Aunque mis hijos ya son mayores, me parece que el trauma de los años de educar adolescentes nunca te abandona. Por eso me intrigó un artículo del Wall Street Journal titulado “The Right Way for Parents to Question their Teenagers” (la forma correcta en que los padres pueden formular preguntas a sus adolescentes).

¿Cuál era su consejo? “Los adolescentes más jóvenes, de 13-14 años, son menos propensos a revelar información personal a sus padres si ellos se muestran preocupados, desconfiados, desdeñosos o propensos a explosiones emocionales”. ¿De veras? Por otro lado, “cuando los padres son accesibles y tranquilos, dan buenos consejos y recíprocamente revelan cosas de sus propias vidas, los adolescentes están más dispuestos a hablar”. ¿Esta es una idea nueva e innovadora?

Su conclusión básica, citando a Kenneth Ginsburg, cofundador del Centro para la Comunicación entre Padres y Adolescentes en CHOP, “los padres que saben más y que tienen mayor influencia sobre lo académico y sobre las conductas de sus hijos, no son aquellos que hacen muchas preguntas. A menudo son aquellos que son menos reactivos y que expresan calidez, amor incondicional y apoyo”.

“¡Bah!”, es lo que realmente quiero decir. Pero después de pensarlo un poco, disminuyo mi desdén porque la realidad es que incluso cuando la mayoría reconocemos que estas ideas son verdad, y muchos llegamos a la misma conclusión sin el beneficio de la investigación científica, la dificultad está en la implementación de estas estrategias.

Tendemos a reaccionar emocionalmente, a frustrarnos, a ser críticos y a engancharnos en luchas de poder. En otras palabras, tendemos a hacer todas las cosas equivocadas.

Por eso es que necesitamos el recordatorio. Por eso necesitamos la afirmación de que ese enfoque funciona. Porque no es instintivo. Tendemos a reaccionar emocionalmente, a frustrarnos, a ser críticos y a engancharnos en luchas de poder. En otras palabras, tendemos a hacer todas las cosas equivocadas, a pesar de que hay evidencia que debe ser de la forma contraria. Y a pesar de lo que nos dice nuestra propia mente.

Porque hay demasiado en juego. Porque podemos sentirnos heridos. Porque podemos sentirnos atacados. Porque podemos sentirnos preocupados. O asustados. Porque nos importa demasiado.

Nuestros hijos necesitan saber que somos un lugar seguro, un lugar en donde pueden expresarse sin miedo a ser condenados; en donde pueden expresar sus propios miedos y ansiedades y sentirse comprendidos y calmados. Esta es una tarea difícil para los padres. Tenemos nuestros propios miedos y ansiedades. Pero, nos guste o no, alguien tiene que ser el adulto en la escena, y ese alguien somos nosotros. Alguien tiene que dejar de lado sus propias inseguridades y estar ahí para sus hijos. Es un trabajo difícil, pero lo sepamos o no, es el trabajo para el que nos inscribimos.

La buena noticia es que esos mismos expertos nos recuerdan que nuestros adolescentes quieren que les pongamos límites apropiados (si, el debate sobre la palabra “apropiado” puede ser la arena en donde entran en acción todas las emociones antes mencionadas); ellos quieren que comuniquemos nuestras preocupaciones y que tengamos grandes expectativas. Lo que cuenta es la forma en que lo hacemos. Muchos descubrimos que es efectiva la técnica de “Confío en ti; es en los otros conductores en los que no confío” (¡incluso si se aleja un poquito de la verdad!).

Nuestros adolescentes saben cómo “activarnos”, pero no podemos permitir que lo hagan. Mantener nuestra relación sana y vibrante y crear una atmosfera en la que ellos se sientan cómodos para hablar es mucho más importante que afirmar nuestra autoridad. No digo que sea fácil. Tenemos muchas otras demandas en nuestras vidas y su conducta no siempre nos ayuda a sentirnos cálidos y afectuosos hacia ellos. Pero es lo que tenemos que hacer.

Puede ser que ya lo sepamos, pero lo que nos definirá a nosotros y a la relación con nuestros hijos, es el hecho de ponerlo en práctica durante los próximos años.