Tanto de izquierda como de derecha, todos los americanos saben que la libertad es mejor que la esclavitud, el amor es mejor que el odio, la bondad es mejor que la crueldad y la tolerancia es mejor que el fanatismo. No siempre sabemos cómo es que sabemos estas cosas, y sin embargo misteriosamente las sabemos.

La verdadera complejidad surge cuando debemos defender estos valores en un mundo que no los acepta universalmente; cuando llegamos al punto en donde debemos ser intolerantes para defender la intolerancia, o desagradables para defender la bondad, u odiosos para defender lo que amamos.

Esto es de una pagina de opinión del Wall Street Journal por Andrew Klavan y el punto que toca es muy profundo.

Y si bien el segundo párrafo plantea un tema que perturba a todos los individuos bondadosos, este no es un pensamiento nuevo. El Midrash nos enseña que “Aquel que es bondadoso con el cruel terminará siendo cruel con el bondadoso”.

Debemos hacer distinciones. No todo es relativo. No todas las personas, ni todas las situaciones son iguales. En nuestro rezo de la mañana le agradecemos a Dios por darnos la capacidad de hacer estas distinciones, por el entendimiento para distinguir entre el día con sus desafíos y oportunidades únicas, y la noche con sus cualidades particulares.

El rezo de havdalá al final de Shabat es una celebración de la separación entre lo santo y lo profano, luz y oscuridad, Israel y el resto del mundo, Shabat y los otros días de la semana.

Las distinciones son cruciales para nuestro entendimiento, son un regalo que apreciamos y agradecemos. No debemos ser bondadosos con todos sólo porque no somos capaces de distinguir entre cruel y bondadoso. El fallecido Alexander Solzhenitsyn nos advirtió sobre el peligro de “una atmósfera de mediocridad moral, que paraliza los impulsos más nobles del hombre”.

Debemos ejercitar nuestra habilidad para distinguir finamente. Pero definir 'cruel' y ser muy cuidadosos sobre nuestra aplicación de estos principios requiere sabiduría y reflexión. Un punto crucial que debemos clarificar primero es que cuando nos referimos a 'cruel' NO nos referimos a enemigos personales (esto no es sobre tu vecino molestoso), sino a enemigos del pueblo judío y de los valores que representamos.

El clásico ejemplo es la historia del Rey Shaúl y el Rey Agag. Dios le ordenó directamente a Shaúl que debía matar a todos los ciudadanos de la nación de Amalek. Pero Shaúl tuvo compasión por su líder. Le perdonó la vida. Y en ese día extra que se le concedió, Agag concibió un hijo que después se transformó en el ancestro de uno de los enemigos más corrosivos y detestables del pueblo judío en la historia, el villano de la historia de Purim, Hamán.

Este es un relato que nos advierte sobre los potencialmente desastrosos resultados de la compasión mal utilizada. Quizás piensas que el mundo ha cambiado, que las personas son diferentes. En un ejemplo de la época moderna, el fallecido Alexander Solzhenitsyn reflexionó en un discurso de 1978 en Harvard sobre los horribles sucesos en Camboya: “…miembros del movimiento anti guerra terminaron involucrados en la traición de las naciones orientales, en un genocidio y en el sufrimiento impuesto hoy en día sobre 30 millones de personas allí. ¿Estos convencidos pacifistas escuchan los gemidos que vienen de allí? ¿Entienden ellos su responsabilidad hoy en día? ¿O prefieren no escuchar?”.

Nosotros no queremos ser crueles, ciertamente no buscamos oportunidades para ser crueles pero a veces es necesario serlo. A veces (y aquí que nuestra capacidad de distinguir puede tomarse un descanso) hay verdadero mal en el mundo. A veces nuestras vidas y las vidas de aquellos que amamos están en riesgo. A veces la existencia de nuestra nación, ya sea espiritual o físicamente, es amenazada. A veces todos los valores y principios que apreciamos están en juego. No queremos ser crueles pero a veces no hay otra opción.

Y quizás, después de todo, cruel es la palabra incorrecta. Destruir el mal de hecho no es cruel, sino quizás el mayor acto de bondad posible.