “también esto pasará”; que no debo tomarlo demasiado en serio y que por cierto no debo efectuar compromisos ni cambios importantes en ese momento. A veces sólo tenemos que remontar las olas… como padres, como abuelos, como maestros, como pareja, como amigos… es algo que todos nosotros necesitamos aprender a hacer…