Hace unos cuantos años fui a una fiesta de cumpleaños número 80 para la madre de una amiga. Se realizó en un restaurante elegante y ella estaba celebrando este hito entre una multitud de personas. La única mancha en este adorable día era que la invitada de honor sufría de demencia senil.

No solamente ella no reconocía a nadie allí, incluyendo desafortunadamente a su hija —la anfitriona—, sino que su manera de vivir la vida se había reducido a lo material. La vi comer a sorbos su espagueti, con un babero en su mentón, salsa escurriendo por su cara, y quería llorar. No era solamente la tragedia del Alzheimer; era el horror de un ser humano que una vez fue equilibrado, amigable y digno siendo reducido a una conducta infantil, y a la vista de todos.

Me acordé de esta dolorosa escena cuando leí uno de los consejos del nuevo libro de Letty Cottin Pogrebin, How to Be a Friend to a Friend Who's Sick (como ser un amigo de un amigo que está enfermo):

"No infantilice al paciente. Nunca le hable a un adulto de la forma en que le hablaría a un niño. Frases objetables incluyen, "¿Cómo estamos hoy, chiquilín?" "Eres un buen chico". "Te apuesto que podrías tragarte esta pequeña pastillita si realmente trataras". Y la más llena de dolor e ira, "¿Estamos listos para ir a hacer pipí?" Protege la dignidad de tu amigo a toda costa".

Y la de tu madre. O de tu padre. Les queda tan poca. Pero tenemos que ver al ser humano dentro del cascarón. Igual que con los adolescentes, tenemos que ver más allá del exterior desafiante y hostil, tenemos que ver al asustado niño adentro, así también tenemos que ver más allá de la pérdida de memoria y los pañales y otras dolencias, tenemos que ver al (una vez vibrante) ser humano atrapado adentro. Esa persona merece vivir el resto de su vida con su dignidad intacta.

Y es trabajo nuestro —sus hijos, sus parejas (Dios no lo quiera), sus amigos—, asegurarnos que eso ocurra.

Tenemos una mitzvá de honrar a toda creación. Cuanto más a aquellos que amamos, a aquellos que nos han amado de regreso, aquellos en necesidad.

Somos muy cuidadosos de tratar al cuerpo con respeto después de que alguien fallece. Seguramente esto aplica el doble para la persona mientras aún vive.

Cuando mi padre tenía Alzheimer mi madre pasaba sus días con él en el hogar. Ella se aseguraba de que el personal lo tratara como un ser humano y no como un objeto inanimado. Ella recompensaba a sus cuidadoras para fomentar esta actitud, ya que muchos de estos trabajadores de salario bajo no son para nada cariñosos (¡aunque hay algunos que son absolutamente grandiosos!) y olvidan por completo el tzelem Elokim, la imagen de Dios que reside dentro de este cuerpo dañado.

Los expertos dicen que no debemos corregir constantemente a un paciente con Alzheimer. Los inquieta mucho. Quizás es porque ellos también están intentando aferrarse a un hilo de dignidad, y en algún lugar de su confuso cerebro ellos reconocen que no están siendo tratados con respeto.

Pero la Srta. Pogrebin lo lleva más allá. Su prescripción aplica a todos los pacientes, sin importar el diagnóstico.

Nosotros no abandonamos nuestra humanidad cuando entramos a un hospital (aunque la naturaleza institucional del ambiente ciertamente lo fomenta) o nos contagiamos de una enfermedad.

Pero perdemos tanto. Nuestras vidas cambian irrevocablemente. Asegurémonos que nosotros y aquellos que amamos no tengan que sacrificar su dignidad también.