¿Alguna vez prestaron atención a la forma en que se comportan los niños pequeños cuando en la sinagoga se arrojan caramelos para un Bar Mitzva o cuando sube a la Torá un jatán? Corren como locos, se arrastran por el suelo y acaparan la mayor cantidad posible. Además de las malas cualidades que quedan en evidencia, a muchos padres les preocupan los posibles riesgos de salud conectados con el consumo de tantas golosinas.

Bueno, probablemente pueden borrar esa preocupación de su lista. Un examen cuidadoso y un estudio constante de la situación revela un hecho interesante: después de todo el esfuerzo para acumular esa gigantesca cantidad de golosinas, en realidad los niños casi no las comen. Parece que lo importante es tener los caramelos, no comerlos.

Lo que en verdad desean nuestros pequeños ángeles es tener bajo su control una gran cantidad de golosinas. Su consumo no es tan importante.

Este fenómeno no se limita a los niños. Encontramos algo similar en el libro de Iehoshúa. Cuando el pueblo judío iba a capturar la ciudad de Ai, se les advirtió que no debían capturar ningún botín. Un hombre, Aján, desobedeció y toda la nación fue castigada, lo que resalta la importancia de la responsabilidad colectiva.

Pero lo que hace todavía más interesante esta historia es que Aján tomó objetos que no le servían. Él los escondió y los sacaba sólo para mirarlos. Aján era codicioso, pero lo que realmente quería era poseer esos objetos, tenerlos.

¿Qué llevó a alguien como Aján a ignorar la orden explícita de Dios y a poner en peligro a todo el pueblo judío? ¿Qué motiva a nuestros hijos a abandonar todos los límites y el autocontrol para acumular cantidades de golosinas que no tienen la intención de consumir?

Pienso que parte de la motivación puede ser la sensación de poder, y creo que la otra parte es un sentido de seguridad equivocado. Sólo si “tengo” me siento seguro. Así me siento protegido y a salvo.

El verdadero “crimen” es que, en el momento del robo, Aján (y todos nosotros) olvidamos Quién es realmente el que provee a nuestras necesidades. Olvido que Dios dirige el mundo, y que sólo Él determina cuanta comida, dinero y recursos materiales tendré. Puedo intentar acaparar, ahorrar, coleccionar… Pero finalmente todo está en Sus manos. Si Dios no quiere que tenga algo, no lo tendré.

Cuando caía el maná en el desierto, tenían que recoger sólo la cantidad suficiente para un día. Si recolectaban más de lo necesario, se descomponía. No podemos ser más astutos que Dios.

Todos esos esfuerzos no lograrán cambiar nuestras circunstancias materiales, pero sí pueden dañar nuestro carácter y afectar nuestra relación con Dios. No tenemos que entrometernos entre nuestros hijos y su recolección de golosinas, pero nunca son demasiado pequeños para recordarles Quién es el verdadero dueño de las golosinas.