Me gustan las columnas de consejos. Los autores a menudo tienen ideas sabias y originales que ayudan a resolver situaciones difíciles. Últimamente noté demasiadas preguntas relacionadas con amistades del sexo opuesto y qué hacer con ellas cuando se desarrolla una relación romántica con una tercera persona.

Aunque muchos puedan sorprenderse y piensen que es anticuado, yo sé que hay muchos otros que sí están sinceramente preocupados por este tema, tanto de un lado como del otro.

La mujer puede decir: “Sólo somos buenos amigos y mi novio tiene que acostumbrarse a esa realidad”. El hombre puede decir: “Hemos sido amigos durante años y no voy a renunciar a ella por mi nueva novia”.

Aunque en general la lealtad es algo admirable, en este caso puede ser inapropiada. También puede ser destructiva para la relación principal.

Vamos a darle más peso al tema asumiendo que hablamos de un matrimonio y no de una pareja que tan sólo tuvo tres citas. En un matrimonio no hay espacio para otro hombre o para otra mujer. Simplemente no pertenecen a ese lugar. Nuestra meta es ser como Adam y Javá (Eva) en el Jardín del Edén; tener ojos sólo el uno para el otro.

Es muy fácil descartar esta preocupación y considerar que se trata de celos insignificantes. Esto trivializa un problema real y nos distrae del objetivo del matrimonio.

Nadie quiere un matrimonio mediocre, ni siquiera uno que sea solamente bueno. Queremos un matrimonio realmente grandioso, y eso implica convertir a nuestra pareja en el foco principal de nuestra energía y de nuestras emociones. No podemos compartir eso con una tercera persona.

Recuerdo a un amigo que siempre comparaba la naturaleza más reservada de su esposa con la naturaleza más cálida y emocionalmente abierta de su amiga de toda la vida. Aunque por cierto esa no fue la única razón por la cual ese matrimonio no duró, obviamente no ayudó.

También recuerdo otro caso de un conocido que se quejaba constantemente con su amiga sobre las cualidades negativas de su esposa. Afortunadamente la amiga comprendió que en vez de ayudar al matrimonio lo estaba dañando y le pidió que dejara de hacerlo.

Podría citar más historias, no como evidencia científica sino como señales de peligro y obstáculos que deben evitarse.

Desafortunadamente, se ha vuelto común escuchar hablar sobre “aventuras emocionales”, situaciones en las que sin llegar a caer dentro de la definición tradicional de infidelidad, hombres casados o mujeres casadas mantienen una relación emocional intensa con un miembro del sexo opuesto. Puede comenzar como una amistad “inocente” y nunca “progresar” a lo físico, pero los resultados pueden llegar a ser igualmente dañinos. Como ocurre con otros desafíos, todos pensamos “yo puedo manejar esto” o “yo soy diferente a los demás”… Pero no lo somos. Por alguna razón la Torá establece barreras universales contra esta clase de interacciones.

No importa si conocemos al amigo/a más tiempo que a nuestra pareja. Casarse es asumir un compromiso y, como todos los compromisos, tiene un precio. Como con todas las elecciones, se deja algo de lado.

Entonces, ¿qué hacemos con los viejos amigos? ¿Cómo navegamos estas complicadas situaciones? No hay una respuesta que sirva para todos y por supuesto cada situación es diferente. Pero con la perspectiva correcta, no debemos verlas como “complicadas” sino como decisiones importantes y apropiadas que deben tomarse.

Nunca se debe ser grosero o cruel. Podemos ser cordiales pero reservados, contenernos emocionalmente. Eso es lo que debemos hacer, sin importar en qué parte del espectro religioso nos encontremos.

Porque todos deseamos tener el mejor matrimonio posible, y para lograr esa meta, toda esa energía emocional debe dirigirse a nuestra pareja y a nadie más.

Sí, esa amistad debe enfriarse y necesitamos estar absoluta y completamente convencidos de que nuestro matrimonio lo vale. Esta decisión puede estar fuera de sintonía con otras parejas que conoces. Tu familia puede criticarte. Pero tu pareja estará agradecida, y en definitiva eso es lo que más importa.