Tengo una amiga que creció con un nombre bastante genérico. Era uno de esos nombres populares de la generación, sin ningún significado particular, ninguna esperanza o aspiración. A medida que progresó en su camino de acercamiento al judaísmo durante los últimos cuatro años, todo el tiempo le preguntaban: “¿Cuál es tu nombre en hebreo?” Después de hablar del tema con su familia y revisar todos los registros familiares accesibles, concluyeron que nunca le habían puesto un nombre hebreo.

En un primer momento eso no pareció ser algo grave. Aunque ella no amaba su nombre (y este también evocaba todas las formas en que había sido juzgada desfavorablemente o no comprendida a lo largo de su infancia y también en su vida adulta), ella simplemente aceptaba su nombre como una parte invariable de su realidad.

Pero… ¿en verdad era así? Justo antes de Rosh Hashaná, una amiga en común le recomendó hablar con una Rabanit que hace un estudio del significado y del poder de tu nombre judío. Después de una larga e íntima conversación, la Rabanit le sugirió el nombre Shira, un nombre que parece reflejar una explosión espontanea de canción y representa la alegría, la apertura y el deseo de conectarse con Dios, algo que claramente define a mi amiga.

Después de hacer un poco de “investigación” de Torá, ella decidió adoptar ese nombre o, como ella dice con más precisión, “el nombre la adoptó a ella”.

En ese momento ocurrió algo espectacular e inesperado. Toda su vida cambió. Todas las formas en las que su viejo "yo" había estado reprimido por todas las expectativas familiares incumplidas, todo el dialogo interno destructivo y crítico que la había acompañado constantemente, todos los mandatos de la sociedad que habían gobernado su conducta desaparecieron.

Esas limitaciones eran para otra persona, para una persona con un nombre diferente. Simplemente NO se aplicaban a Shira.

Shira podía elevarse. Shira podía volar. Shira podía sentir el regalo de amor incondicional que le brindaban los miembros de su nueva comunidad y su floreciente relación con Dios. No fue sólo un cambio de nombre; fue una transformación.

Ella se está abriendo a un nuevo mundo, un mundo de profundidad, amplitud y significado. Y todos sus amigos tenemos el privilegio de acompañarla en este camino. Ahora ella siente que las posibilidades son ilimitadas.

Me olvidé de mencionar que Shira no es una persona inmadura de 18 años. Tampoco es una profesional de treinta y tantos. Ella ni siquiera es considerada de mediana edad. Shira está por cumplir 75 años, con ayuda de Dios. Y como ella misma dice, es la prueba viva de que uno nunca es demasiado viejo para cambiar.

Este no es un cambio leve. Es todo un desarraigo. Ella está estudiando constantemente y creciendo, kasherizó su cocina y cuida el Shabat…

Todo no comenzó con el cambio de nombre. El cambio de nombre fue la consecuencia natural de sus estudios y de su evolución personal. Pero el cambio de nombre resultó en un crecimiento dramático e inesperado, en la introducción de nuevas libertades y nuevas oportunidades.

Como dice Shira, ella siente que ha llegado a casa. Ella valora constantemente los regalos que le han dado, y nunca da nada por sentado. Dios parece haberla sacado de su vida y de su identidad previa a este nuevo mundo. Pero nuestra amiga Shira fue capaz de ver las posibilidades que habían colocado frente a ella y aprovecharlas al máximo. Y eso también nos volvió más ricos a nosotros, sus amigos.

Dicen que “todo está en el nombre”. A veces realmente es cierto.