Cuando piensas que lo has escuchado todo, ahí viene el titular del New York Post, “Más mujeres jóvenes están escogiendo tener perros antes que cargar con la responsabilidad de la maternidad”.

Es cierto que cuando hemos tenido una época particularmente difícil con uno de nuestros hijos, se ha escuchado a mi esposo decir —en broma— “Haber tenido cachorros habría sido más fácil”. ¡Pero estas mujeres lo dicen en serio! “Simplemente es menos trabajo y, honestamente, tengo más tiempo para salir”, dice una mujer de 30 años.

“Los perros son mejores”, dice otra. “Un perro es más fácil de transportar que un niño”.

Más fáciles; menos trabajo. Este parece ser el tema unificador.

No es que no lo entienda (¡especialmente en uno de esos días difíciles que mencioné anteriormente!), pero desafortunadamente, estas mujeres no saben lo que se están perdiendo, y parece poco probable que lo averigüen.

Sin juzgar a todas las mujeres que son dueñas de los casi 41 millones de perros en Estados Unidos, quiero decirles: sí, es verdad, los perros son más fáciles (¡los peces son aún más fáciles!). ¿Pero quien dijo que la meta de la vida es buscar el camino fácil?

El matrimonio y los hijos son las dos oportunidades más poderosas de crecimiento que tenemos en este mundo. Los perros no te fuerzan a indagar profundo en tu ser, no te obligan a encontrar esos recursos escondidos cuando piensas que ya no tienes más, a poner constantemente las necesidades del otro antes que las tuyas, a desarrollar tu compasión y altruismo.

Y aunque no nos agrada despertarnos en la mitad de la noche o las carreras a la sala de urgencias a las dos de la mañana, es durante esos momentos que descubrimos quiénes somos realmente; descubrimos nuestra expansiva capacidad de amar. Es en los momentos difíciles —cuando nos sentamos con nuestros hijos y los abrazamos para consolarlos porque alguien les rompió el corazón, o cuando apoyamos a nuestra pareja después de que un sueño se ha destruido— que crecemos, que nos convertimos en personas que aman realmente y entregan de corazón.

La Torá nos enseña que el primer hombre, Adam, le puso nombre a todos los animales. Él llegó a conocer la esencia de cada uno y al hacer eso, reconoció que ninguno sería una pareja adecuada para él. Su entrega hacia los animales no sería lo suficientemente significativa, porque nunca sería lo suficientemente demandante.

El problema no es que solamente ellos no lo apreciarán (la cantidad de emoción que puede transmitirse a través de una cola agitándose es limitada), sino que Adam no tendría que indagar tan profundo, no tendría que utilizar recursos no explorados y descubrir su potencial oculto.

La experiencia no sería transformativa. Sí, ciertamente sería más fácil pero, sería una oportunidad perdida.

Antes de que comiencen a escribir comentarios en contra de este artículo, permítanme aclarar. NO estoy diciendo que no se deba tener mascotas. Solamente estoy sugiriendo que el rol de las mascotas es muchísimo más limitado que el de los hijos y que la oportunidad de crecimiento personal es infinitamente menor.

Y tampoco estoy diciendo que cada persona debería obligatoriamente tener un hijo. Reconozco el hecho de que no será la elección de todo el mundo y que algunas personas no están preparadas para la paternidad. Pero la elección debería ser examinada cuidadosamente.

Frecuentemente cuando una familia pasa de un hijo a dos, los padres están preocupados. ¿Serán capaces alguna vez de amar al segundo hijo de la misma forma que aman al primero? Y entonces descubren que su amor no tiene límite y que su capacidad de amar es más grande de lo que ellos habían imaginado.

Sin niños, no solamente no se llega a este entendimiento, sino que esta tremenda capacidad de amar permanece ahí en una esquina, sin ser utilizada, haciendo que nosotros seamos muchísimo más pobres emocionalmente. (Aquellos que desean hijos y no pueden tenerlos son muy diferentes y frecuentemente canalizan su amor hacia sus alumnos u otros niños por necesidad y por supuesto que son capaces de aprender y crecer a través de la experiencia).

Por supuesto que es una elección individual. Sin embargo, la oportunidad de tener un perro casi nunca se acaba, en cambio, no se puede decir lo mismo en relación a los hijos.

No me gustaría ver a estas mujeres jóvenes descubrir en 20 o 30 años más que tomaron la decisión incorrecta y que, de hecho, no sea cierto que un perro “les traiga tanta alegría como les traería un bebé”.